‘Young Avengers: Sidekicks’ (2005): Los herederos de Disassembled y el peso del legado

La destrucción de los Vengadores en el arco «Disassembled» de Brian Michael Bendis —publicado en 2004 con el propósito explícito de demoler la franquicia para reconstruirla desde cero— dejó en el universo Marvel una ausencia que no era solo narrativa sino editorial: el equipo fundacional llevaba cuatro décadas siendo la columna vertebral del universo, y retirarlo equivalía a afirmar que había confianza suficiente en lo que iba a reemplazarlo para justificar el derribo. Lo que vino del lado de la reconstrucción adulta fue el New Avengers de Bendis. Lo que nadie esperaba era que llegara también esto: en abril de 2005, Allan Heinberg —guionista de televisión que en ese momento escribía The O.C. y cuya relación con el cómic era la del lector entusiasta antes que la del profesional— y Jim Cheung publicaron el primer número de Young Avengers, y la pregunta que el cómic planteaba en su primera página era más interesante que la mayoría de las que el universo Marvel había formulado ese año: ¿quiénes son estos chicos, de dónde han sacado esos trajes, y qué saben que los Vengadores originales no les han contado?

Young Avengers: Sidekicks recoge los seis primeros números de la serie y responde a esa pregunta con la arquitectura del arco de presentación que sabe que tiene que hacer muchas cosas al mismo tiempo sin que ninguna de ellas sufra. El equipo que aparece en las noticias semanas después de la disolución de los Vengadores está formado por adolescentes con poderes que llevan trajes vagamente inspirados en los de los héroes fundacionales, han montado su cuartel general en los restos de la Mansión Vengadora, y cuya conexión con el legado que afirman representar no es evidente hasta que el guion de Heinberg empieza a desvelarla con la paciencia del narrador que sabe cuándo guardar la información y cuándo soltarla. El dispositivo que gestiona esa revelación —el programa de contingencia que la Visión dejó activado antes de su destrucción, una lista de candidatos para el caso de que los Vengadores dejaran de existir— es la decisión de escritura más elegante del arco: convierte el desastre de Disassembled en el origen de algo nuevo sin necesitar que el origen sea explicado desde fuera ni que el lector sienta que está leyendo un apéndice de la historia que lo precedió.

Heinberg, el piloto de televisión y la estructura del arco que funciona como seis episodios de una primera temporada

El origen profesional de Heinberg es visible en los seis números de Sidekicks con la claridad de quien no ha tenido tiempo de aprender a ocultarlo, y es también su mayor activo: la narración es limpia, el diálogo tiene subtext, los personajes se definen en la acción antes que en los monólogos de exposición, y la estructura del arco funciona con la cadencia de la televisión de calidad de los años dos mil —el gancho en el primer acto, la complicación a mitad de bloque, la revelación diferida. El framing de Jessica Jones como periodista de investigación que sigue la pista de los nuevos héroes proporciona al lector un punto de entrada que no requiere conocimiento previo del universo Marvel para funcionar, mientras que el texto recompensa a quien lo tiene: cada revelación sobre la identidad de los jóvenes Vengadores está diseñada para que el lector que conoce el catálogo la reciba como un reconocimiento y el que no la reciba como información nueva, y las dos experiencias son igualmente válidas.

El dispositivo narrativo central —Iron Lad es la versión adolescente de Kang el Conquistador, que ha viajado al pasado para evitar convertirse en el villano que sabe que será— es más complejo de lo que parece en la sinopsis. Heinberg lo usa no como golpe de efecto sino como motor del arco: Iron Lad es al mismo tiempo el fundador del equipo y la razón por la que el equipo no puede tenerlo. La resolución de los seis números obliga al personaje a elegir entre quedarse con el equipo —lo que podría evitar que se convierta en Kang pero haría colapsar el flujo temporal— o volver a su propia línea del tiempo sabiendo que esa vuelta es lo que lo convierte en el villano que viajó al pasado para no ser. Es un final de origen que no es un triunfo sino una pérdida, y el hecho de que Heinberg lo cierre ahí —sin paliativos, sin trampa narrativa que permita escapar de las consecuencias— dice algo sobre el tipo de historia que el arco quería contar desde el principio. Los Vengadores adultos intentan disolver al equipo durante los seis números. La historia les da razón y al mismo tiempo demuestra que tenían razón por los motivos equivocados.

