‘Alien vs. Capitán América’: la idea es inevitable, los cuatro números no le hacen justicia
El cruce entre los Xenomorfos y el Centinela de la Libertad tiene una lógica de escenario que, en retrospectiva, resulta casi obvia: los Nazis son el correlato humano más directo de la amenaza alienígena —la voluntad de borrar lo que no encaja en su arquitectura del mundo—, y la HYDRA del Red Skull es exactamente la clase de organización suficientemente arrogante como para creer que puede hacer con los Xenomorfos lo que los Xenomorfos han hecho siempre con cualquier cosa que intente usarlos como herramienta. Frank Tieri lo entiende y lo usa: la premisa de que Strucker descubra restos de Attilan —la ciudad de los Inhumanos destruida por los propios Xenomorfos— en el Himalaya de 1944 como punto de partida de la miniserie es de las decisiones más inteligentes del crossover, porque ancla el elemento alienígena en la mitología Marvel sin que la costura se note demasiado. Lo que Tieri tiene más claro en esta serie de cuatro números lo tiene más claro que casi nadie en el género: que el contexto lo es todo, y que la Segunda Guerra Mundial como escenario no es solo una ubicación sino una razón. El problema es que cuatro números no son suficientes para el mapa que decide trazar.

Raffaele y Menon: el cruce que funciona en cada viñeta
Stefano Raffaele es el mejor argumento del tomo y también el más constante. Su línea tiene la textura sucia del cómic de acción bélica —la Segunda Guerra Mundial en papel exige ese peso, ese terreno fangoso— sin perder la claridad de lectura que los crossovers de superhéroes necesitan cuando la velocidad narrativa es alta. Las criaturas salen bien: los Xenomorfos de Raffaele son fiel al diseño canónico sin ser réplicas serviles, tienen el mismo ángulo de amenaza que el material original pero con una gestualidad más física, más integrada en el espacio de la viñeta que en el recuerdo de la pantalla. Las escenas de chestburster y facehugger no esquivan la sangre —hay una página con los cuerpos de un pueblo utilizados como nido que es el mejor plano de terror puro de todo el tomo— y el dibujante administra el gore con el criterio de quien sabe que el horror funciona mejor cuando es puntual que cuando es sistemático. Neeraj Menon completa el trabajo con una paleta que parte del verde y el marrón del entorno bélico y amplifica el negro y el ámbar cuando la criatura toma el espacio: el contraste entre la temperatura del conflicto humano y la del horror extraterrestre está resuelto con una sencillez que hace avanzar la lectura sin que el lector lo note. El tomo se mira solo. Eso, en el crossover de superhéroes promedio, no es un dato menor.

Tieri y la Segunda Guerra Mundial como escenario inevitable
Lo que Frank Tieri ejecuta bien en esta miniserie es el uso de la mitología Marvel como sistema de conexión antes que como relleno. La revelación de que los Xenomorfos tienen historia con los Kree —que el encuentro entre las dos razas precede en siglos a los eventos de la serie— es el tipo de ampliación de universo que podría resultar inflada en manos de otro guionista y que aquí funciona porque tiene consecuencias inmediatas en la trama: Cap-Mar aparece en el tercer número no como cameo de fan-service sino como agente de esa historia mayor, y la escena de los Xenomorfos cruzados con Skrulls —una criatura que hereda la capacidad de cambio de forma de los segundos y la biología parásita de los primeros— es exactamente el tipo de absurdo bien construido que solo un universo de superhéroes puede permitirse. El problema de la arquitectura de Tieri es Cap. El Centinela de la Libertad funciona a lo largo de los cuatro números más como testigo que como motor: llega a los escenarios donde algo ya ha ocurrido, responde a las amenazas que otros actores han puesto en marcha, y la única decisión que le pertenece genuinamente —la del final del cuarto número— llega demasiado tarde en el arco para que el lector haya tenido tiempo de sentirla como suya. El Capitán América de Tieri es el personaje más competente de la serie y el menos protagonista, lo cual en un título que lleva su nombre es una contradicción que los cuatro números no terminan de resolver.

El espacio que la miniserie no tiene
El defecto más claro de Alien vs. Capitán América no es de escritura sino de presupuesto de páginas. Tieri tiene material para seis números y lo comprime en cuatro: los Comandos Aulladores —Furia, Dum-Dum Dugan y el resto— existen como fuerza operativa sin que ninguno de ellos tenga una escena que les dé entidad propia; la relación entre Strucker y el Red Skull, que podría producir tensión interna entre los villanos, se resuelve en despacho antes de desarrollarse; y la escena final, que apunta hacia una continuación, funciona como apertura de algo mayor pero no como cierre de lo que la serie ha sido. El resultado es un tomo que tiene más ideas por página de las que puede desarrollar —lo cual es preferible al problema contrario, que aqueja a la mayor parte del crossover mainstream— pero que deja al lector con la sensación específica de haber leído el primer tercio de algo más largo en lugar de una historia completa. Alien vs. Capitán América es lo que promete en su portada: la Segunda Guerra Mundial, Xenomorfos, Hydra y el escudo. Que esa promesa sea genuinamente más ambiciosa de lo que el formato le permite ejecutar es su mejor elogio y su límite más preciso.





