‘Reina Roja’ T2, Vicky Luengo y Hovik Keuchkerian sostienen lo que el guión no termina de construir

Durante la Comic Con de Málaga, Juan Gómez-Jurado estuvo presentando la segunda temporada de Reina Roja y confirmó lo que los fans de la trilogía ya sospechaban: la tercera entrega, adaptación de Rey Blanco, ha terminado su rodaje. La noticia importa porque contextualiza exactamente lo que es Loba Negra dentro de la arquitectura de la franquicia: el capítulo central, el puente, el volumen que tiene que hacer avanzar la historia hacia un destino que ya está filmado y que todavía no puede mostrar. Los capítulos intermedios son siempre los más difíciles de escribir bien. Esta segunda temporada lo intenta con honestidad, consigue más de lo que falla, y los dos actores que llevan la serie sobre los hombros desde el primer episodio siguen siendo razón más que suficiente para verla.

Antonia Scott y el tiempo que Vicky Luengo lleva aprendiendo a vivir en ese personaje

Hay personajes que en la primera temporada funcionan porque son nuevos y en la segunda funcionan porque ya sabemos quiénes son, y el trabajo del actor en esos casos es distinto. Vicky Luengo tiene aquí el material más exigente de los dos arcos que ha rodado porque Loba Negra arranca con Antonia en un estado de suspensión narrativa —las consecuencias del primer caso siguen pesando, el programa que la convierte en herramienta sigue extrayendo de ella lo que nadie debería poder extraer— y la actriz tiene que hacer creíble que alguien capaz de procesar cualquier información en décimas de segundo lleve tanto tiempo sin poder procesar lo que le ocurrió a ella misma.

Luengo lo consigue porque no lo subraya. La inteligencia de Antonia Scott nunca ha sido en esta adaptación el superpoder espectacular que podría haber sido —nunca es la heroína que resuelve el enigma con un monólogo brillante— sino una condición que la separa y la agota. Lo que hace esta segunda temporada con eso es seguir ahondando en la fractura sin resolverla, lo cual es exactamente lo correcto para un personaje que tiene todavía una temporada por delante.

Hovik Keuchkerian sigue siendo el contrapeso perfecto del dúo. La decisión de la serie de no sacrificar el humor de Jon en aras de la seriedad del thriller es una de las más inteligentes que ha tomado, y esta temporada la sostiene: Keuchkerian es un actor con un sentido del tiempo cómico infrecuente en el género, y los momentos en que la tensión se alivia a través de él no desvirtúan el tono sino que hacen que la tensión siguiente pese más.

La Loba Negra y el espejo que la temporada no termina de usar

El personaje de Loba Negra —interpretado por Javiera Sky— es el concepto más ambicioso de esta segunda temporada y el que se queda más corto en la ejecución. Una antagonista con las mismas capacidades que Antonia Scott pero aplicadas sin los límites éticos que definen a la protagonista es, sobre el papel, exactamente la clase de rivalidad que un thriller de este tipo necesita para ir más allá del procedural. La Costa del Sol como escenario de la mafia rusa abre el universo geográficamente. El personaje de Lola Moreno —Adriana Torrebejano en un rol que la serie usa mejor de lo que la sinopsis anticipaba— añade una capa emocional al caso de la semana que en la primera temporada a veces faltaba.

El problema es que la Loba Negra permanece demasiado tiempo como amenaza abstracta. Sky tiene presencia física y una frialdad que funciona en sus escenas, pero el guión no le da los minutos necesarios para que el espejo entre ella y Antonia produzca el efecto que debería. La rivalidad existe más en la premisa que en la pantalla. Cuando finalmente las dos se encuentran, la tensión acumulada no llega del recorrido conjunto de los dos personajes sino de lo que el espectador proyecta sobre lo que podría haber sido. No es un fallo catastrófico —el thriller puede sostenerse con antagonistas relativamente planos— pero es el lugar donde Loba Negra pierde más potencial respecto a lo que prometía.

La segunda temporada de éxito y el problema de jugar sobre seguro

Reina Roja fue la serie española más vista en Amazon Prime Video. Ese dato, que en el momento del anuncio de renovación sonaba a promesa, es en esta segunda temporada también un peso. La serie sabe que tiene una audiencia fidelizada, sabe que tiene dos actores principales que funcionan, sabe que la estructura de thriller de investigación con toque espectacular va a seguir generando respuesta. Y con esa certeza toma decisiones de escritura que en la primera temporada —cuando todavía no sabía qué era exactamente— no habría tomado.

Los diálogos tienen aquí una tendencia sobreexplicativa que no tenían en la primera entrega: la serie tiende a enunciar lo que ya muestra, a nombrar en voz alta lo que el personaje está sintiendo cuando la actuación lo estaba transmitiendo sin palabras. Koldo Serra dirige con competencia pero sin el riesgo visual que podría haber marcado esta temporada como algo más que una segunda parte bien ejecutada. El resultado es una producción profesional, bien ambientada, con un ritmo ágil que no siempre sabe cuándo detenerse para que las cosas importen, y que llega a su desenlace habiendo hecho suficiente para que el espectador quiera la tercera sin haber hecho lo necesario para que la segunda sea imprescindible por sí misma. Es un cumplido a medias. En un mercado donde las segundas temporadas suelen ser directamente peores que las primeras, Loba Negra no defrauda. Tampoco sorprende. Y en el espacio entre esos dos verbos vive toda su ambición.