‘Amazing Spider-Man: Resolute’, cuando el enemigo hereda la máscara
Peter Parker está en el espacio. Alguien tiene que ser Spider-Man. Hasta aquí, la premisa de Resolute —el tercer volumen del relanzamiento de Joe Kelly que recoge los números 11 al 21 del tramo dedicado a Nueva York— suena a dispositivo argumental de relleno, al tipo de historia que Marvel publica cuando su protagonista necesita estar en otra parte y el título no puede permitirse parar. La diferencia es que Kelly no elige al sustituto más cómodo ni al más obvio. Elige a Norman Osborn. El Duende Verde. El hombre que mató a Gwen Stacy. El enemigo más constitutivo de la mitología del personaje. Que ese hombre se ponga el traje azul y rojo y salga a patrullar el vecindario mientras Ben Reilly —el clon, otro fragmento roto del universo Parker— asume la vida civil del original es o la idea más audaz de la etapa o su apuesta más arriesgada. A veces es las dos cosas.

Dos sustitutos, un vacío
La arquitectura del arco es más compleja de lo que la sinopsis revela. No hay un único sustituto: hay dos. Norman Osborn viste el traje y columpia entre rascacielos; Ben Reilly ocupa la identidad civil, los colegas de trabajo, la tía May, los vínculos cotidianos que Peter ha dejado sin cubrir. Dos hombres rotos —uno por sus crímenes, otro por su propia naturaleza de copia— dividiéndose entre sí lo que para Peter Parker es una sola persona. El resultado es que la pregunta que Kelly está haciendo no es quién puede reemplazar a Spider-Man, sino qué es exactamente lo que hace que Spider-Man sea Spider-Man. La respuesta que va construyendo durante los números que recoge este volumen no es sencilla: el traje solo funciona cuando quien lo viste tiene algo que reparar en sí mismo, y Norman Osborn tiene toda una vida de deuda que saldar.

Entra entonces Kintsugi, el nuevo héroe adolescente que Kelly introduce en este tramo. El nombre remite a la técnica japonesa de reparar cerámica rota con oro: lo roto se vuelve visible, y precisamente por eso se vuelve más fuerte y más hermoso. Kelly lo ha diseñado como la versión más esperanzadora y más frágil posible de los ideales de Spider-Man —el tipo que llega con la mejor voluntad del mundo y sin experiencia suficiente para sobrevivir a ella—, y su presencia en medio del conflicto entre el Spider-Slayer, el Goblin-Slayer y una Norman Osborn que aún no ha terminado de entender qué clase de héroe puede ser hace que el volumen tenga, al menos temáticamente, algo genuinamente nuevo que decir sobre la herencia del araña.

Kelly y la arquitectura del miedo
Joe Kelly ha declarado que su etapa entera se estructura alrededor de tres ejes: miedo, identidad y consecuencia emocional. El miedo central de Peter Parker, según el guionista, es perder a quienes quiere. Lo que hace Resolute es explorar qué ocurre cuando ese miedo se materializa de una manera inversa: no perdiendo a los demás, sino siendo él quien desaparece y deja a los demás expuestos. Norman Osborn enfrentándose al Goblin-Slayer —alguien que viene a cobrar exactamente la deuda que el villano pensaba que podía pagar siendo héroe— es la forma más directa que el guion tiene de decir que el pasado no desaparece por el hecho de ponerse un traje diferente. La ironía es que eso es algo que Peter Parker también sabe mejor que nadie.

El apartado visual de este volumen tiene una tensión que el propio material refleja. Pepe Larraz es uno de los mejores dibujantes que trabaja hoy en el cómic de superhéroes, y cuando lleva los pinceles los números tienen una vitalidad y una expresividad que hacen que el espacio en blanco trabaje tan bien como la figura. El problema es que Resolute reparte las tareas entre Larraz, John Romita Jr., Todd Nauck y Patrick Gleason, con transiciones que en ocasiones se producen dentro del mismo número. El resultado no es una colaboración con voces distintas sino una discontinuidad visual que hace el relato más difícil de habitar. En un arco cuyo tema central es la identidad fragmentada, esa irregularidad podría leerse como una decisión formal; la impresión que transmite es más la del calendario de entrega apretado que la de la intención poética.

El potencial que espera ser potencial
La objeción más honesta que puede hacerse a este tercer volumen es que funciona mejor como promesa que como entrega. Kelly construye con planificación y con paciencia —ha declarado que trabaja con guiones abiertos pero con hoja de ruta clara, que no improvisa en títulos de primer nivel—, y eso significa que Resolute es un volumen de acumulación antes que de resolución. Norman Osborn empieza el arco sin saber del todo qué clase de héroe puede ser y lo acaba en una posición parecida, aunque con algunas capas añadidas. El sacrificio que la sinopsis anuncia llega con el peso emocional que Kelly le ha asignado, pero su efecto depende de si el lector ha desarrollado el vínculo necesario con quien lo realiza, y el ritmo quincenal de publicación —que este TPB intenta compensar recogiendo solo la mitad del patrón alterno, los números del tramo Nueva York— hace que esa acumulación afectiva sea desigual.

Hay aquí una etapa que merece más de lo que este volumen puede entregarle a quien lee en formato recopilatorio. Kelly tiene una estructura ambiciosa, Larraz tiene el talento para hacerla memorable y Kintsugi tiene el potencial para convertirse en el mejor añadido al universo araña en años. Resolute es el capítulo que sienta las bases para que eso ocurra. Que tenga que contentarse con ese papel, con ser el escalón antes de la llegada, es su limitación más visible y también su justificación más honesta.





