Wonder Woman VS La dictadura: ‘La isla de ratones y hombres’ (números 23 al 28 USA)
Hay algo que Tom King ha demostrado a lo largo de su etapa en Wonder Woman —desde el primer número hasta este cuarto volumen que recoge los números 23 al 28— que no era evidente cuando empezó: que Diana Prince es el personaje ideal para hablar de la contradicción entre principios y actos, entre lo que una sociedad proclama y lo que termina haciendo. La isla de los ratones y los hombres —el título remite a Steinbeck con intención— toma un villano de los años cincuenta, un tipo que controla roedores, y lo convierte en el pretexto para un arco sobre el totalitarismo de pequeña escala, las utopías que se devoran a sí mismas y la amazona que viola las normas que predica para poder seguir siendo la amazona.

El ratón y la utopía
La isla de Moray es una nación fundada por personas que huyeron de la interferencia de los superhéroes. La paradoja es la premisa: gente que quiso construir un mundo sin salvadores acaba bajo el control de Mouse Man, un dictador que regula el lenguaje de sus ciudadanos, fabrica un culto a su propia imagen y llena el territorio de roedores como extensión de su voluntad. King usa el material de Silver Age —el personaje original era una rareza de color pastel, uno de esos villanos de los cincuenta que el cómic de superhéroes ha reciclado con fortuna variable— y lo rescribe desde dentro con una lógica que funciona porque no le pide que deje de ser ridículo: Mouse Man es ridículo y aterrador al mismo tiempo, que es exactamente lo que los dictadores pequeños suelen ser. El componente alegórico es explícito, posiblemente demasiado explícito en algún momento —hay imágenes que invocan directamente la iconografía de ciertos asaltos institucionales recientes—, pero la eficacia narrativa es real. La tesis de fondo no es nueva, pero King la ejecuta con precisión: el instinto humano de crear comunidades separadas del poder acaba generando sus propias estructuras de poder, y esas estructuras tienden a ser más brutas que las que pretendían reemplazar.

El título de Steinbeck no es ornamento: De ratones y hombres es la novela de los sueños aplastados, de los hombres pequeños que no consiguen que sus proyectos sobrevivan al encuentro con la realidad. King transpone esa lógica a un territorio de superhéroes y el resultado es que la isla de Moray, con sus ratones y su dictador de diseño retro, funciona como fábula política antes que como aventura de cómic. Que funcione es mérito de una escritura que nunca olvida que el absurdo es una herramienta, no un defecto.

Diana y la trampa que ella misma tiende
El problema moral del arco —que es donde King es más interesante— no está en Mouse Man sino en Wonder Woman. Diana cruza fronteras internacionales soberanas para investigar la isla, lleva a su hija Trinity a situaciones de combate y actúa con la certeza de quien sabe que tiene razón mientras quebranta exactamente los principios que su figura representa. King ha identificado esto como la contradicción central del personaje: una guerrera que lucha por un mundo en paz, obligada a emplear la violencia para sostener sus ideales, condenada a fallar ante sus propios estándares cada vez que tiene éxito.

Daniel Sampere, que ha sido el cómplice visual de esta etapa desde el principio, toma una decisión formal que amplifica ese subtexto: Diana aparece casi siempre compuesta, serena incluso en el fragor del combate. La calma no es indiferencia sino la máscara de quien lleva el peso del arco sin que nadie más lo vea. Cuando esa compostura se rompe, el efecto es de una contundencia que la pantomima habitual del género no conseguiría. Tomeu Morey, como colorista, sostiene esa lectura con una paleta que distingue los registros del relato —la calidez agresiva de los interiores de Moray, la frialdad aséptica de los momentos de reflexión— sin que la transición resulte mecánica.

Trinity, la hija de Diana, sigue siendo el personaje más arriesgado de esta etapa. King la escribe con una arrogancia juvenil que en este volumen empieza a fisurarse: hay algo detrás de la seguridad exagerada que el guion permite adivinar antes de nombrarlo, y Sampere lo traduce en lenguaje corporal con el tipo de precisión que diferencia a un narrador visual de un ilustrador.

El problema de las páginas prestadas
La objeción más seria que puede hacerse a este cuarto volumen no es de King ni de Sampere: es estructural. El recopilatorio incluye dos números de relleno firmados por otra guionista, con un equipo artístico diferente, intercalados en el arco principal. Son páginas inferiores en casi todos los parámetros —el diálogo repite donde King condensa, la puesta en página acumula donde Sampere economiza— y su presencia en el TPB perjudica la experiencia de lectura de una manera que no afecta a quienes siguieron la serie número a número pero sí a quien se acerca al volumen como unidad. Es una práctica habitual en el cómic de superhéroes de publicación mensual, y sigue siendo un problema habitual en los recopilatorios que se venden como obra coherente.

Con esa salvedad señalada, el arco de King cierra con la solvencia que el inicio prometía. El número 28 funciona al mismo tiempo como cierre del arco de Mouse Man y como apertura hacia el siguiente movimiento: la Matriarca, la nueva amenaza cuya presencia en los últimos compases del volumen es más insinuación que revelación. King, que en algún momento concibió esta etapa como un proyecto de cien números y la está cerrando antes de llegar a la mitad, trabaja con la conciencia de quien sabe que el tiempo es más escaso de lo previsto. El resultado es una narración que aprieta donde otros estiramientos habrían diluido. La isla de los ratones y los hombres no es el mejor volumen de esta etapa, pero sí el que confirma que la ambición del conjunto sigue siendo real.





