Billy Crudup haciendo más trabajo dramático que todo lo demás: The Morning Show (Temporada 2)
La primera temporada de The Morning Show tenía un argumento preciso y un momento histórico al que aferrarse: el #MeToo había sacudido los medios de comunicación anglosajones, la figura del presentador estrella como depredador serial era noticia real, y la serie podía permitirse el lujo de ser oportuna sin ser oportunista. La segunda temporada, estrenada en Apple TV+ en septiembre de 2021, llega sin ese ancla. El escándalo ya ha ocurrido, sus consecuencias ya se han establecido, y lo que la serie encuentra ante sí es el problema más difícil de la ficción de prestige: la historia que tenía que contar ya está contada, y ahora tiene que seguir contando otra. La respuesta de Kerry Ehrin y su equipo consiste en añadir capas —el COVID como marco temporal, un arco de identidad sexual para Bradley, la transición de Mitch Kessler del escándalo al exilio voluntario—, en contratar a Julianna Margulies y Holland Taylor, y en confiar en que la suma de partes tan ambiciosas baste para sostener diez episodios. A veces basta. A veces no.

Mitch en el lago de Como, o qué hacer con un depredador cuando se acaba la historia
La apuesta más difícil de la temporada es también la que más debate generó: mantener a Mitch Kessler como personaje activo cuando la función dramática que lo justificaba —ser el centro del escándalo que la primera temporada construía— ha concluido. Steve Carell pasa la mayor parte de los diez episodios en Italia, autoexiliado en el lago de Como, conociendo a Paola Lambruschini, una documentalista que le ofrece la posibilidad de contar su versión. La escritura del arco no logra resolver el dilema que se ha impuesto: si humaniza demasiado a Mitch, parece rehabilitar a un depredador sexual; si no lo hace, no hay razón para que el personaje siga existiendo. Carell hace cuanto puede con un personaje al que los guionistas mantienen en un limbo moral que ninguna de las dos temporadas termina de sostener, y hay escenas en las que su trabajo —la autodestrucción silenciosa, el peso de alguien que sabe exactamente lo que hizo y no tiene adónde ir con eso— llega donde el guion no alcanza. La muerte que cierra su arco es la decisión más honesta que la serie toma con el personaje: Mitch, en una carretera italiana de noche, suelta el volante y cierra los ojos. Fue el propio Carell quien propuso que fuera una elección activa en lugar de un accidente, y la showrunner le dio la razón. Es el único momento de la temporada en que el tratamiento de Mitch resulta completamente coherente, lo cual retroilumina con cierta crueldad todos los que lo precedieron.

El COVID y las diez tramas que diez episodios no pueden sostener
La segunda temporada se sitúa entre enero y marzo de 2020, lo que le da un marco temporal con el que es difícil no hacer algo interesante y también difícil hacer algo que no parezca una explotación del trauma colectivo reciente. El resultado está más cerca de lo primero que de lo segundo, aunque por poco. La serie captura con precisión incómoda la fase de negación inicial: los personajes en enero descartando el virus como noticia sin gancho, el debate sobre si vale la pena cubrir algo que parece tan lejano, Daniel Henderson enviado a Wuhan como corresponsal en un destino que nadie considera prioritario. Es el tipo de detalle que en 2021 provoca el reconocimiento agrio de quien recuerda haber pensado exactamente lo mismo. El problema es que el COVID como eje narrativo llega y desaparece según lo requiera la trama de cada episodio: Brady Jackson cubre el virus porque le conviene al relato de su carrera, Alex Levy contrae el coronavirus en el tramo final y lo documenta en antena en lo que es la secuencia más efectiva de la temporada, y Daniel en Wuhan se convierte en un subtexto sobre representación racial en los medios que la serie no tiene tiempo de desarrollar con la atención que merece. La temporada acumula temas —el #MeToo en sus consecuencias más largas, COVID, la sexualidad de Bradley, la corrupción de Cory, la guerra de poder en la red, el libro de Maggie Brener que amenaza con detonarlo todo— y los gestiona con la justicia que permite el formato: algo de cada cosa, nada con la profundidad que cada una exige.

Cory Ellison y Bradley Jackson, o los dos lugares donde la temporada funciona de verdad
Billy Crudup ganó el Emmy en la primera temporada por un personaje al que la segunda le da la vuelta completa, y lo hace sin que la interpretación pierda ni un ápice de control. Cory Ellison asciende a CEO de UBA después del escándalo con intenciones que la primera entrega presentaba como ambiguas y que la segunda resuelve sin misericordia: Cory es un estratega que trata la información como moneda de cambio, que hizo acuerdos con Fred Micklen a espaldas de todo el mundo y que en el momento en que necesita palanca sobre Bradley Jackson usa la relación de esta con Laura Peterson sin pestañear. Crudup trabaja todo esto con la sonrisa torcida de alguien que ha decidido que el cinismo es una forma de honestidad, y la revelación de su doble juego no resulta un giro de guion sino la confirmación de lo que el actor había estado construyendo desde el principio.
El arco de Bradley es el más personal de la temporada y el que mejor demuestra lo que Reese Witherspoon puede hacer cuando el material la deja. La relación con Laura Peterson —interpretada por una Julianna Margulies que llega con la autoridad de quien no necesita presentación— no se gestiona como el desafío identitario que series con menos confianza habrían convertido en tribulación, sino como algo más sencillo y más verdadero: dos personas que se reconocen en el mismo espacio, con el mismo peso, y que eligen ocultarlo porque el mundo en el que trabajan no las dejaría elegir otra cosa. El momento en que Cory filtra la relación a la prensa para neutralizar a Bradley no es un giro de thriller sino el acto de traición que define a la temporada: la historia más privada del personaje convertida en instrumento por alguien en quien confiaba. Witherspoon lleva ese golpe con la misma contención que lleva todo lo demás en esta temporada, y es la actuación más medida de su carrera en el papel.

The Morning Show terminó su segunda temporada siendo una serie diferente a la que había empezado. No en el sentido de haber evolucionado hacia algo más claro, sino en el de haber acumulado suficiente peso como para que el equilibrio sea más difícil. Lo que la segunda tanda de episodios confirma es que la serie funciona mejor cuando se ciñe a sus dos o tres piezas más afiladas y peor cuando intenta ser todo al mismo tiempo. La tercera temporada tendrá que decidir qué quiere ser. La segunda demostró que la pregunta sigue abierta.





