Apagar las luces de Barcelona y ver quién aparece: La ciudad de las luces muertas, de David Uclés
Hay pocas presiones más incómodas en la literatura española reciente que la de haber vendido trescientas mil copias de tu novela anterior. David Uclés las vendió con La península de las casas vacías (2024), que además se fue a casa con una veintena de premios y el reconocimiento de haber escrito el mejor libro del año. Lo que hace después importa, y lo que ha hecho después es La ciudad de las luces muertas, ganadora del Premio Nadal 2026 y publicada por Ediciones Destino en febrero: una novela de doscientas ochenta y ocho páginas que empieza con una joven que provoca accidentalmente el apagón total de Barcelona —sin luz natural, sin luz artificial— y que termina convocando a setenta y cuatro personajes de los últimos ciento cincuenta años de cultura para ver qué hacen cuando la oscuridad se vuelve total. Entre ellos: Picasso, García Lorca, García Márquez, Cortázar, Freddie Mercury y Eduardo Mendoza, navegando juntos por distintas versiones de la ciudad que existen en paralelo, desde la guerra civil hasta el siglo XXII.
La apuesta formal es considerable. Uclés construye aquí un artefacto más que una novela en el sentido convencional: hay páginas impresas en negro total, manuscritos que imitan correspondencia histórica, un índice de personajes diseñado como programa de teatro. La influencia del esperpento, del realismo mágico y de cierta tradición del absurdo europeo conviven en una prosa que se describe a sí misma como neobarroca y que, en sus mejores momentos, lo es en el mejor sentido: densa, lúdica, dispuesta a doblar la realidad hasta que cruja. Barcelona aparece como palimpsesto, como ciudad que contiene todas sus capas al mismo tiempo, y la metáfora central —la oscuridad como fascismo, la luz como libertad— tiene la virtud de ser lo suficientemente simple como para no necesitar explicación.
El problema, precisamente, es que esa simplicidad metafórica no siempre resiste el peso del andamiaje que se le pone encima. Setenta y cuatro personajes son muchos personajes, y la acumulación de invenciones —aquí una escena surrealista, allí un guiño intertextual, más allá un momento de comedia negra— pierde progresivamente el efecto de sorpresa que la anima en los primeros capítulos. Hay instantes en que la novela se siente más interesada en demostrar que puede hacer algo que en explorar qué significa hacerlo: el Cortázar que pregunta quién es la Maga, el Lorca descrito como anisero, los chistes que llegan demasiado seguidos para no convertirse en ruido. Es una acusación que se le puede hacer a muchas novelas ambiciosas —que la ambición es, al final, un poco más visible que el resultado— y La ciudad de las luces muertas no la esquiva del todo.
Dicho esto, Uclés escribe con una capacidad fabuladora que sigue siendo poco común en la narrativa española contemporánea, y hay pasajes del libro —sobre todo los que se quedan quietos en un rincón de la ciudad en lugar de intentar abarcarlo todo— que demuestran que el escritor de La península sigue aquí, con todas sus antenas en funcionamiento. La ciudad de las luces muertas es una novela que falla más grande de lo que falla pequeño, que cuando se equivoca lo hace por exceso y no por falta de ideas, y que se lee con la mezcla de fascinación e impaciencia que producen las obras que no terminan de calibrar cuánto espectáculo necesitan para decir lo que quieren decir. Eso, dependiendo de tu tolerancia al ruido literario, puede ser exactamente lo que buscas o exactamente lo que no.





