‘Tony’: Dominic Sessa y Antonio Banderas en el verano que convirtió a Tony en Anthony Bourdain

Kitchen Confidential se publicó en el año 2000 y convirtió a Anthony Bourdain en algo que no existía antes de él: el chef como contador de historias que se niega a limpiar lo que la industria de la restauración siempre había preferido mantener fuera de la vista. Las drogas, la violencia, el sexo, la precariedad, la camaradería de las cocinas como ecosistema cerrado con sus propios códigos de lealtad y traición. Bourdain se mató en 2018 mientras rodaba la décima temporada de Parts Unknown, y la pregunta que cualquier biopic de su vida tiene que responder antes de empezar es cuál de las muchas versiones del personaje merece la pantalla. Matt Johnson —el director canadiense cuyo BlackBerry de 2023 había convertido el fin de una empresa tecnológica en comedia del fracaso— eligió la versión que existe antes de que haya nada que contar: el Tony Bourdain de 1975, diecinueve años, estudiante en Vassar, que finge haber ganado una beca de escritura, sigue a su novia hasta Provincetown y acaba fregando platos en un restaurante de marisco porque no tiene ninguna otra opción. La película se llama Tony, no Anthony Bourdain, y la diferencia entre los dos nombres es exactamente lo que el guion está construyendo a lo largo de sus ciento seis minutos.

A24 distribuye; la producción es de MGM en colaboración con Star Thrower Entertainment y Zapruder Films. El guion es de Johnson junto a Matthew Miller, Todd Bartels y Lou Howe, y adapta libremente los primeros capítulos del libro con la libertad del biógrafo que sabe que la fidelidad literal no siempre es el tipo de fidelidad que importa. Dominic Sessa, que debutó como actor de reparto en The Holdovers (2023), interpreta al protagonista; Antonio Banderas interpreta al chef del restaurante, conocido solo como Chef; Emilia Jones es Nancy, la novia a la que Tony sigue desde Nueva York sin que ella lo haya invitado; Leo Woodall es Sal, el cocinero que le introduce en el submundo de la cocina. La cinematografía es de Michael Bauman. La música, que trabaja con rock clásico de la época y una paleta de color cálida, convierte el verano del Cabo Cod en algo con olor a sal y gasolina.

Matt Johnson, Provincetown 1975 y el retrato de un antihéroe que sabe que está mintiendo

La decisión formal más interesante de Johnson es la que tiene que ver con el punto de vista: la película no hace concesiones retrospectivas a la importancia del personaje, no coloca la cámara de manera que el espectador sienta que está viendo los primeros pasos de alguien que llegará a ser famoso. Hay momentos en los que el film podría usar ese truco —la cámara que se detiene un segundo de más sobre el joven Bourdain para sugerir que algo en él ya era diferente—, y Johnson se niega sistemáticamente a tomarlo. Lo que hay en la pantalla es un chico de diecinueve años que miente con la competencia del que lleva haciéndolo suficiente tiempo como para creerse parcialmente sus propias mentiras: la beca que no ganó, la experiencia en cocinas que no tiene, el plan que no existe. El Provincetown de 1975 que Johnson construye con Bauman —colores lavados, luz de agosto, el tipo de sitio donde se va a trabajar o a pasar el verano y donde los dos grupos comparten la misma barra a última hora de la noche— funciona como el entorno perfecto para un personaje que no pertenece del todo a ninguno de los dos mundos.

El guion usa el espacio físico de la cocina con la precisión de quien ha leído el libro de Bourdain lo suficiente como para entender que la cocina, para él, nunca fue un lugar de gracia sino de disciplina impuesta desde fuera hasta que se convirtió en disciplina interna. Las escenas de trabajo en The Flagship no tienen la luminosidad romantizada de algunas películas sobre gastronomía: son ruidosas, físicamente peligrosas, huelen a grasa y a sudor, y la cámara las trata como lo que son, un lugar donde los errores tienen consecuencias inmediatas. La secuencia del incendio de grasa —Tony tira agua sobre una sartén en llamas, la situación escala en segundos— es la que mejor sintetiza el tipo de cocina que la película está describiendo: un espacio donde la ignorancia no tiene el lujo de ser inocente.

