‘Verity (La sombra de un engaño)’, Hathaway sostiene lo que Showalter no termina de construir

La novela de Colleen Hoover publicada en 2018 funcionó por la misma razón que funcionan los mejores thrillers: no porque engañara al lector sino porque le daba a su imaginación exactamente el espacio necesario para autoengañarse. Verity es un libro que termina con dos versiones irreconciliables de los mismos hechos y que le entrega al lector la responsabilidad de elegir cuál es verdad, o si ambas lo son. Adaptar eso al cine es un problema estructural antes que narrativo: el medio exige mostrar, y mostrar colapsa la ambigüedad que el libro cultivaba. La película de Michael Showalter para Amazon MGM Studios tiene cuarenta millones de dólares de presupuesto, un trío protagonista que sobre el papel funciona, y un guion de Nick Antosca que llegó a las cámaras después de pasar por al menos cuatro escritores distintos antes que él —señal, antes del primer fotograma, de que el camino hasta aquí no fue sencillo. Lo que queda es un thriller psicológico con una actuación extraordinaria en su centro, rodeada de una película que no termina de saber cuánto frío quiere hacer.

Verity Crawford y la película que no puede mostrarte

La paradoja central de Verity como película es que su mejor actriz interpreta al personaje que pasa la mayor parte del metraje incapacitado, inmóvil o en flashback. Anne Hathaway es Verity Crawford: autora superventas que sufrió un accidente, que está en la casa familiar como una presencia que no puede moverse ni hablar, y cuya historia llega al espectador a través de los documentos que encuentra Lowen y de los fragmentos del pasado que el montaje intercala. El problema es que en esos fragmentos —en la Verity activa, la anterior al accidente, la que sí puede hablar y moverse y elegir— Hathaway hace lo que solo los actores con un dominio físico excepcional pueden hacer: convertir la frialdad en algo seductor antes de que sepas si deberías temerle. Cada escena en que aparece tiene una temperatura distinta al resto de la película. Cuando no está, la película se nota más fría en el mal sentido —no el frío de un thriller bien calibrado sino el frío de un espacio que no sabe muy bien qué temperatura quiere mantener.

Hathaway también produjo la película, lo que significa que comprendió lo que tenía el material y tomó la decisión correcta. El problema es que la estructura narrativa obliga a que Verity sea el enigma y no la protagonista, y que el protagonismo le corresponda a Lowen, la escritora contratada para terminar los libros de Verity, cuya perspectiva es la que organiza el relato. Ese reparto de peso dramático entre el personaje fascinante y el personaje funcional es lo más difícil de equilibrar en este tipo de thriller, y la película no termina de resolverlo.

Lowen, el triángulo y lo que el guion hizo con la novela

Dakota Johnson no está mal. El problema es que el papel de Lowen Ashleigh, tal como está escrito en esta adaptación, no le pide nada que exija que esté bien: es una protagonista reactiva, definida por lo que descubre sobre Verity y por lo que siente por Jeremy Crawford —Josh Hartnett, el marido, solvente y previsible en un rol que sus apariciones recientes han vuelto familiar hasta el punto de que los giros que le depara el guion no sorprenden lo suficiente—, y esa reactividad deja a la actriz sin material para hacer lo que podría. Lo que la novela hacía con la relación entre Lowen y Verity era construir una identificación: dos mujeres que escriben historias oscuras, una de las cuales puede haber vivido las suyas, y la pregunta de si Lowen se está reconociendo en Verity o proyectando en ella. La película convierte eso en un triángulo amoroso. La decisión no es incorrecta en términos de mecánica cinematográfica —el amor prohibido da estructura, la rivalidad da tensión— pero sí pierde la capa psicológica que era el argumento más interesante del libro.

El guion de Nick Antosca, que ha demostrado en proyectos anteriores que sabe escribir el horror de la cotidianidad perturbada, llega a pantalla con las marcas de sus predecesores: hay momentos en que la película no parece haber decidido del todo qué escena de cuatro versiones distintas quiso filmar. El primer acto funciona: el setup de Lowen llegando a la mansión de los Crawford, los secretos que empiezan a aparecer, la tensión entre lo que ve y lo que descubre. A partir de la mitad, el thriller empieza a sustituir la incomodidad por el convencionalismo, y los giros que llegan resultan o previsibles o inverosímiles, que es el peor cruce de opciones posibles: no sorprenden y tampoco convencen.

Showalter en el género equivocado y lo que eso produce

Michael Showalter dirigió The Big Sick y Los ojos de Tammy Faye, que son películas de un humanismo genuino, de empatía hacia los personajes incluso cuando hacen cosas difíciles de perdonar. Esa cualidad es su mayor fortaleza en los géneros donde la usó. Verity requiere lo contrario: requiere un director dispuesto a dejar que el espectador no tenga suelo firme bajo los pies, a filmar la crueldad sin el amortiguador de la comprensión, a hacer que la tensión no se alivie nunca del todo porque los personajes que la generan no son recuperables. Cuando la dirección tiene instinto afectivo y el material pide distancia clínica, el desajuste produce el fenómeno que varios espectadores describieron en salas españolas: la risa que aparece donde tendría que haber habido tensión. No porque la película sea mala de forma absoluta sino porque en el espacio entre lo que promete y lo que entrega hay una incongruencia que el cerebro del espectador procesa como comedia involuntaria.

Volker Bertelmann —el compositor de Sin novedad en el frente— tiene momentos en los que la banda sonora sí construye la atmósfera que la imagen necesita, pero también momentos en que las elecciones musicales desorientan el tono de la escena. Los ciento diecisiete minutos de duración son suficientes para una historia que tuviera claro qué historia está contando; son demasiados para una película que en su segunda mitad empieza a repetir gestos en vez de avanzar. El resultado final es frustrante en el sentido preciso: no un fracaso limpio sino una promesa que se cumple a medias, con una actuación en el centro que pertenecería a una película más ambiciosa que esta, y con la certeza de que el material de Colleen Hoover seguirá esperando al director que sepa qué temperatura tiene que tener el frío que contiene.