¿El Rey del Pop o un museo? — ‘Michael’ le convierte en una reliquia impecable (y vacía)

Hay biopics que intentan entender a su protagonista y otros que parecen más interesados en preservarlo en formol. La película de Antoine Fuqua llega envuelta en el aura de gran evento —presupuesto descomunal, acceso total al catálogo musical y el aval directo de la familia—, pero el resultado es, paradójicamente, una de las experiencias más desangeladas que ha dado el género en años. Estamos ante un espectáculo técnicamente brillante, pero que se siente completamente hueco en su núcleo narrativo.

El milagro de Jaafar y el músculo escénico

Porque sí: Michael funciona con una precisión asombrosa cuando deja de ser cine y se convierte en concierto. Las recreaciones de los números musicales, que abarcan desde el magnetismo de Billie Jean hasta la catarsis de Wembley, tienen músculo, ritmo y, sobre todo, un arma secreta: Jaafar Jackson. El sobrino del artista no se limita a interpretar a Michael; lo canaliza de una forma casi sobrenatural. En el movimiento, la voz y la energía escénica es donde reside la verdadera película, logrando momentos de una potencia visual que justifica, por instantes, el precio de la entrada.

Sin embargo, fuera de las luces del escenario, la propuesta se desploma como una figura de cera. La experiencia se asemeja a un paseo guiado por un museo viviente, donde los grandes hitos de su carrera se encadenan sin conflicto, sin contexto y, lo más grave, sin alma. El guion de John Logan no construye un personaje complejo, sino una cronología de highlights que salta de éxito en éxito con la urgencia de quien teme detenerse demasiado tiempo en cualquier rincón incómodo.

Una biografía sin rastro de humanidad

El problema fundamental es que la película evita sistemáticamente cualquier zona oscura del mito. No es que las esquive con elegancia; es que las borra directamente del mapa. En este relato no hay lugar para las acusaciones, las contradicciones o las grietas psicológicas que definieron la vida del artista. Solo existe la versión aprobada por su legado, lo que convierte al filme en una pieza de propaganda emocional que celebra al icono mientras ignora al ser humano. Esta decisión no se percibe como una opción creativa, sino como una amputación narrativa que priva a la historia de cualquier peso dramático real.

Lo irónico es que, en ese intento desesperado por proteger el mito, la película acaba debilitándolo. Al eliminar las aristas, el Michael de Fuqua se convierte en algo plano, inofensivo y casi infantil, incapaz de sostener la gravedad que una vida tan turbulenta exigiría. Cuando se elimina el conflicto de la ecuación, se elimina el cine, dejando en su lugar un producto aséptico que renuncia a la relevancia en favor de la seguridad.

La oportunidad perdida de la estatua que no baila

Aun así, sería injusto decir que Michael no encontrará su lugar. Funciona, y muy bien, como un producto de lujo diseñado para fans. Las salas llenas y la nostalgia en redes demuestran que hay una audiencia masiva que no busca respuestas, sino revivir sensaciones y canciones. Pero mientras otros biopics recientes como Rocketman apostaron por el riesgo y la honestidad, esta cinta opta por el camino más seguro posible: el del homenaje sin fricción.

En última instancia, lo que podría haber sido una exploración fascinante de una de las figuras más complejas de la historia moderna se queda en algo mucho más mundano: una playlist extremadamente cara con forma de película. Michael no es un desastre técnico, pero sí es una oportunidad perdida de manual. Cuando decides no mirar debajo de la superficie de un personaje tan profundo, lo que te queda no es un retrato; es una estatua. Y las estatuas, por muy icónicas que sean, nunca bailan de verdad.