La mujer más peligrosa de América: ‘Wonder Woman: Outlaw’ y el regreso de Diana como icono

Con DC Comics desplegando ya los siguientes movimientos de la etapa del guionista Tom King y mientras la figura de Wonder Woman atraviesa uno de los momentos de mayor visibilidad y solidez editorial de la última década, resulta el escenario idóneo para regresar al génesis de esta era. Toca analizar los seis primeros números de la colección, recopilados bajo el explícito título de Outlaw (Fajada / Fugitiva), donde King y el dibujante español Daniel Sampere asumieron una tarea titánica: demostrar que Diana Prince podía volver a ocupar el centro neurálgico de la conversación pop y liderar el universo superheroico sin necesidad de mimetizarse con los traumas nocturnos de Batman ni con el mesianismo solar de Superman. Lo lograron con creces, no mediante una deconstrucción pretenciosa que traicionara el pasado del personaje, sino recordando con precisión quirúrgica qué es lo que la hacía verdaderamente especial e imponente en primer lugar.

La guerra cultural: Cuando el enemigo es el relato y la propaganda

El arranque de Outlaw se desmarca del tebeo de superhéroes convencional gracias a un conflicto de raíces profundamente sociopolíticas. Tras una masacre injustificable cometida por una amazona renegada en un bar de la América profunda, el gobierno de los Estados Unidos aprueba de urgencia la Amazon Safety Act, una legislación xenófoba que convierte a cualquier mujer de procedencia mítica en sospechosa por defecto, desatando una feroz campaña política, mediática y militar contra las ciudadanas de Themyscira.

King renuncia a las invasiones alienígenas o a las distorsiones de la realidad para plantear algo mucho más terrorífico por su cercanía con el mundo real: una guerra cultural total. El verdadero antagonista inicial es intangible; es la maquinaria de propaganda estatal, los debates televisivos sesgados, las encuestas de opinión pública y la manipulación del miedo colectivo. Cuando finalmente se desvelan las cartas de Sovereign, el maquiavélico y centenario villano que mueve los hilos desde las sombras de la Casa Blanca, se consolida la gran tesis de la etapa: Diana es una heroína físicamente invencible enfrentada a un enemigo cuya arma de destrucción masiva no es la fuerza bruta, sino el control absoluto de la narrativa y el relato.

Diana contra el mundo: La compasión como acto revolucionario

Frente a la tendencia contemporánea de oscurecer a las figuras del cómic comercial dotándolas de secretos morales, dobleces éticos o pasados corruptos para simular madurez, la cabecera toma deliberadamente la dirección opuesta. La Diana de Tom King es, por encima de todo, una fuerza de bondad absoluta. No es ingenua, no es boba ni carece de colmillo; es una mujer de convicciones inquebrantables.

A lo largo del tomo la vemos enfrentarse al ejército estadounidense, a supervillanos clásicos y al desprecio de ciudadanos corrientes que han sido adoctrinados para odiarla y temerla. Sin embargo, jamás deja de comportarse con la dignidad inherente a una embajadora de la paz. Hay una confianza desafiante en la pureza del personaje. El guion parece lanzar una pregunta subversiva al lector actual: en un panorama saturado de antihéroes cínicos y justicieros violentos, ¿y si el verdadero acto de rebeldía antisistema fuese que una superheroína siguiera creyendo ciegamente en la compasión y la redención?

Daniel Sampere y la escala operística del mito

Si Tom King es el encargado de diseñar la compleja arquitectura conceptual del relato, el dibujante Daniel Sampere es quien aporta un músculo visual soberbio. El trabajo del artista barcelonés en Outlaw se postula como su consagración definitiva en la primera línea de la industria estadounidense, logrando que Wonder Woman recupere su estatus mitológico en cada viñeta.

Sampere comprende que Diana no debe moverse con la agilidad felina y oculta de un vigilante de Gotham, ni con la rigidez de un dios alienígena. Debe moverse como una deidad clásica esculpida en mármol. Cada plano posee escala, cada combate transmite un peso físico descomunal y cada composición abraza una espectacularidad operística. Da igual si Diana está deteniendo un tanque militar con las manos desnudas, desviando un misil hacia la estratosfera o simplemente arrodillándose para mirar a los ojos a un niño; la sensación de estar contemplando una leyenda viva es constante. El clímax del número seis, un despliegue masivo de monstruos, gigantes y destrucción a gran escala, es el mejor testimonio del despliegue técnico del dibujante.

El manifiesto ideológico: Un café con un niño enfermo

Curiosamente, el corazón de este primer volumen no se localiza en sus secuencias de acción de gran presupuesto, sino en la intimidad del cuarto número. Mientras el gobierno estrecha el cerco sobre ella y la tilda de amenaza pública, Diana decide aislarse del ruido mediático para cumplir el último deseo de un niño con una enfermedad terminal. Lo que en manos de otro guionista podría haber degenerado en un interludio sensiblero o en un capítulo de relleno para dar aire al dibujante, aquí se erige como el manifiesto ideológico de toda la cabecera.

King demuestra que la mejor forma de explicar la verdadera naturaleza de Wonder Woman no consiste en medir cuántos batallones es capaz de doblegar, sino en plasmar su capacidad para sostener la mano de alguien que necesita desesperadamente un destello de esperanza. Es un recordatorio luminoso de que la empatía radical es la superpotencia más devastadora del repertorio de la amazona, manejando el drama con una contención emocional que esquiva el melodrama fácil.

Veredicto: El peligro latente de no saber odiar

Aunque la obra muestra de vez en cuando las costuras típicas de la escritura de Tom King —quien en determinados pasajes abusa de los cuadros de texto y los monólogos en off de Sovereign, sobreexplicando con prosa literaria lo que el portentoso dibujo de Sampere ya narra a la perfección con la pura narrativa visual—, el balance de Outlaw es extraordinario. No es solo un cómic excelente por su destreza técnica o su vibrante ritmo; lo es porque entiende la esencia nuclear de su protagonista. Wonder Woman: Outlaw no habla en realidad de una superheroína perseguida por el Pentágono. Habla de lo que le ocurre a una sociedad cuando empieza a considerar peligrosa a una persona por el simple hecho de que se niega por completo a odiar al prójimo. Pocas ideas resultan más vigentes, incómodas e imprescindibles en el noveno arte actual.