Ritchie se cita a sí mismo y sale bastante bien parado: ‘The Gentlemen’

Guy Ritchie lleva dos décadas viviendo de los dividendos de Lock, Stock y Snatch, y los últimos quince años han sido una negociación continua entre el director que hizo esas dos películas y el que se extravió en aventuras de presupuesto inflado que nadie terminó de digerir. La película The Gentlemen de 2019 fue el primer intento serio de regresar a la fuente, y la serie de Netflix que la toma como punto de partida —ocho episodios estrenados el 7 de marzo de 2024— es la consolidación de ese regreso sin que nadie finja que es otra cosa. La premisa es un buen resumen del tono: Eddie Horniman, oficial de operaciones de paz de Naciones Unidas, hereda el ducado de su padre cuando su hermano mayor Freddy resulta manifiestamente incapaz de gestionarlo, y descubre que bajo las tierras de la finca familiar hay una operación de cultivo de cannabis de escala industrial que lleva años pagando las facturas de la aristocracia británica. Lo que Ritchie hace con ese material es exactamente lo que sus fans esperan y exactamente lo que sus detractores temían: su propio mejor trabajo reciclado con actores nuevos y resultados que, contra todo pronóstico razonable, funcionan mejor de lo que el cinismo permitiría anticipar.

Theo James y el arte de ser el único adulto en la habitación

La elección de Theo James para el papel de Eddie Horniman era una apuesta: actor con físico de protagonista de acción y trayectoria de resultados desiguales al que Ritchie le pide que haga de hombre recto en un mundo torcido, que sea el polo serio de la comedia sin perder la presencia que justifica que la cámara lo siga. James no solo cumple: construye a Eddie con una curva de personaje que el guion no siempre le facilita explícitamente, pasando de la resistencia moral a la creciente comodidad con el poder con una gradación que no necesita monólogos de confesión. La transformación funciona porque James la trabaja desde el cuerpo —cómo cambia la postura, dónde pone los ojos cuando ya no es sorprendido sino anticipador—, y eso es lo que convierte a Eddie en algo más que el pretexto para los gags de situación.

Kaya Scodelario como Susie Glass es, en pocas palabras, el mejor personaje femenino que Guy Ritchie ha puesto en una pantalla. Susie dirige el negocio criminal de su padre encarcelado con una eficiencia que no necesita demostrar su dureza porque la dureza ya es el punto de partida. La relación entre Eddie y Susie es el corazón de la serie: una asociación de conveniencia que se convierte en respeto mutuo sin pasar en ningún momento por el romance que cualquier otra producción habría considerado inevitable. Que Ritchie tenga la disciplina de mantener esa tensión en el territorio de lo profesional durante ocho episodios es, quizá, la decisión narrativa más madura que ha tomado en su carrera. La química entre James y Scodelario se sostiene precisamente porque ninguno de los dos hace el gesto de ceder.

Vinnie Jones, el pollo y los secundarios que se quedan

El reparto de apoyo tiene la estructura habitual de Ritchie: una galería de personajes extravagantes que aparecen por capítulos con su propia lógica interna y desaparecen dejando un rastro de caos útil para la trama principal. Ray Winstone como Bobby Glass —el padre de Susie, el jefe desde la cárcel— opera con la economía de alguien que lleva treinta años sabiendo que no necesita gritar para que le escuchen. Giancarlo Esposito como el magnate americano Stanley Johnston aporta el contraste de un villano que no comprende del todo la lógica del crimen británico, lo cual tiene su propio humor. Pero el descubrimiento de la temporada es Vinnie Jones como Geoff, el guarda de finca: un rol que en cualquier otra serie sería de dos escenas y que Jones convierte en algo inesperadamente tridimensional, añadiendo un peso de lealtad y código que el personaje no tenía por qué tener.

Daniel Ings como Freddy, el hermano mayor incompetente, es el elemento más divisivo de la temporada. El personaje está construido para ser el desastre que justifica cada complicación: su irresponsabilidad es el motor que impide que Eddie resuelva nada de una vez. Funciona bien durante los primeros episodios porque Ings lleva la estupidez con una convicción que la vuelve casi cómica. El episodio del traje de pollo —que culmina en el caos más elaborado de la temporada— es el punto de inflexión: cuando Freddy da lo mejor de sí mismo, la serie da lo mejor de sí misma. El problema es que pasado ese pico el personaje empieza a repetir sin variar, y la misma mecánica que funcionaba como sorpresa se convierte en predecible cuando ya sabes qué va a romper a continuación.

El Ritchie que se cita a sí mismo y el final que no estalla

El cargo más legítimo que se puede hacer a The Gentlemen es que es, en gran medida, un inventario de los recursos que Guy Ritchie ha perfeccionado a lo largo de veinte años: la estructura no lineal, el gag de acumulación que escala hasta el absurdo, los criminales con código de honor, los aristócratas que resultan más corruptos que los delincuentes que los visitan. Nada de eso es nuevo. Nada de eso está mal ejecutado, tampoco. La diferencia entre este Ritchie y el que se perdió haciendo franquicias de acción es que aquí el tono está calibrado desde el principio y no se corrige a mitad: la serie sabe qué es y no intenta ser otra cosa.

Los episodios segundo y tercero tienen el bache de ritmo que casi toda la producción de streaming de ocho capítulos padece en algún punto de su ecuador, y el tramo final construye hacia una confrontación que el guion decide no terminar de detonar. El último episodio resuelve las piezas con competencia pero sin el estallido que el penúltimo había prometido, y esa decepción de escala —no de resolución, sino de escala— es el defecto más concreto de una temporada que en todo lo demás cumple razonablemente con lo que anuncia. The Gentlemen es la serie que Guy Ritchie podía hacer en este momento: no un reinvento, no una revolución, sino una versión destilada y televisiva de todo lo que ya sabe hacer, con dos actores que la justifican desde dentro. Para Netflix en marzo de 2024, ya era más de lo que hacía falta.