Jim Cheung y el traje como argumento: la iconografía del legado en el cuerpo de quien todavía no sabe quién va a ser

El arte de Cheung es lo que convierte Sidekicks en un objeto visualmente coherente con una ambición formal que el guion de Heinberg proyecta pero que la imagen tiene que ejecutar. Su línea es arquitectónica en el sentido de que cada página está construida antes que esbozada: los personajes tienen peso, las escenas de acción tienen legibilidad —se sabe en todo momento quién está haciendo qué a quién—, y los primeros planos emocionales tienen una precisión expresiva que los superhéroes de línea limpia raramente consiguen sin caer en la rigidez o en la exageración. Lo que Cheung hace mejor que casi cualquier artista de su generación es la escena que tiene que ser simultáneamente una conversación y un argumento visual: los seis números están llenos de ellas, y en todas el dibujo está haciendo más trabajo que el texto.

El diseño de los trajes merece atención específica porque en Sidekicks el traje no es decoración sino declaración: cada uno de los jóvenes Vengadores lleva una versión que es un remix deliberado de la iconografía de su héroe de referencia, y Cheung construye esa relación con la precisión del diseñador que entiende que el parecido tiene que ser inmediato y la diferencia tiene que ser igualmente inmediata. Patriot lleva el escudo de Capitán América en el pecho sin ser Capitán América; Asgardian combina el capa-y-rayo de Thor con algo que apunta también a la Bruja Escarlata; Hulkling es la versión adolescente de lo que sería un híbrido entre el Capitán Marvel kree y el universo Skrull. Los trajes son hipótesis visuales sobre quiénes son los personajes antes de que el guion los confirme o los corrija, y Cheung los diseña con la conciencia de que el lector los va a releer una vez que sepa las respuestas. La portada del número uno —una relectura directa de una portada clásica de los Vengadores con los nuevos personajes en los puestos de los originales— establece ese juego de espejo desde antes de que empiece la historia.

Patriot, Hulkling, Wiccan y la pregunta que el arco construye a la sombra de lo que cada uno hereda

El personaje más complejo de los seis números no es Iron Lad sino Patriot: Elijah Bradley, nieto de Isaiah Bradley —el soldado negro que recibió el suero del Super-Soldado antes que Steve Rogers en los experimentos de los años cuarenta, la historia que Robert Morales y Kyle Baker contaron en Truth: Red, White & Black en 2003—, que lleva el escudo y la estrella de Capitán América sin tener los poderes que afirma tener. La mentira que Elijah carga —está tomando MGH, la droga que otorga poderes temporales, en lugar de los poderes heredados que dice tener— es el material psicológico más rico del arco y el que Heinberg gestiona con más cuidado: no es la mentira de alguien que quiere ser algo que no es, sino la de alguien que ya sabe lo que es y tiene miedo de que no sea suficiente. El guion no lo resuelve en seis números, que es exactamente lo correcto.

La relación entre Hulkling y Wiccan —Teddy Altman, hijo del Capitán Mar-Vell y de la princesa Skrull Anelle, e Billy Kaplan, que descubrirá después que sus poderes de magia del caos lo conectan con la Bruja Escarlata— es tratada en Sidekicks con la normalidad del guionista que ha decidido que la orientación sexual de dos personajes de dieciséis años no necesita ser el tema de la historia para existir en ella. Están juntos, se comportan como pareja, y la única vez que los adultos de la historia intentan hacer de eso un problema los propios personajes lo zanjan sin darle más importancia. En 2005 eso era más infrecuente de lo que debería haber sido; el arco ganó el premio GLAAD al cómic del año como reconocimiento de que la representación sin dramatismo era también una forma de representación. Kate Bishop —la nueva Ojo de Halcón, sin poderes, con entrenamiento de artes marciales y arco, con la determinación de quien no necesita justificar su presencia porque ya la tiene— y Cassie Lang —hija de Scott Lang, el Ant-Man que murió en Disassembled, que lleva años exponiéndose a partículas de Pym en secreto y que está ahí por una combinación de duelo y herencia que el guion no sobreexplica— completan el equipo que Sidekicks entrega al final de sus seis números: un poco menos completo que al principio, sin su fundador, con más preguntas que respuestas, y considerablemente más interesante que el 95 por ciento de los equipos de superhéroes que el universo Marvel había presentado en la misma página.