‘Tulsa King’, temporada 1 (2022): Stallone, 25 años de cárcel y el mob más solitario de Oklahoma
Tulsa King llega a Paramount+ en noviembre de 2022 con la firma de Taylor Sheridan —el creador de Yellowstone que por entonces ya era la razón principal de que la plataforma tuviera abonados— y con Sylvester Stallone en el papel protagonista de una serie de televisión por primera vez en sus cuarenta y cinco años de carrera. Con la cuarta temporada estrenándose en octubre de 2026, hay argumento suficiente para volver al principio y entender cómo empezó todo. La primera temporada establece la geografía: no la de Oklahoma, sino la de un hombre que pasó un cuarto de siglo en prisión por lealtad a una organización que no se lo agradeció, y que llega a Tulsa sin red de seguridad, sin mapa y sin nadie que lo espere. El material para construir una temporada de televisión está ahí desde el primer episodio. Que funcione como lo hace se debe a una serie de decisiones que empiezan por la persona que menos aparece en los carteles del proyecto.

Terence Winter, el show de Taylor Sheridan y el piloto que no sobrevivió al primer almuerzo
Sheridan creó Tulsa King y escribió el piloto. A partir de ahí le dio las riendas a Terence Winter —showrunner con décadas de crédito en Los Soprano y Boardwalk Empire— con una instrucción que Winter recordó luego en entrevistas con la precisión de quien todavía no se la cree: «Es tu bebé. Yo solo tengo derechos de visita». El piloto de Sheridan estaba ambientado en Kansas City y seguía a un matón sin prisión previa. Winter lo cambió todo: trasladó la acción a Tulsa, convirtió al protagonista en un hombre que acaba de salir después de veinticinco años y reescribió el proyecto como una historia sobre la lealtad cuando ya no queda tiempo para que tenga sentido. Sheridan y Winter hablaron solo dos veces antes de que empezara el rodaje. El resultado lleva el nombre del primero pero tiene la arquitectura del segundo.

Esto importa porque define lo que la serie no pretende ser. Tulsa King no es el intento de Sheridan de hacer su propia versión de Los Soprano con estética de la América interior. Es una comedia de personaje con violencia y sentimiento, construida deliberadamente para funcionar como un vehículo de estrella antes de cualquier otra cosa. Winter tenía experiencia en ese ejercicio: sabe cuándo la escritura tiene que desaparecer para dejar que el actor ocupe el espacio. En Tulsa King, ese espacio pertenece a Stallone, y el mérito de los guiones es haber entendido cuánto podía cargarlo y cuánto había que poner alrededor para que se sostuviera.

Dwight Manfredi y lo que Stallone llevaba décadas sin poder demostrar
Dwight «The General» Manfredi hizo veinticinco años de cárcel por un crimen que cometió para ahorrarle a un hombre morir quemado: lo disparó. Guardó silencio por el código que la organización le había enseñado desde joven, esperó su liberación con la convicción de que esa lealtad tendría un retorno proporcional, y al salir su underboss lo mandó a Tulsa, Oklahoma, a construir negocio en un mercado sin desarrollar. El exilio como recompensa. Stallone tiene setenta y cinco años cuando filma la primera temporada y hace con Manfredi algo que sus papeles de las dos décadas anteriores no le habían permitido: construir un personaje cuya dureza no es el espectáculo sino el punto de partida para explorar lo que hay debajo.

Lo que hay debajo es la obsolescencia de un código moral en el que nadie ha dejado de creer salvo las personas que lo exigían. Dwight no llega a Tulsa resentido sino perplejo: el mundo ha cambiado durante su encierro de una manera que no estaba en ningún manual —teléfonos móviles, tarjetas de crédito, licencias de conducir caducadas, cannabis legal—, pero el código que lo llevó a la cárcel sigue siendo el único que conoce, y tiene que ser suficiente. La dinámica que la serie construye con más cuidado no es la del mafioso contra la ley sino la del hombre mayor contra un mundo que se reorganizó sin preguntarle. Jay Will como Tyson —el taxista que Dwight recluta como primer operativo— es el contrapeso narrativo más eficaz de la temporada: la amistad entre los dos tiene la velocidad de quien no tiene tiempo que perder, y funciona porque Will sostiene la relación con la misma presencia que Stallone le exige sin que ninguno de los dos compita por el espacio del otro.

Tulsa, el Bred2Buck y la temporada que cierra sin mentir sobre lo que tiene pendiente
La geografía criminal que Dwight construye en nueve episodios parte de una extorsión a un dispensario de marihuana, pasa por la protección de una bachelorette party y llega a un casino en tierra cherokee —el Bred2Buck— operado como combinación de negocio de lavado y cuartel general de la operación. El reparto secundario tiene la textura específica de la televisión de cable que Winter conoce bien: Martin Starr como Bodhi, el propietario del dispensario reconvertido en especialista en ciberataques, funciona mejor cuando la serie lo usa para subrayar la brecha entre el mob analógico de Dwight y los instrumentos que la criminalidad del siglo XXI exige. Dana Delany, Max Casella, Domenick Lombardozzi como Chickie Invernizzi —el underboss que mandó a Dwight al exilio— completan el mapa de lealtades y traiciones que la temporada dibuja con la claridad de quien prefiere el trazo grueso antes que la ambigüedad que no puede sostener.

La temporada termina con Dwight matando a Caolan Waltrip, el líder de la banda de motoristas que declaró la guerra cuando sus rutas de distribución de óxido nitroso entraron en conflicto con las de Manfredi, y con la apertura del Bred2Buck como declaración formal de independencia respecto a la organización de Nueva York. Chickie, que viajó a Tulsa para reclamar autoridad y se fue con las manos vacías, cierra la temporada matando a su propio padre en un movimiento que la serie plantea con la geometría deliberada de Michael Corleone, sin la pretensión de ser eso. La traición de Stacy —la agente de la ATF que Dwight no identificó como tal y a quien entregó dinero que ella reportó a sus superiores— deja el cuadro sin resolver de la manera más honesta que permite la primera temporada de una serie que ya sabe que habrá segunda: cierra lo que puede cerrar y deja abierto lo que todavía no ha ganado el derecho a resolver.





