‘Ghost-Spider’, la Gwen Stacy que vive donde tendría que estar muerta

Gwen Stacy murió en 1973 y esa muerte fue, durante décadas, el acto narrativo más importante que el cómic de Spider-Man había cometido: no porque fuera especialmente innovadora como dispositivo de historia sino porque sus consecuencias fueron permanentes. Peter Parker no la salvó, el puente lo cambió todo, y la culpa de esa noche definió al personaje con una eficiencia que ningún otro trauma ha igualado. Que Marvel llevara años construyendo una Gwen Stacy alternativa —la de Earth-65, la que en su universo era la que tenía poderes arácnidos, la que en el nuestro murió— era ya una apuesta interesante. Que All-New Spider-Gwen: The Ghost-Spider decida transplantar esa Gwen a la continuidad principal de Marvel vía Cubo Cósmico y hacerla vivir precisamente en el mundo donde su homóloga no sobrevivió es una apuesta todavía más interesante, con todos los riesgos que eso conlleva. Stephanie Phillips escribe los diez números que recoge este TPB con la conciencia de que ese peso metaficcional existe y tiene que pagarse o ignorarse; que opte por pagarlo, en el mejor momento del arco, es la razón principal por la que este volumen merece más atención de la que el ruido habitual de relanzamientos mensuales de Marvel permite dedicarle.

La vida que se construye desde el principio

La Gwen que llega a 616 en el primer número no llega sola: su padre George Stacy viene con ella, y la relación entre los dos es el ancla emocional del volumen entero. Phillips establece a George como la figura que Gwen necesita para que este nuevo mundo tenga raíces —el equivalente funcional de Tía May para Peter, alguien que hace que el apartamento tenga luz y que la vida de superhéroe no sea lo único que ocurre entre una viñeta y la siguiente. Gwen forma una banda, patrulla como Ghost-Spider, empieza una relación romántica con Fabian LaMuerto, el hijo del Tarantula Negra, y la serie dedica tiempo real a esa versión civil de su existencia antes de que el primer villano aparezca con sus propias exigencias. Ese orden de prioridades —persona antes que personaje de acción— define el tono de lo mejor que hace Phillips con el material.

Paolo Villanelli, artista principal del volumen, dibuja acción con la energía sincopada del cómic de superhéroes que sabe que la inercia visual importa tanto como la narrativa. La comparación con Frank Miller en su etapa de Daredevil es hiperbólica pero apunta a algo real: hay una calidad urbana y cinética en sus secuencias de movimiento, una manera de construir la persecución o el salto entre edificios que privilegia la sensación de velocidad sobre la claridad espacial estricta, y que en el contexto de una historia de superhéroe de barrio funciona mejor de lo que funcionaría en cualquier otro género. Matt Milla, en la coloración, hace un trabajo discretamente sofisticado: el paleta del día a día de Gwen tiene una calidez que contrasta con las escenas de violencia sin necesidad de subrayar el contraste, y en el número ocho —el mejor del volumen— usa el verde de manera diegética para que el espacio mismo participe del estado mental de la protagonista.

Tantrum, Mysterio y la culpa que no desaparece

La estructura de villanos del arco funciona en dos tiempos. La primera mitad desarrolla a Tantrum, un simbionte consumido por el deseo de venganza que tiene conexión con el historial simbiótico de Gwen, y la amenaza requiere que ella construya equipo: Silk, Miles Morales y Agent Anti-Venom aparecen en una secuencia de Ryker’s Island que tiene como objetivo conseguir gas para neutralizar a las víctimas del simbionte. Phillips maneja bien la dinámica de conjunto —Gwen como líder emergente, los secundarios con presencia propia— aunque el entorno carcelario no rinde todo lo que podría dar: Villanelli dibuja la prisión con competencia pero sin la claustrofobia que el espacio narrativo requería. El Tantrum de la primera mitad cumple su función argumental y tiene su trasfondo, pero la maquinaria de simbionte como metáfora del pasado que vuelve ya había producido versiones más rotundas en otros rincones del universo Marvel.

Lo que ocurre en el segundo tiempo es más interesante. Mysterio aparece como antagonista de la recta final y Phillips lo escribe como un villano de manipulación psicológica antes que de confrontación física —no es el Mysterio de los efectos especiales sino el de la incertidumbre cognitiva, el que plantea la pregunta de si lo que el personaje percibe es real o fabricado. El catalizador de esa espiral es la mejor decisión dramática del volumen: durante una intervención rutinaria, Gwen encadena a un criminal que cae y cuyo cuello se rompe con el impacto. El paralelismo es deliberado y brutal —la misma mecánica que mató a la Gwen Stacy original, ejecutada ahora por ella misma, en el mismo mundo donde ese accidente ocurrió— y la serie tiene la suficiente honestidad para no resolverlo rápido. El número ocho, que explora la parálisis de culpa que sigue al accidente con Mysterio acechando y Norman Osborn apareciendo en los márgenes con su frialdad de siempre, es el punto en que el cómic de superhéroe que podría haber sido All-New Spider-Gwen se convierte en algo más cercano a un thriller psicológico. Ese número justifica el volumen.

Lo que diez números no terminan de resolver

La serie tiene una debilidad estructural que el TPB hace más visible de lo que cada número suelto permitía apreciar: la integración de Gwen en la continuidad 616 genera preguntas que el arco no se detiene a responder. La presencia de Norman Osborn —el hombre responsable de la muerte de la Gwen original, en este universo— en los últimos números carga con una tensión implícita que Phillips tantea pero no desarrolla. Cuánto sabe ese Osborn, qué significa para él que esta Gwen exista, si hay deuda narrativa pendiente entre los dos: son preguntas que el final del número diez aplaza sin cerrar, en parte porque la serie termina aquí de manera precipitada para ese equipo creativo, lo que deja la recta final con el sabor de una conversación interrumpida.

La distancia entre la valoración crítica especializada y la del lector habitual de Marvel en este volumen no es irrelevante: el número tres registró la diferencia más notable entre ambos públicos, lo que sugiere que hay lectores del personaje para quienes algo específico del tono o la dirección no termina de encajar con sus expectativas. All-New Spider-Gwen no es el cómic para quien llega buscando los ritmos del Spider-Verse cinematográfico ni para quien necesita que la continuidad esté perfectamente ordenada. Es el cómic para quien quiere ver a Phillips construir una persona —con banda, con padre, con culpa real, con un arco psicológico que tiene dientes— usando el disfraz de Ghost-Spider como el vehículo más conveniente para llegar hasta ella. Cuando funciona, que es más veces de las que la precipitación de su final permite, funciona bien.