Juego, set y cine: Las películas de tenis que conquistaron la gran pantalla
El estreno de The Dink en Apple TV+, con un ex tenista frustrado que tiene que aprender píckleball para seguir funcionando en el mundo, no es solo el debut del deporte más viral de los últimos años en el cine popular: es la incorporación más reciente a una genealogía que tiene setenta y cinco años de antigüedad y que el cine anglosajón y el español han explorado con herramientas muy distintas y resultados igualmente sólidos. En 1951, Alfred Hitchcock eligió a un tenista profesional como protagonista de Extraños en un tren no porque el deporte le interesara especialmente sino porque el tenis hace algo que Hitchcock necesitaba que hiciera su personaje: lo expone. El tenista profesional es alguien cuya vida pública ocurre en una pista donde todo el mundo puede verlo. No hay sombras, no hay equipo detrás que absorba la atención, no hay multitud donde esconderse. La pista de raqueta es el único espacio del deporte moderno donde la exposición es total, el duelo es individual y el silencio entre un punto y el siguiente puede durar lo suficiente como para que un personaje piense algo que el espectador puede ver en su cara. Hitchcock lo vio en 1951. Luca Guadagnino lo vio en 2024. Diego San José lo vio en 2025 con una raqueta de bádminton. El instrumento cambia. El mecanismo es el mismo.

La pista como arena
Lo que distingue al deporte de raqueta de prácticamente todos los demás como materia cinematográfica es su estructura de combate singular. El fútbol puede prescindir de cualquier jugador en cualquier momento porque el equipo lo absorbe; el baloncesto puede convertir a un jugador mediocre en campeón si el resto funciona; el béisbol tiene suficiente tiempo muerto como para que un personaje desaparezca de la narrativa durante el ochenta por ciento del metraje. El tenis —y el bádminton, y ahora el píckleball— no tiene esas salidas. En la pista solo hay dos personas, o cuatro, y cada punto es un intercambio de responsabilidades que ninguna de ellas puede delegar en nadie. Esa estructura es dramáticamente perfecta: coloca a los personajes en el escenario más desnudo que el deporte ofrece y los obliga a resolver en tiempo real lo que fuera de la pista llevan episodios o años evitando. El cine lo entendió muy rápido. La cámara que sigue la pelota de un lado a otro de la red es la cámara que sigue la mirada de un personaje al otro mientras los dos fingen que están hablando de tenis. El deporte de raqueta es, en su versión cinematográfica más interesante, siempre una conversación sobre algo distinto de lo que parece.

La raqueta del deseo
La película que lleva ese mecanismo más lejos —y probablemente la más importante de las que han aparecido con una raqueta en los últimos veinte años— es Rivales (Challengers, 2024), de Luca Guadagnino. Tashi Duncan —Zendaya, en la actuación más precisa de su carrera— es una ex tenista retirada por lesión que ahora entrena a su marido Art (Mike Faist) mientras Patrick (Josh O’Connor), el hombre con el que tuvo su primera relación y el amigo al que Art lleva años sin ver, aparece de nuevo en el circuito menor. La película utiliza el tenis no como escenario donde ocurre el drama sino como el lenguaje en el que el drama se expresa: el intercambio de golpes es el intercambio de poder entre los tres personajes, el punto es la decisión que ninguno de ellos puede tomar fuera de la pista, y la estructura no lineal del montaje convierte cada partido en un palimpsesto donde el pasado y el presente se solapan con la misma lógica con la que los tres se han solapado durante una década. Guadagnino usó la raqueta para hacer la película de deseo más física del año, y la física en cuestión no es la del deporte sino la de los cuerpos que el deporte conecta y separa. Match Point (2005), de Woody Allen, es el reverso más oscuro de esa misma moneda: Chris Wilton —Jonathan Rhys Meyers— es un ex tenista de nivel medio que usa sus habilidades como profesor en un club de élite londinense para acceder a una clase social que no le pertenece por nacimiento, casa con la mujer adecuada, y empieza una aventura con Nola (Scarlett Johansson) que termina en un asesinato cometido para proteger la posición que el tenis le ha abierto. En Match Point, la raqueta no es el arma del crimen sino la llave de la puerta equivocada: el instrumento con el que alguien sin clase entra en un mundo donde la clase lo es todo, y donde las consecuencias de no pertenecer del todo son, en la visión de Allen, literalmente mortales. Wimbledon: El amor está en juego (2004) ocupa el extremo más luminoso del mismo espectro: Paul Bettany como un tenista británico en declive que recibe un wild card para su último Wimbledon y se enamora de la estrella americana Kirsten Dunst. La película no tiene las ambiciones de Guadagnino ni la frialdad de Allen, pero usa Wimbledon —el torneo más cargado de simbolismo de clase del deporte— con suficiente ironía como para que el romance y la pista funcionen a la par: el protagonista gana en la cancha lo mismo que en la vida, y ambas victorias son igualmente improbables e igualmente necesarias para que la película tenga su sentido.

