Joëlle Jones dibuja a Selina Kyle mejor que nadie ha conseguido hacerlo: Catwoman Vol. 1: Copycats

Cuando DC decidió que la temporada de Tom King en Batman daría a Selina Kyle su propio volumen en solitario —el quinto de una historia editorial tan larga que los reinician con la frecuencia con que se cambia el papel de las paredes—, la elección de Joëlle Jones como creadora responsable era, en teoría, la más lógica del mundo: Jones llevaba años firmando las portadas del personaje con una seguridad visual que ponía en evidencia a la mayoría de los dibujantes que ilustraban el interior. Que asumiera también el guion era una apuesta mayor, de esa clase que Hollywood llama «doble riesgo» y los cómics suelen llamar «carrera artística entera en juego». Catwoman: Copycats recoge los seis primeros números de ese experimento y su balance es el de un debut que tiene más talento del que sabe cómo usar: extraordinario en lo que Jones domina con los ojos cerrados, errático en lo que todavía estaba aprendiendo a construir.

Villa Hermosa o cómo edificar una ciudad para una mujer que huye

La decisión argumental más inteligente del arco es también la más sencilla: sacar a Selina de Gotham. La boda con Bruce Wayne que no llegó a celebrarse —uno de los eventos editoriales más comentados de ese año— deja a Selina técnicamente libre y emocionalmente destruida, y Jones la instala en Villa Hermosa, una ciudad costera de ficción que funciona como Gotham con más sol y menos murciélagos: el mismo sustrato de corrupción política y crimen organizado, la misma noche como campo de acción, pero sin el peso del luto eterno que impregna Gotham hasta los cimientos. La primera entrega construye la presentación con tres líneas narrativas simultáneas —una persecución en los tejados, una entrevista política, una noche en el casino— que producen una desorientación deliberada: «Solo recibo estática», anuncia la narración en primera persona de Selina. No es un truco retórico. Es el diagnóstico de alguien que ha saltado de un altar y todavía no ha aterrizado. Jones no dedica demasiado tiempo a elaborar el duelo —y eso es uno de los reproches legítimos que puede hacerse al tomo—, pero sí construye a partir de él una Selina que se mueve por Villa Hermosa con la energía de quien necesita no pensar en lo que dejó atrás, y esa tensión entre la competencia de depredadora y el desorden interior funciona mejor de lo que el guion a veces merece.

Raina Creel y las dobles que desaparecen sin despedirse

La antagonista del arco es Raina Creel, la primera dama de Villa Hermosa, y la mejor idea que tiene el tomo es también la que mejor dibuja Jones: Raina se quita literalmente la cara en una secuencia de presentación que convierte el gimmick de la política de imagen en horror corporal, y el efecto es lo más memorable del volumen. Creel controla la ciudad desde detrás de su marido —al que eliminará cuando deje de serle útil—, maneja a sus hijos como piezas de ajedrez y usa a la hermana de Selina, Maggie, como palanca de presión. Es el tipo de villana que merece más páginas de las que recibe. El problema central de Copycats —y que explica su título— es otro: varias mujeres son contratadas para suplantar a Catwoman en la ciudad, cometiendo robos con su identidad, y esa es la premisa que da nombre al tomo. El inconveniente es que dicha premisa se abandona antes de que el arco concluya, sin resolución ni explicación, como si el guion se hubiera distraído con otra cosa y olvidado volver. El resultado es una historia en la que las apuestas nunca terminan de establecerse —Selina sale airosa de cada obstáculo con una facilidad que neutraliza la tensión— y en la que el elemento que debería ser la columna vertebral se convierte en un callejón sin salida. Raina Creel sobrevive al arco. Las copias de Catwoman, narrativamente, no.

El lápiz manda, el guion aprende

Lo que salva Copycats de sí mismo es lo que cualquier lector que abra el tomo verá antes de leer una sola palabra: el trabajo gráfico de Jones es de una sofisticación que muy pocos dibujantes de superhéroes mainstream pueden reclamar. Hay una sensibilidad de mediados del siglo XX en sus líneas —algo entre el diseño de moda y la ilustración de novela negra— que convierte cada página en una declaración de intenciones, y la colorista Laura Allred añade una temperatura cromática que endurece el conjunto sin renunciar a la elegancia. Jones dibuja a Selina como una mujer que ocupa el espacio con intención, no como un objeto de voyerismo, y eso no es tan habitual en la historia del personaje como debería ser. El problema gráfico del tomo llega con los números en que Fernando Blanco cubre las ausencias de Jones: su estilo, perfectamente competente en otro contexto, produce una fricción visual que recuerda al lector que está ante una producción industrial sujeta a plazos. En conjunto, Catwoman: Copycats funciona mejor como manifiesto de lo que Jones quiere hacer con el personaje que como historia completamente resuelta: el tono está, el escenario está, la protagonista está. Lo que falta es la confianza narrativa que Jones todavía estaba construyendo cuando salió el número uno. La promesa es evidente. La entrega, incompleta.