Dominic Sessa, Leo Woodall y los dos caminos que el verano le ofrece al protagonista

Sessa construye a Tony desde la insolencia hacia afuera, desde la inseguridad hacia adentro, y la distancia entre las dos capas es lo que hace que el personaje no se vuelva insoportable a pesar de que hace cosas que merecen consecuencias. Hay una escena en los primeros minutos de la película en la que Tony recita un poema a Nancy con la actitud del joven que ha confundido haber leído muchos libros con saber lo que dicen, y Sessa la interpreta con una incomodidad que es al mismo tiempo la incomodidad de Tony y la del espectador que lo está viendo: el personaje sabe, en algún nivel, que no está llegando, y en lugar de parar, acelera. Es ese mecanismo —la ostentación como respuesta al miedo al ridículo— lo que el film de Johnson identifica como el rasgo central del Bourdain joven, y Sessa lo sostiene sin que se vuelva una nota única.

El contrapunto es Leo Woodall como Sal: el cocinero que roba, usa, pelea y funciona con la lógica del personaje que ha decidido que las reglas son para quien no sabe cómo saltárselas. Sal no es el mal camino como categoría moral sino como destino práctico: lo que le ocurre a alguien que tiene el mismo apetito que Tony sin la capacidad de convertirlo en algo que el mundo pueda usar. La estructura de la película funciona, en su parte más honesta, como la colocación de Tony entre Sal —indulgencia sin disciplina— y Chef —disciplina con propósito—, y la elección que Tony hace al final del verano no es la del héroe moral sino la del chico que finalmente entiende cuál de los dos caminos tiene alguna salida. Emilia Jones como Nancy hace lo que el guion le permite hacer, que no es mucho: Nancy existe principalmente como el espejo ante el que Tony mide su fracaso, y la película no se molesta en desarrollarla más allá de esa función, lo que es su limitación más visible.

Antonio Banderas y la geometría del mentor: lo que el Chef le da a Tony que ninguna otra cosa podría darle

Banderas es lo mejor de la película con la autoridad tranquila del actor que no necesita el primer plano para ser el centro de gravedad de cada escena en la que aparece. Chef no es el mentor del guion de biopic estándar —el sabio que reconoce el talento en bruto del protagonista y lo guía con paciencia hacia su destino—: es un hombre excéntrico, con sus propios rituales con la comida, con una fe en la cocina como práctica casi espiritual que Banderas no explica sino que demuestra con la economía del actor que ha aprendido a confiar en lo que el cuerpo sabe antes que las palabras. Chef trata a Tony con una mezcla de exasperación y expectativa que no resuelve nunca en afecto explícito, y esa ambigüedad es lo que le da tensión a su relación: el espectador no sabe hasta el final si Chef ve algo en Tony o simplemente lo tolera porque necesita manos.

La resolución llega en forma de carta: Chef escribe a Tony una recomendación para el Culinary Institute of America después del incendio y de todo lo demás, después de haber dicho en voz alta que Tony no va a llegar a nada, y la carta es la declaración indirecta que la película necesitaba en lugar del discurso de motivación que podría haber escrito y se niega a escribir. El último plano de la película —Tony presentándose en el CIA como «Anthony Bourdain»— es el tipo de cierre que funciona precisamente porque no explica nada: el espectador que conoce al hombre en que se convirtió puede hacer su propia lectura, y el espectador que llega sin ese conocimiento puede leer simplemente el momento en que alguien decide que el apodo de su infancia ya no cabe en lo que quiere ser. Que Eric Ripert aparezca como instructor de cocina en una escena breve no es el guiño al fandom sino la confirmación de que el film tiene el respeto suficiente por su propio material como para no necesitar racionalizarlo.