Skinner no tiene clan, ni códigos: Predator vs. Spider-Man no siempre está a la altura de lo que merece

Benjamin Percy lleva tres entregas haciendo lo mismo con el universo Marvel y la franquicia Predator, y cada vez que funciona la razón es la misma: la fricción entre el código de honor de los Yautja y la ética específica del superhéroe con el que se los enfrenta produce un conflicto que no es solo físico. Predator vs. Wolverine funcionó porque el depredador y su presa son esencialmente el mismo tipo de máquina. Predator vs. Black Panther funcionó porque invadir Wakanda es invadir un estado con agencia propia. Predator vs. Spider-Man es más irregular y más ambiciosa que las dos, y el motivo de ambas cosas es Skinner: un Yautja sin clan, sin código, sin el sistema de honor que distingue a su especie de un asesino en serie intergaláctico. Percy ha inventado un villano que no respeta las reglas del universo que habita, y eso es más difícil de escribir —y más interesante— que cualquier variación de la premisa del cazador que acecha al cazado.

El villano que la serie merece

Nueva York en plena ola de calor y apagón eléctrico es el escenario exacto que una historia de este tipo necesita: la ciudad como organismo al borde del colapso, las calles sin luz, el metro convertido en galería de terror, la temperatura como factor de irracionalidad colectiva que Percy usa para justificar que nadie crea al principio que lo que hay en los sótanos sea lo que es. Skinner opera en ese contexto con la lógica de un depredador sin restricciones: donde los Yautja de las entregas anteriores respetaban un código que los hacía reconocibles y en cierto modo predecibles, Skinner no tiene código. No caza por honor ni por ritual. Desolla porque quiere. Esa diferencia parece pequeña en papel y en viñeta produce un horror de textura completamente distinta: la amenaza sin código es más difícil de leer, más difícil de anticipar, y el desconcierto de los personajes que intentan identificar sus patrones resulta creíble precisamente porque el villano no tiene ninguno. El primer número es el más logrado del conjunto en este sentido: la construcción atmosférica del misterio, los descubrimientos escalonados, la certeza creciente de que lo que hay en el metro de Manhattan no puede explicarse con la criminología habitual. Percy sabe abrir historias de terror y este primer número es una demostración de ello.

El hombre araña en segundo plano

El problema central de Predator vs. Spider-Man no es el villano sino el protagonista, y el problema es curioso porque no viene de la escritura del personaje sino de la lógica del enfrentamiento. Peter Parker hace bien lo que Peter Parker sabe hacer: investigar, deducir, cargar con la culpa de no llegar a tiempo, proteger a la gente que le importa. Sus monólogos interiores son los que la serie más necesita para sostener la identificación del lector con alguien que frente a Skinner está consistentemente en desventaja. Pero esa desventaja, que en el primer número es una decisión de tono que funciona —el terror auténtico requiere que el héroe no tenga todas las respuestas—, se prolonga demasiado y con demasiada regularidad a lo largo de los cuatro números. Spider-Man llega tarde, Spider-Man investiga lo que Skinner ya dejó atrás, Spider-Man está varios pasos por detrás de un adversario que para el tercer número ya ha tenido enfrentamientos más sustanciosos con Kraven el Cazador que con el hombre araña. Que sea precisamente Kraven —cuya aparición tiene la lógica correcta: un cazador de honor frente a un Yautja sin ninguno— quien proporciona la confrontación más brutal y más narrativamente coherente del arco es una victoria para el tono del conjunto y un problema para el título. La reunión final entre Peter y Mary Jane funciona emocionalmente pero llega después de que el lector ha pasado más tiempo preocupándose por ella que siguiéndolo a él, lo que dice algo sobre dónde está realmente el peso de la historia.

Ferreira y el precio del espectáculo

Marcelo Ferreira es el argumento más sólido e ininterrumpido a favor de esta serie. Su línea sostiene la doble exigencia de un cómic que tiene que ser simultáneamente una historia de Spider-Man —con todo el vocabulario visual que ese personaje implica: el movimiento, la agilidad, la pantomima del cuerpo en el aire— y una historia de horror corporal que no puede permitirse suavizar lo que Skinner hace con sus víctimas. Ferreira resuelve esa tensión sin sacrificar ninguno de los dos registros: los planos de web-slinging tienen la fluidez cinética que el personaje requiere, y los planos de Skinner en acción tienen exactamente el grado de perturbación que hace que la amenaza resulte real. Frank D’Armata al color añade la temperatura adecuada a cada espacio: los rojos duros de las secuencias de acción en superficie, los verdes enfermizos de los túneles donde Skinner tiene su territorio, la oscuridad específica de un apagón que no es solo ambiental sino narrativo. El equipo artístico convierte Predator vs. Spider-Man en uno de los libros visualmente más consistentes de la línea de crossovers Marvel-Predator, y eso es suficiente para que el conjunto valga. El precio del espectáculo es la coherencia narrativa del final: el cuarto número resuelve con más urgencia que elegancia, el subplot del detective LaPearl —que Percy construyó durante tres números como contrapunto policial al caos sobrenatural— queda sin el cierre que merecía, y la última página está más interesada en señalar hacia el siguiente crossover que en cerrar el que tiene entre manos. Es el defecto habitual de los eventos diseñados como eslabones de algo más grande, y Predator vs. Spider-Man no escapa a él. Lo que sí escapa, durante buena parte de sus cuatro números, es a la tentación de ser solo un producto de crossover. Eso no es poca cosa.