‘Daryl Dixon’ T1, la segunda vida europea que la franquicia The Walking Dead necesitaba

Daryl Dixon fue durante once temporadas el personaje de The Walking Dead que más tiempo tardó en tener una historia propia. Era siempre el apoyo, el músculo, la presencia que garantizaba tensión en cualquier escena pero que rara vez era el eje de lo que se estaba contando. Cuando AMC anunció un spin-off protagonizado por él, la suposición más razonable era más de lo mismo: más Georgia, más grupos de supervivientes con dinámicas ya conocidas, más entropía narrativa de una franquicia que llevaba varios años consumiéndose. Lo que llegó el 10 de septiembre de 2023 fue otra cosa completamente distinta: Daryl en Francia, sesenta por ciento del diálogo en francés con subtítulos, una Europa post-apocalíptica que no tenía el aspecto de nada que la franquicia hubiera producido antes, y una temporada que consiguió, contra todo pronóstico, que el spin-off fuera la cosa más viva que el universo Walking Dead había parido en años. Con la tercera temporada en el horizonte inmediato, hay razones para volver al principio.

Daryl, Isabelle y Laurent: la familia que nadie pidió y todos necesitaban

La decisión estructural más inteligente de esta primera temporada no tiene que ver con los zombis ni con la geografía: tiene que ver con a quién pone junto a Daryl. Isabelle, la monja interpretada por Clémence Poésy, es la incorporación más lograda que el universo Walking Dead ha hecho a su reparto desde hace mucho tiempo. Su backstory —una historia de origen que transcurre el día del brote y que opera en un registro completamente distinto al del resto de la temporada— es la secuencia que mejor define lo que esta serie quiere ser: algo con la textura emocional de una historia europea de posguerra, no solo un apocalipsis zombie con acento francés. Poésy construye un personaje cuya fe es real y cuyas contradicciones son igual de reales, y hace que ambas coexistan sin que el guion tenga que resolverlas de manera fácil.

Laurent, el niño que las monjas creen que es una figura mesiánica —nacido durante el apocalipsis, con una relación con los caminantes que la temporada sugiere y nunca confirma del todo—, funciona como el eje emocional de la trama del mismo modo en que lo hacían los niños en las mejores épocas de la serie original: no como recurso de ternura fácil sino como la razón por la que los adultos toman las decisiones que toman. Louis Puech Scigliuzzi lo construye con una mezcla de ingenuidad y perspicacia que evita el territorio del niño milagroso de cuento, y el triángulo que forma con Daryl e Isabelle —cada uno llegando desde un tipo de fe completamente diferente, o desde su ausencia— sostiene los episodios que la acción no sostiene por sí sola. Norman Reedus, liberado del peso de una ensemble de veinte personajes, demuestra que Daryl Dixon tiene más capas de lo que doce años de serie habían dejado ver.

Los brûleurs, la geografía y lo que Francia hace que Georgia no puede

El argumento visual de esta temporada se sostiene en una premisa sencilla: la Europa apocalíptica tiene un aspecto diferente al de la América apocalíptica, y esa diferencia importa narrativamente. Los pueblos del interior francés, las catacumbas de París, el Louvre vacío —presencias que la serie utiliza con más respeto que ostentación— construyen un ambiente que tira más del gótico europeo que de la carretera americana, y ese cambio de registro beneficia a una historia que tiene más de búsqueda medieval que de road movie. La fotografía da un salto apreciable respecto a todo lo producido anteriormente dentro del universo: hay composiciones que tienen la paciencia y la deliberación de algo rodado con ambición real, y los exteriores franceses proporcionan una escala y una textura que los decorados de Georgia llevaban años sin poder ofrecer.

Los brûleurs —los caminantes locales, que sangran y escupen ácido corrosivo a diferencia de sus equivalentes americanos— son la variante más interesante que la franquicia había introducido desde hacía tiempo, aunque la temporada no termina de explotar todo su potencial dramático. Quedan más como premisa que como desarrollo: su origen biológico se menciona, su comportamiento se establece en los primeros episodios, y luego la serie los trata como elemento de fondo más que como amenaza central. Es una decisión que frustra a parte de la audiencia y que tiene sentido si se asume que la temporada está más interesada en sus personajes que en su mitología zombie, pero es también un caso de apetito levantado y no del todo satisfecho.

Genet, el ritmo y lo que la primera temporada deja pendiente

La primera temporada de Daryl Dixon tiene un problema de villana. Genet —el personaje interpretado por Anne Charrier, líder de un movimiento cuasi-militar de orientación fascistoide que quiere controlar Europa post-apocalíptica y que tiene sus propios planes para Laurent— es funcional como antagonista y subdesarrollada como personaje. Tiene presencia, tiene recursos, tiene motivaciones que la serie esboza sin tomarse el trabajo de construir. En una temporada donde el resto del reparto principal recibe tratamiento de alta intensidad, Genet es la pieza que no termina de encajar con la misma calidad que el resto: más arquetipo que individuo, más obstáculo que fuerza narrativa con lógica propia.

El ritmo de los primeros episodios acusa también el peso de un piloto que tiene que establecer demasiadas cosas en demasiado poco tiempo: cómo llegó Daryl a Francia, quién es Isabelle, qué es Laurent, qué quiere Genet, qué son los brûleurs, cómo funciona esta versión de Europa. La serie tarda tres episodios en encontrar la cadencia que necesita, y durante esos tres episodios hay momentos que se sienten como manual de instrucciones más que como narrativa. Cuando el engranaje empieza a girar, sin embargo, la segunda mitad de la temporada tiene una consistencia que justifica la espera: el quinto episodio —centrado casi en su totalidad en el pasado de Isabelle y en su relación con Paris antes del apocalipsis— es la mejor hora que la franquicia Walking Dead había producido en muchos años, y el final de temporada cierra el arco de la manera más honesta posible: resolviendo lo que había prometido resolver y dejando abierto exactamente lo que tiene que quedar abierto para que haya razones reales para volver.