¿Puede una serie sobrevivir sin su dibujante estrella?: Catwoman Vol. 2: Far From Gotham
El primer volumen de la etapa de Joëlle Jones con Catwoman estableció algo que pocas series del universo DC consiguen en sus primeros números: una identidad visual tan específica que el estilo de la autora y la personalidad de Selina Kyle parecían la misma cosa expresada en dos lenguajes distintos. Jones dibujaba Villa Hermosa —la ciudad californiana a la que Selina huye después de dejar a Bruce Wayne en el altar— como un lugar donde el lujo y la decadencia comparten código postal, y dibujaba a Selina moviéndose por ese espacio con una economía de línea que hacía que cada página se leyera como una página de cómic y se viera como un cartel. Far From Gotham, el segundo volumen, recoge los números 7 al 13 más el Annual #1, y llega con la pregunta central que ya plantea el número de apertura: ¿qué pasa con esa identidad cuando la persona que la inventó ya no puede dibujar todo lo que escribe?

El Pingüino como pretexto, Raina Creel como amenaza y el artefacto como eje de una trama que tiene más capas de las que necesita
Jones construye el arco de este volumen sobre una arquitectura de tres plantas que no siempre comunican bien entre sí. En la planta baja está el Pingüino: Oswald Cobblepot llega a Villa Hermosa con información comprometedora sobre el pasado de Selina en Gotham y con una propuesta que la obliga a moverse —hay un artefacto de poder sobrenatural relacionado con la resurrección de los muertos, y Cobblepot quiere su parte. El Pingüino funciona bien como catalizador narrativo y peor como personaje: aparece con suficiente presencia para justificar su papel en los primeros números y luego desaparece con una celeridad que hace que su función se limite a haber empujado a Selina hacia donde la historia necesitaba que estuviera. En la segunda planta está el artefacto en sí: la idea de un objeto capaz de devolver la vida a los muertos introduce en la serie un registro de horror sobrenatural que Jones explota con desigual fortuna —hay secuencias de no-muertos que generan tensión genuina y hay relleno de persecuciones y combates que el guion no necesitaba para contar lo que tenía que contar. Y en la tercera planta está Raina Creel, la villana que sobrevive y evoluciona desde el volumen anterior, desfigurada y más peligrosa que antes, con la motivación de una madre que quiere usar el artefacto para recuperar a su hijo muerto. Creel es el personaje más interesante de un libro que lleva el nombre de otra, y lo es precisamente porque Jones no la trata como antagonista de trámite: la escribe con la lógica interna de alguien que ha llegado hasta ahí a través de una serie de decisiones que desde dentro tienen todo el sentido, y el resultado es una villana cuya crueldad es inseparable de su dolor, lo cual es algo que el universo DC no siempre sabe hacer.

La soledad del guionista sin su lápiz: lo que se pierde cuando Joëlle Jones escribe lo que otros dibujan
El problema más visible de Far From Gotham no es narrativo sino técnico, y es el tipo de problema que el lector identifica en las primeras páginas del número 7 aunque tarde un poco más en articular por qué le molesta. Joëlle Jones cede los interiores a Elena Casagrande para la mayor parte del arco, con intervenciones adicionales de Fernando Blanco, John Timms, Hugo Petrus y Scott Godlewski. Ninguno de estos artistas es un mal dibujante: Casagrande tiene control del espacio y de la figura, Blanco trabaja con una limpieza que en ciertos momentos recuerda a lo mejor del cómic de superhéroes clásico, y Timms maneja bien la acción. Lo que ninguno puede replicar es la especificidad de la mirada de Jones: la manera en que encuadraba a Selina, la textura que daba a los interiores de Villa Hermosa, la forma en que el dibujo y el tono se sostenían mutuamente. Cuando cambia el artista cambia también el registro emocional de la página, y cuando ese cambio ocurre varias veces en el mismo volumen —y a veces dentro del mismo número— el efecto acumulado es el de una serie que ha perdido el hilo de sí misma sin que nadie lo haya decidido explícitamente. El problema se agudiza con Raina Creel: una villana que Jones definió visualmente en el primer volumen con una presencia física muy específica, y que en manos de artistas distintos varía de número a número hasta el punto de que la coherencia del personaje depende más del trabajo de Jones como guionista que del diseño visual que ella misma había establecido.

El Annual de Ram V: lo que aporta una historia bien construida que no tiene prisa por pertenecer al libro en el que aparece
El Annual #1 incluido en este recopilatorio funciona según una lógica diferente a la del arco principal y es, en algunos aspectos, la parte más lograda del volumen. Jones escribe una historia narrada a través de testimonios grabados en vídeo: Selina entrena a un grupo de mujeres en las técnicas del robo y juntas planean hacerse con una lanza antigua cuyo dueño resulta ser el Hombre Inmortal, un personaje del universo DC con presencia esporádica que aquí actúa como villano de una sola noche. El formato fragmentado de los testimonios le da a la historia una distancia que funciona bien para el tipo de material que Jones maneja —hay humor negro, hay traición implícita, hay una cameo de Lois Lane y Superman que en otro contexto sonaría forzado y que aquí se integra con más naturalidad de la esperada— y la conclusión tiene la coherencia de un corto de género bien ejecutado. El problema, como en el número de Ram V dentro del arco principal, es que el Annual no tiene urgencia por pertenecer al libro que lo contiene: es una historia de Catwoman que podría haber ocurrido en cualquier punto de cualquier etapa del personaje, y su inclusión aquí responde más a la lógica del recopilatorio que a una decisión editorial sobre dónde encaja mejor. Eso no lo hace peor como historia. Lo hace un poco ajeno al conjunto.

Far From Gotham es un segundo volumen que no termina de resolver la tensión entre lo que Jones quería construir —una etapa larga y coherente con Villa Hermosa como escenario propio y Raina Creel como villana de largo recorrido— y las limitaciones de producción que fragmentan la ejecución de esa visión. El arco concluye, los cabos principales quedan atados y la serie puede seguir hacia adelante. Lo que no puede recuperarse completamente es la impresión del primer volumen de estar ante algo con identidad propia: ese trabajo ya estaba hecho, y este segundo tomo lo administra con más cuidado del que resulta visible a primera lectura.