La leyenda y sus tres retratos
El cine biográfico de tenis ha producido en los últimos diez años tres películas sobre figuras reales que en realidad son tres películas sobre cosas completamente distintas. Borg/McEnroe (2017) —Sverrir Gudnason como Borg, Shia LaBeouf como McEnroe— es la más pura en su propósito: la final de Wimbledon de 1980 entre el sueco imperturbable y el americano volcánico como el duelo entre dos formas de ser un genio que no pueden coexistir en el mismo espacio sin destruirse mutuamente. La película no toma partido —entiende que el interés del enfrentamiento reside precisamente en que los dos tienen razón, en que el control absoluto de Borg y la rabia liberada de McEnroe son dos respuestas igualmente válidas e igualmente insostenibles a la presión de ser el mejor jugador del mundo— y la pista de Wimbledon es el único lugar donde ese argumento puede hacerse visible. La batalla de los sexos (Battle of the Sexes, 2017) —Emma Stone como Billie Jean King, Steve Carell como Bobby Riggs— convierte la pista en teatro político: el partido de 1973 entre la figura más importante del feminismo deportivo de su generación y el autoproclamado campeón del machismo fue, antes que un partido de tenis, un debate sobre quién podía hacer qué en un deporte que llevaba décadas tratando a las mujeres como una categoría menor. Stone lleva el peso dramático de una película que sabe que la pista es el escenario donde un argumento de décadas se resuelve en dos horas. El método Williams (King Richard, 2021) —Will Smith en el papel que le dio el Óscar— es, de las tres, la que menos habla del tenis y la que más habla de lo que el tenis puede hacer por alguien que lo necesita de verdad: Richard Williams, el padre que entrenó a Venus y Serena desde Compton con un plan escrito en papel antes de que ninguna de las dos supiera agarrar una raqueta, es un personaje cuya ambición el film examina sin resolver del todo la ambigüedad moral que rodea a un hombre que convierte a sus hijas en el proyecto de su vida. El tenis en El método Williams no es el deporte donde los personajes se revelan: es el vehículo de una ascensión social que la película retrata con la consciencia de que no hay otra manera de contar esa historia en el contexto americano, donde el deporte es la única escalera que la sociedad le ofrece a ciertas personas.

España y la raqueta más allá del tenis
La aportación española más interesante a esta tradición llega en 2025 en Movistar Plus+ con Yakarta, y lo hace con un instrumento que nadie esperaba: una raqueta de bádminton. Joserra (Javier Cámara), un profesor de educación física con la vida personal en ruinas, y Mar (Carla Quílez), una adolescente con un talento que nadie a su alrededor entiende del todo, comparten el objetivo de llegar a Jakarta —los Mundiales de bádminton— y el proceso de intentarlo convierte la serie de seis episodios creada por Diego San José y dirigida en su mayor parte por Elena Trapé en la ficción deportiva española más incómoda y más honesta de los últimos años. Yakarta no usa la raqueta como metáfora de otra cosa: la raqueta es la cosa. El bádminton es el espacio donde Joserra y Mar son lo que no pueden ser en ningún otro sitio, y la serie tiene la valentía de mantener ese espacio como el único lugar genuinamente limpio de una historia en la que todo lo demás está contaminado de tragedia y de silencio. Cámara hace en Yakarta el trabajo más austero y más exigente de su carrera televisiva, y Carla Quílez sostiene un personaje de una complejidad que la serie no suaviza en ningún momento. Que sea una serie de bádminton la que ha producido la ficción deportiva más grave de la televisión española reciente dice algo sobre lo que el deporte de raqueta puede hacer cuando nadie lo está usando para hablar de otra cosa.

El píckleball y la democratización de la pista
La llegada del píckleball al cine popular —vía The Dink y el ex tenista frustrado que tiene que aprender a moverse en una pista más pequeña con una raqueta más pequeña y sin la gloria de ninguna de las dos cosas anteriores— no es un accidente del calendario ni una apuesta oportunista sobre el deporte de moda. Es la siguiente fase lógica de una tradición que el cine de raqueta ha construido durante setenta y cinco años sobre la premisa de que la pista expone a los personajes. Lo que el píckleball añade a esa tradición es el componente de la accesibilidad: a diferencia del tenis, que en su versión cinematográfica ha sido sistemáticamente el deporte de los clubes de élite de Londres (en Match Point), de Wimbledon (en todas las demás), de la ascensión social (en El método Williams), el píckleball no tiene esas asociaciones. Es el deporte que juegan los jubilados en los parques comunitarios de Florida, el que se puede aprender en un fin de semana, el que no requiere años de entrenamiento ni acceso a instalaciones privadas. Que el protagonista de The Dink sea un hombre que no pudo ser lo suficientemente bueno en el deporte de la clase alta y tiene que encontrar su sitio en el deporte de todos es, más que una comedia deportiva, el resumen más honesto de lo que la raqueta lleva setenta y cinco años haciendo en pantalla: colocando a sus personajes en la pista y esperando a que no tengan más remedio que ser lo que son.





