Rachel lleva una semana con los Cunningham. Debería haberse ido el lunes: Something Very Bad Is Going to Happen

El título es a la vez la premisa, la promesa y el primer movimiento de la serie: algo muy malo está a punto de ocurrir, y tú lo sabes desde que aparece en pantalla. Eso significa que Something Very Bad Is Going to Happen —ocho episodios, Netflix, creada por Haley Z. Boston con los hermanos Duffer como productores ejecutivos— no está apostando al susto sino al estado de anticipación que el susto produce, que es una apuesta técnicamente más difícil y, cuando sale bien, bastante más efectiva. La serie arranca con Rachel llegando a la mansión de los Cunningham una semana antes de su boda con Nicky, el hijo de la familia. Lo que encuentra allí es una madre que no termina de ser lo que aparenta, un padre que tampoco, una serie de hermanos cada uno más inquietante que el anterior, y algo que la casa lleva más tiempo que ninguno de los que la habitan. Los hermanos Duffer han construido desde Stranger Things una marca de horror que no renuncia al rigor emocional —si el espectador no se preocupa por los personajes, los monstruos no importan—, y esa filosofía atraviesa esta serie de arriba abajo aunque Boston sea quien firma la creación. La pregunta que Something Very Bad plantea no es si algo terrible va a ocurrir. Es cuándo, y qué clase de terrible resulta ser.

La mansión Cunningham como organismo que respira mal

Lo mejor de Something Very Bad en su primer tramo es la construcción del espacio. La casa de los Cunningham no es una casa de terror al uso —no hay puertas que se cierran solas, no hay pasillos con espejos— sino un lugar donde la disfunción familiar y la amenaza sobrenatural han coexistido tanto tiempo que ya no se distinguen la una de la otra. La directora Weronika Tofilska, que firma cuatro de los ocho episodios, tiene un ojo preciso para los encuadres que incomodan sin explicar por qué: conversaciones filmadas desde el ángulo ligeramente incorrecto, silencios que duran un latido más de lo que deberían, la cámara colocada donde un ser humano no estaría pero donde algo podría estar mirando. La fotografía tiene esa frialdad de mansión del norte —filmada en Toronto con intención muy deliberada de no parecer ningún sitio concreto— y la música de Colin Stetson, que lleva años construyendo paisajes sonoros para el horror de autor, se mueve por debajo de las escenas con la incomodidad de quien conoce el secreto antes que el personaje. Las referencias a Rosemary’s Baby son evidentes y buscadas: Rachel es la forastera que entra en un sistema ya cerrado sobre sí mismo, que no entiende las reglas del espacio en el que acaba de comprometerse a vivir para siempre, y cuya percepción de la realidad la serie se permite cuestionar en el momento exacto en que el espectador más la necesita.

Jennifer Jason Leigh sabe lo que está haciendo con cada sílaba

Que Something Very Bad se anuncie con Jennifer Jason Leigh en el cartel y que la serie sea en realidad la historia de Camila Morrone no es un engaño sino una descripción precisa del reparto: Leigh, como Victoria Cunningham, la matriarca de la familia, es el centro de gravedad alrededor del cual todo orbita, pero la serie la filma desde el punto de vista de Rachel, que es Morrone. Leigh construye a Victoria con la clase de contención que solo saben hacer los actores que han aprendido que el terror funciona mejor cuando se susurra: hay escenas en que Victoria no hace nada en particular —lleva una copa, sonríe, pregunta algo perfectamente razonable— y el malestar que Leigh consigue generar con esos gestos ordinarios es el argumento más sólido que la serie tiene para la primera mitad. Ted Levine como Boris Cunningham, el padre, trabaja desde el mismo principio aunque en una clave más abiertamente siniestra. La revelación del reparto, sin embargo, es Morrone: la actriz lleva la serie entera sobre los hombros con una composición que funciona en los dos registros que la serie va a exigirle —el horror y lo que viene después del horror— sin perder la coherencia del personaje en el tránsito.

Lo que viene después del horror es donde la serie se divide

Something Very Bad tiene ocho episodios y la decisión de hacer algo inesperado con ellos: el horror puro y atmosférico de la primera mitad cede paso, en el tramo central, a algo más parecido a la comedia negra. No de golpe, no de forma explícita, sino en la misma deslizamiento imperceptible con que una conversación perfectamente normal se convierte en una amenaza. Para parte del público, ese giro es exactamente lo que la serie prometía entre líneas —que algo muy malo iba a ocurrir no significa que fuera a ocurrir de la manera que imaginabas—. Para otra parte, es el momento en que la tensión acumulada se disipa antes de haber encontrado el recipiente correcto. Los dos grupos tienen razón en sus propios términos. La serie tiene también un episodio de found footage que divide con la misma limpieza, y un tramo de tercer acto donde el humor deadpan que ha emergido se reconcilia con el registro inicial de un modo que no todo el mundo va a conceder que funciona. Lo que permanece después de todos estos cambios de velocidad es una serie que ha elegido ser difícil de clasificar en lugar de fácil de consumir, lo cual en el ecosistema del streaming de 2026 es casi tan infrecuente como la mansión que la protagoniza: una rareza que no es para todo el mundo y que sabe perfectamente que no lo es.