‘Sabrina the Teenage Witch’ #1, la magia llega siempre en el peor momento
El personaje tiene sesenta y cuatro años y la serie lo ha reinventado tantas veces que la pregunta ya no es si Sabrina Spellman puede volver a empezar sino en qué registro quiere empezar esta vez. La Sabrina de George Gladir y Dan DeCarlo era comedia de situación dibujada en el estilo Archie: chica entre dos mundos, ninguno de los cuales la acepta del todo, y esa incomodidad como fuente de humor suave y sin consecuencias. La Sabrina que Roberto Aguirre-Sacasa desarrolló a partir de 2014 era otra cosa: horror genuino, mitología oscura, el Señor del Tenebrismo y sus implicaciones, un tono que la serie de Netflix empujó hasta convertir a Sabrina en una protagonista de terror cómico. La nueva serie de Oni Press y Archie Comics —primera entrega este mes de octubre, escritura de Corinna Bechko, arte de Kano— mira todo ese historial y decide que lo que necesita el personaje en 2026 es volver al sitio donde mejor funciona: el humor que nace de intentar ser dos personas a la vez y fallar en las dos simultáneamente. La decisión es la correcta. La ejecución, en este primer número, está a la altura de lo que la decisión prometía.

La Sabrina que Bechko decide construir
La escritora tiene un historial en ciencia ficción especulativa que no predice exactamente esto, pero que explica la claridad filosófica con que entra al personaje. La premisa implícita de Sabrina the Teenage Witch es que la magia es un problema antes que un don: no porque sea oscura sino porque añade carga a una situación —tener dieciséis años, navegar las jerarquías de un instituto, querer que te quieran— que ya tenía carga suficiente sin ella. Bechko no lo enuncia en ningún diálogo; lo construye en la mecánica de la historia, donde cada vez que Sabrina intenta hacer algo normal la naturaleza sobrenatural de su vida lo complica, y la complicación no es épica sino embarazosa. Esa distinción es el corazón del tono: cuando los problemas de Sabrina son cósmicos, la serie se convierte en otra cosa; cuando son simplemente inconvenientes en el peor momento posible, es exactamente lo que tiene que ser.
Lo que Bechko preserva del personaje y lo que actualiza se nota en los detalles. Las tías Hilda y Zelda están presentes con la dinámica que el lector reconoce —una más pragmática, la otra más esotérica— sin que la serie necesite explicarlas desde cero. Salem tiene entidad propia y no es solo el gato-que-habla: tiene agenda, tiene ironía, tiene la clase de relación con Sabrina en la que ninguno confía del todo en el otro y los dos saben exactamente cómo usar esa desconfianza. El instituto y sus rituales sociales importan como telón de fondo real, no como decorado. Y la recién descubierta herencia mágica de Sabrina —que aquí es fresca, todavía inestable, todavía no dominada— le da a la protagonista una curva de aprendizaje que el primer número solo inicia, lo cual es exactamente lo correcto para una primera entrega.

Kano y el lenguaje del cuerpo cuando los cuerpos hacen lo que quieren
El hallazgo visual de este número es la forma en que Kano comunica la comedia a través de la física de los personajes. Sus Sabrinas son expresivas de la manera en que los mejores dibujantes de humor saben hacer: no exagerando los gestos hasta el cartoon sino encontrando el punto exacto en que la emoción desborda la postura, donde lo que el personaje intenta controlar y lo que el cuerpo efectivamente hace no coinciden. La vergüenza se lee en los hombros antes de que nadie la nombre. El sarcasmo de Salem tiene coreografía propia —hay algo en la forma en que el gato ocupa el espacio que comunica desdén sin que sea necesario un globo de diálogo—. Y el trickster que aparece al final del número tiene un diseño que cumple lo que el cliffhanger necesita: lo suficientemente inquietante para que la amenaza sea creíble, lo suficientemente estrafalario para que encaje en el tono de comedia sobrenatural que la serie está construyendo.
Los colores trabajan con el arte en lugar de por encima de él: la paleta para las escenas de Halloween —naranjas y negros saturados, sin llegar al horror de Chilling Adventures— diferencia visualmente el mundo mágico del mundo del instituto sin necesitar carteles que lo indiquen. Kano entiende que Sabrina vive en dos registros y que el lector necesita saber en qué registro está en cada página sin que el diálogo tenga que decírselo.

Halloween como arquitectura y lo que el trickster pone en marcha
Que el primer número transcurra en Halloween no es accidente de calendario aunque también sea eso: es la decisión narrativa más coherente que Bechko podía tomar para una primera entrega. Halloween es cuando la membrana entre lo ordinario y lo sobrenatural se adelgaza en la mitología popular, y Sabrina es, en todos sus formatos, una historia sobre alguien que vive en esa membrana de forma permanente. Situar el debut en la única noche del año en que el resto del mundo imita lo que es la experiencia cotidiana de Sabrina es una manera de decir al lector, sin decírselo, que entiende de qué trata el personaje.
El trickster que Salem deja en su puerta al final del número tiene todo lo que un primer cliffhanger necesita: una amenaza que no es todavía comprensible en su totalidad, una promesa de que el segundo número va a cambiar la dinámica establecida, y la sospecha de que Salem lo sabía antes de actuar y decidió hacerlo de todas formas, que es la clase de jugada que los familiares han estado haciendo con las brujas desde que hay brujas con familiares. El número termina donde debería terminar un primer número: el estatus quo que se estableció en las primeras páginas ya no existe, el lector sabe quién es Sabrina y sabe que lo que viene va a ser un problema para ella, y el problema tiene suficiente forma para ser específico y suficiente vaguedad para seguir siendo curioso. No todos los primeros números de 2026 llegan hasta ahí.





