Lo que acecha entre Año Uno y El largo Halloween: Batman and the Monster Men

El catálogo de historias ambientadas en los primeros años de Batman es uno de los territorios más transitados del cómic de superhéroes y también uno de los más difíciles de habitar sin que el peso de sus referentes aplaste lo que uno intenta construir. Batman: Año Uno de Frank Miller está ahí, inamovible, como la piedra angular de cualquier aproximación al Batman en sus comienzos; El largo Halloween de Jeph Loeb y Tim Sale funciona como su continuación natural; entre los dos queda un espacio que pocos se habían molestado en explorar con la atención que merece. Matt Wagner, que lleva décadas trabajando en los márgenes del cómic de autor y el mainstream con igual comodidad, encontró ese espacio y decidió llenarlo con algo deliberadamente clásico: Batman and the Monster Men (2006), seis números que adaptan la primera aparición de Hugo Strange —publicada originalmente en 1940, antes incluso del Joker— y devuelven a Julie Madison, el amor de juventud de Bruce Wayne, a una continuidad que llevaba décadas ignorándola. El resultado es la primera parte de la díptico Dark Moon Rising, que concluye en Batman and the Mad Monk, y se lee como lo que claramente es: el capítulo que faltaba, escrito por alguien que sabe exactamente por qué faltaba y no siempre tiene claro si eso es suficiente razón para que exista.

Wagner como artista y el Batman que aún no se ha roto

La primera decisión que define el tono de la serie es visual, y conviene entenderla antes que cualquier otra cosa: Wagner dibuja con una línea limpia, casi de animación, que evoca deliberadamente la Batman: The Animated Series de los noventa más que la dureza expresionista de Miller o el horror de acuarela de Tim Sale. Es una elección que tiene más coherencia de lo que parece a primera vista. Este Batman tiene dos años de carrera, todavía conduce un vehículo que parece diseñado por alguien con sentido de la teatralidad antes que por un ingeniero militar, y aún conserva algo que perderá conforme avancen las décadas de continuidad: un optimismo funcional. La paleta de Dave Stewart, que aplica azules y ocres con una lógica noir sin caer en el maximalismo dramático, refuerza esa sensación de Gotham como ciudad con memoria de ciudad real antes de convertirse en el escenario de opera que será después. La crítica al estilo de Wagner como insuficientemente ambicioso confunde la elección con la limitación: la inconsistencia sí existe —hay páginas en que la anatomía flojea y paneles donde la composición resulta demasiado convencional—, pero la dirección de arte es correcta para lo que la historia necesita. Lo que se echa de menos no es más garra sino más sorpresa: la serie se ve bien de manera predecible, y eso en seis números acaba pesando.

Hugo Strange y el primer villano de la historia

La razón más sólida para que Batman and the Monster Men exista es Hugo Strange, y Wagner lo sabe. Strange es el primer antagonista de la historia de Batman —aparece en 1940, cuando el personaje apenas tiene un año de vida—, un científico obsesionado que aquí financia sus experimentos con Arkham transformando pacientes en gigantes deformes a cambio del dinero del crimen organizado de Sal Maroni. Lo que Wagner entiende sobre Strange, y que define la mejor parte del volumen, es que su función no es la del villano al uso sino la del espejo distorsionado: también ha sido moldeado por el trauma, también cree que Gotham necesita ser limpiada, también ha construido una identidad completa alrededor de esa convicción. La diferencia, y es una diferencia que el libro subraya con más sutileza de la que se le suele reconocer, es que Strange ha abandonado toda pretensión de límite moral mientras que Batman todavía los está negociando. La obsesión de Strange por el cuerpo de Batman —su fascinación con lo que físicamente representa el vigilante— añade una dimensión de horror clínico que encaja bien con el registro monster-movie del arco. El problema es que seis números no son suficientes para que Strange alcance la profundidad que la premisa promete: funciona como amenaza y como concepto, pero queda más trazado que construido, y la sensación de que Wagner guardó munición para el Mad Monk resulta perceptible.

Julie Madison y el puente que casi llega a los dos lados

La otra recuperación del Golden Age que Wagner intenta es Julie Madison —la novia de Bruce Wayne original, desaparecida de la continuidad desde 1941—, aquí reimaginada como estudiante de derecho en lugar de actriz, lo cual la moderniza sin terminar de darle espesor. Es la decisión que más divide la lectura del volumen: por un lado, Wagner tiene el acierto de mostrar a un Bruce Wayne que genuinamente la quiere y que considera comprometer sus principios para proteger a su familia política de la amenaza de Maroni; por otro, Julie como personaje no termina de funcionar más allá de su utilidad narrativa como prueba de que Batman tiene algo que perder. La crítica más justa es que se le exige cargar con demasiado significado emocional con demasiado poco espacio para construirlo. El volumen funciona mejor en sus dimensiones más mecánicas —la investigación, la arquitectura del crimen organizado, la relación de Gordon con un Batman al que está aprendiendo a no perseguir— que en la íntima, y eso es un desequilibrio que no se resuelve en los seis números. Lo que Batman and the Monster Men logra con más consistencia es su función de puente: el lector que venga de Año Uno encontrará aquí la transición natural a un Gotham donde lo sobrenatural empieza a filtrarse en el noir, y el que vaya hacia El largo Halloween leerá el volumen como el capítulo que explica por qué Gotham estaba lista para lo que viene. Esa utilidad no es menor. Tampoco es suficiente para ignorar que estás leyendo un libro cuya principal virtud es la de encajar perfectamente entre dos libros mejores.