El detective investiga el asesinato de la mujer con quien le fue infiel a su ex: Él y ella (His & Hers)
Netflix estrenó Él y ella el 8 de enero de 2026 y la miniserie —seis episodios, adaptación de la novela homónima de Alice Feeney publicada en 2020— llega avalada por una combinación de nombres que en el papel suena a acontecimiento: Jon Bernthal y Tessa Thompson como protagonistas, William Oldroyd como director, y la reputación de Feeney como especialista en el thriller doméstico donde nadie es quien dice ser y el suelo narrativo se mueve hasta el último momento. Oldroyd es el director de Lady Macbeth y de Eileen, dos películas que comparten una frialdad psicológica particular, la habilidad de construir claustrofobia en espacios abiertos y la convicción de que los personajes más peligrosos son los que parecen más quietos. Que alguien con esa trayectoria haya elegido como debut televisivo un thriller de Netflix protagonizado por dos actores con ese nivel de carisma es una noticia en sí misma, y la miniserie lo sabe: se instala desde el primer episodio en la energía de quien tiene algo que demostrar. El resultado no llega hasta donde apunta, pero llega hasta donde pocos thrillers de plataforma llegan.

El pueblo al que nadie quería volver
Dahlonega, Georgia. Una ciudad pequeña cerca de Atlanta en la que Jack Harper ejerce de sheriff y a la que Anna Andrews, su exmujer, había prometido no volver jamás después de que su hija Charlotte muriera y su matrimonio se rompiera sobre esa pérdida. El asesinato que abre la serie —Rachel Hopkins, cuarenta puñaladas, encontrada sobre el capó de un coche— obliga a Anna a volver en su condición de periodista de televisión, y lo que convierte la situación en algo más que un thriller procedimental es que Jack tenía una aventura con Rachel. El detective investiga el asesinato de la mujer con quien engañó a la mujer que ahora tiene que mirar a la cara cada mañana mientras cubren el mismo crimen. Feeney entiende que la tensión dramática más productiva no es la del asesino desconocido sino la de las personas que tienen demasiadas razones para no decir la verdad. Rachel pertenecía al grupo de amigas de la época de instituto de Anna, un ecosistema de lealtades tóxicas y secretos adolescentes que el asesino parece conocer en detalle: cada víctima aparece con una pulsera de amistad hecha a mano en la boca, las mismas pulseras que Anna tejió con dieciséis años y distribuyó entre sus amigas más cercanas. El pasado en Dahlonega no es fondo decorativo: es el motor del crimen y, más importante, el motivo por el que ninguno de los dos protagonistas puede ser del todo honesto con el otro.

Lo que él oculta y lo que ella no sabe que oculta
La estructura de la novela de Feeney —capítulos alternos, él y ella, cada voz construyendo su versión de los mismos hechos— se convierte en la pantalla en una propuesta sobre la fiabilidad de lo que vemos más que de lo que escuchamos. Bernthal, conocido por llevar la intensidad al límite en casi todo lo que hace, hace aquí algo más interesante que intensidad: hace contención. Jack es un hombre que sabe lo que ha hecho y que lleva seis episodios gestionando la culpa mientras finge investigar con objetividad, y Bernthal lo juega con una economía de gestos que resulta más inquietante que cualquier arrebato. El conflicto de interés que arrastra —encubrir su relación con la víctima mientras supuestamente busca a su asesino— le da al personaje una dimensión moral que el thriller procedimental estándar no suele habitar. Thompson, por su parte, trabaja en el territorio de la ambigüedad calculada: Anna es la persona sobre la que recaen más sospechas durante la mayor parte de la serie, y Thompson gestiona esa posición con la precisión de quien sabe exactamente cuánto mostrar y cuándo. La química entre los dos es el argumento más sólido de la miniserie: hay algo en la forma en que sus personajes no pueden estar juntos sin que aflore todo lo no resuelto que convierte cada escena compartida en una negociación tácita. El reparto de apoyo —Marin Ireland como Zoe, la hermana de Jack que también perteneció al grupo original; Poppy Liu como Helen; Sunita Mani como la detective junior que observa a su jefe con demasiada inteligencia para no sospechar— contribuye sin robar espacio a un relato que sabe cuál es su centro de gravedad.

Seis episodios, un giro y medio
La forma de la miniserie es la de un fuelle que aprieta bien y luego cede antes de volver a apretar. Los dos primeros episodios establecen el tono y la situación con una eficiencia que confirma que Oldroyd ha trasladado a la televisión la misma frialdad atmosférica de su trabajo cinematográfico: planos que observan más que ilustran, una paleta visual que convierte el sur de Georgia en algo parecido a una elegía, una dirección de actores que confía en lo que no se dice. El problema llega en la zona central de la miniserie —episodios tres y cuatro— cuando el thriller necesita alimentarse de información nueva y la serie empieza a repetir variaciones del mismo esquema sin avanzar con la velocidad que el género exige. Los últimos veinte minutos del episodio final corrigen el rumbo de una manera que transforma retroactivamente la lectura de lo visto: el giro de Feeney es de los que no hacen trampa, en el sentido de que todas las pistas estaban ahí, pero sí hacen magia, en el sentido de que nadie las había leído correctamente. La narración en primera persona que abría cada episodio con una torpeza aparente adquiere en el desenlace una ironía que justifica su existencia. El conjunto no resuelve del todo la tensión entre lo que Oldroyd quiere hacer —un thriller de autor, frío y psicológicamente denso— y lo que el formato de plataforma favorece —una serie de revelaciones que mantengan el scrolling a raya—, pero los momentos en que esas dos ambiciones se alinean son suficientemente buenos como para que la miniserie sea algo más que un entretenimiento de calidad.

Él y ella es el tipo de miniserie que funciona mejor de lo que sus partes más débiles harían prever y peor de lo que sus partes más fuertes prometen. William Oldroyd ha hecho algo más sutil y más europeo de lo que Netflix suele programar en este segmento, Jon Bernthal ha demostrado que tiene registros que su trayectoria de acción no había dejado ver, y Tessa Thompson ha vuelto a confirmar que es capaz de sostener cualquier material que le pongan delante con una autoridad que no depende del material sino de ella. En seis episodios, eso es bastante.





