‘Super Creepshow’ Vol. 1 (Image Comics, 2026): el horror que los superpoderes ocultan
Cuando William M. Gaines publicó sus primeros números de Tales from the Crypt y Vault of Horror a principios de los años cincuenta, la Comics Code Authority todavía no existía y la censura moral del cómic americano no había encontrado el mecanismo legal con el que iba a destruir lo que Gaines había construido. Los títulos de EC Comics funcionaban con la lógica del cuento de terror que el folclore europeo lleva siglos produciendo: alguien hace algo malo, el universo lo detecta, el castigo llega con la precisión y la crueldad de quien lleva siglos esperando la oportunidad. La Comics Code los suprimió en 1956. George A. Romero y Stephen King los resucitaron en 1982 con la película Creepshow, con The Creep como presentador y cinco historias que probaban que la fórmula seguía siendo indestructible. La serie de Shudder creada por Greg Nicotero décadas después la instaló en televisión. La editorial Skybound —bajo el sello Image Comics— la lleva publicando en formato cómic desde hace varios años, con antologías que siguen el mismo contrato con el lector: llega con los nervios intactos, sal con la piel de gallina.

Super Creepshow es la primera variación de esa franquicia que añade un elemento que EC Comics nunca exploró: los superhéroes. El editor Ben Abernathy reunió para los cinco números de la miniserie y el Special previo a un grupo de creadores cuyo currículum abarca décadas de trabajo en ambos géneros con la premisa de que los superpoderes, vistos desde la óptica de Creepshow, son exactamente el tipo de dádiva que siempre termina siendo una maldición. El TPB recopila los cinco números de la serie y el Super Creepshow Special #1. Son trece historias en ciento sesenta páginas. The Creep abre y cierra cada una.

EC Comics, Romero y la fórmula del castigo que nadie ha mejorado
La mecánica de Creepshow —que es la mecánica de EC Comics— funciona porque el pacto faustiano tiene una estructura narrativa que no necesita ser reinventada, solo rellenada con premisas nuevas. Alguien quiere algo: poder, dinero, venganza, amor. El universo se lo da. Las condiciones de la entrega son las que el personaje no leyó antes de firmar, y el tercer acto es la factura. Lo que diferencia el horror de Creepshow del horror más convencional es que la víctima suele merecer lo que le pasa, lo cual convierte la crueldad del desenlace en algo moralmente satisfactorio en lugar de simplemente perturbador. The Creep, que introduce y cierra cada historia con un juego de palabras, es el árbitro de ese contrato: el narrador que sabe lo que viene y disfruta del momento en que el lector lo entiende también.

Los superpoderes encajan en esa estructura con una comodidad que en retrospectiva parece obvia. Volar, ser invulnerable, correr más rápido que el sonido: los superpoderes son deseos primarios convertidos en física, y los deseos primarios convertidos en física tienen consecuencias que el cuerpo humano no está diseñado para gestionar. El body horror —la transformación del cuerpo que recibe o usa un poder— es el puente natural entre los dos géneros, y Super Creepshow lo cruza desde el primer relato del Special hasta el último número de la miniserie. Que la iniciativa surgiera de la respuesta del mercado al Special de octubre de 2025 —los creadores que veían el concepto se ofrecían solos a participar, según Abernathy— dice algo sobre el atractivo del experimento para quienes llevan años trabajando en un género que empieza a necesitar que alguien le haga daño de la manera correcta.

El Special de octubre: Watters, Rossmo y la prueba de que la premisa funciona
El Super Creepshow Special #1, publicado en octubre de 2025, precede a la miniserie y funciona como demostración de concepto. Sus tres historias establecen el registro de lo que vendrá. La mejor es la primera: Dan Watters escribe un relato sobre la esposa de un héroe tipo Superman recién muerto, que sospecha que algo no está bien con el ataúd especial que contiene el cuerpo. Watters usa la invulnerabilidad —el poder definitivo del arquetipo Superman, la garantía de que nada puede dañar al héroe— como el mecanismo de su horror: qué ocurre cuando esa invulnerabilidad funciona en el sentido equivocado, con el cuerpo atrapado en un proceso biológico que no puede detenerse. Carmine Di Giandomenico dibuja la historia con la densidad visual de quien sabe que lo que está ilustrando necesita que el lector vea lo que preferiría no ver.

La segunda historia, de Ryan Stegman como guionista y Riley Rossmo como dibujante, toma el arquetipo del héroe de los 90 —armado, violento, regenerativo— y lo hace morir y volver tres décadas después para descubrir qué se ha hecho con su herencia. Rossmo dibuja la reconstrucción del cuerpo con la libertad del artista que no dibuja cuerpos realistas sino la idea de lo que un cuerpo es cuando los tejidos vuelven a encontrarse. La tercera historia, de Ed Brisson y Andrei Bressan, recorre el arco más clásico de la fórmula: la transformación como metáfora de la obsesión, el hombre que quiere poder para vengarse y termina siendo el daño que quería hacer. Las tres juntas demuestran que la premisa del Special no era un experimento de un solo uso sino el inicio de una lógica que la miniserie tendrá espacio para desarrollar.

Gillen, North y el catálogo de talento que los cinco números concentran
Super Creepshow #1-5 amplía el experimento con un grupo de creadores que Abernathy tardó meses en reunir. Kieron Gillen, que ha escrito prácticamente cada variación posible de los superhéroes de Marvel y DC a lo largo de su carrera, abre la miniserie con una historia de origen arácnido que convierte el tótem de ese relato —la araña, la mordedura, la transformación que sigue— en body horror con la lógica de Cronenberg. Rossi Gifford dibuja el resultado con un estilo que mezcla la estética del pulp clásico con la especificidad anatómica del horror moderno: los paneles que muestran lo que le ocurre al cuerpo del personaje son los que hacen que la historia funcione como algo más que un ejercicio de género. Ryan North, con Derek Charm, toma la supervelocidad —el poder que suena más inocuo, el que convierte a su portador en un héroe de película de acción— y la examina desde el ángulo de la soledad radical: cuando nadie puede verte moverse ni escucharte hablar, la justicia que el velocista intenta impartir se convierte en una violencia que solo él puede ver en tiempo real.

El resto del catálogo —Gerry Duggan, Marv Wolfman, James Harren, Brandon Thomas, entre otros— garantiza que ningún número repite el mismo registro. Que Marv Wolfman, que coescribió La muerte de Superman y creó a personajes que llevan cuatro décadas en el imaginario del género, esté en la nómina de un libro sobre los lados oscuros de los superpoderes es el tipo de ironía que la historia del medio puede permitirse en 2026. El formato impone su límite: trece historias en ciento sesenta páginas es poco espacio para cada una, y hay relatos que habrían necesitado más páginas para llegar adonde su premisa apuntaba. Es el coste estructural de la antología breve, y Super Creepshow lo paga con la misma honestidad con que lo pagaban los títulos de EC Comics setenta años antes: no todo funciona igual de bien, pero el nivel medio es lo bastante alto para que lo que falla no arrastre lo que funciona. La nominación al Eisner que llegó antes de que el TPB estuviera publicado es el tipo de reconocimiento que llega cuando el experimento resulta ser exactamente lo que parecía desde fuera.





