‘Ultimate Iron Man’, cuando la mejor armadura de Marvel se deshace con agua y jabón

En 2005, Marvel decidió que la mejor manera de reimaginar el origen de Tony Stark para el universo Ultimate era contratar a Orson Scott Card: el autor de El juego de Ender, ganador del Hugo y el Nébula, novelista de ciencia ficción de primera división que nunca había escrito un cómic. La lógica era impecable sobre el papel —Iron Man es, en el fondo, un personaje de ciencia ficción más que de superhéroes, y traer a alguien que sabe construir ciencia ficción de verdad podía producir algo que los guionistas de cómic habituales no habrían pensado. Y en parte funcionó: Card hizo algo con ese origen que nadie había hecho antes. El problema, que tarda cuatro o cinco números en volverse imposible de ignorar, es que construyó la mitad de una gran historia.

La armadura de bacterias y el niño que siente demasiado

Lo que Card trae al origen de Tony Stark es el rigor de quien lleva décadas pensando cómo funciona la biología imposible. El accidente que define a Tony Stark no es la metralla en el corazón de la versión clásica: es mucho más extraño, más interesante y, en último término, más humano. María Cerreras, la madre de Tony, sufre una exposición a tejido nervioso geneticamente modificado durante el embarazo. El resultado es un bebé con neuronas no solo en el cerebro sino distribuidas por todo el cuerpo —una capacidad mental extraordinaria a un coste extraordinario: toda la superficie de la piel convierte cada contacto en dolor. Tony Stark no puede ser tocado. La armadura no es una herramienta de poder sino una solución médica: el traje que Howard Stark desarrolla para su hijo es una suspensión de bacterias modificadas que actúa como segunda piel, disipa el impacto cinético y puede disolver metales oxidables. Y se neutraliza, con una precisión que convierte la idea en algo casi poético, con agua y jabón.

Card construye un Tony adolescente —no el genio alcohólico de cuarenta años que el cómic mainstream ha explorado hasta el agotamiento— que tiene que aprender a existir en un cuerpo que el mundo no está diseñado para acomodar, y la primera mitad de la serie vive en ese territorio con una autoridad real. El acento en la biología, en las consecuencias concretas de una condición improbable, recuerda a lo que Card hacía con Ender Wiggin: el niño superdotado aislado por una capacidad que el entorno convierte en carga antes que en don. El guionista sabe escribir ese espacio —la infancia como campo de entrenamiento involuntario, la inteligencia que no tiene con quién hablar— y los primeros números se mueven ahí con comodidad. La mecánica del alcoholismo futuro de Tony, insinuada desde el principio como consecuencia médica antes que como debilidad moral, es un hallazgo: beberá porque el alcohol es uno de los pocos anestésicos que puede tomar sin receta, y esa inversión del estereotipo es exactamente el tipo de cosa que un novelista de ciencia ficción trae a una franquicia que los guionistas de cómic habituales llevan décadas tratando como territorio conocido.

El cómic que no quería ser un cómic de superhéroes

El problema es que Ultimate Iron Man es un cómic de superhéroes publicado en el universo Ultimate de Marvel, y eso tiene unas demandas narrativas que Card o no quiere satisfacer o no sabe del todo cómo. A partir del tercer número, la historia abandona el territorio de la ciencia ficción de personaje —la exploración de qué le pasa a un ser humano con ese cuerpo, esa mente, esa familia— para pivotar hacia una trama de conspiración corporativa que involucra a Obadiah Stane, a Loni Stark (la primera mujer de Howard, que actúa como antagonista), y a una serie de movimientos de poder que deberían generar tensión y que, en cambio, generan indiferencia. Loni y el joven Obadiah son exactamente el tipo de villanos que el cómic del género produce en serie: motivaciones legibles, caracterización superficial, presencia que se justifica por la necesidad de que alguien haga cosas malas más que por ninguna lógica de personaje. Card, que en sus novelas construye antagonistas con la misma densidad que protagonistas, aquí los despacha con una genericidad que solo puede explicarse por el ritmo de publicación o por la incomodidad de tener que cumplir con los requisitos del universo Marvel.

El final de los cinco números es el punto más débil de la colección: abrupto, acelerado, resuelto con una eficiencia que tiene más aspecto de cuadro de mando de entrega que de cierre narrativo. Card tenía —y lo anunció— un segundo arco planeado, pero la sensación que deja este primero no es la del primer acto de algo más grande sino la de una promesa que se interrumpe antes de haber terminado de formularse. La historia no termina: para. Y esa diferencia, en un origen que tenía ideas suficientes para sostener mucho más, es la que convierte el TPB en una lectura con más frustración que satisfacción en el balance final.

Kubert, el universo Ultimate y el legado incómodo

Andy Kubert dibuja los cinco números con la competencia técnica que le caracteriza y una restricción que el material le impone: este es un origen, no una saga de acción, y la mayor parte del trabajo visual consiste en construir interiores, laboratorios, conversaciones y una armadura azul que nadie ha visto antes. Kubert lo resuelve con claridad y eficacia —el traje de bacterias en su versión azul inicial tiene una presencia visual genuinamente original, y hay secuencias en las que la escala del dibujo y la gestión del espacio funcionan con precisión— pero también con una contención que da la sensación de potencial sin explotar. Un dibujante de la capacidad de Kubert, en una historia que le hubiera dado más acción, más velocidad, más demolición, habría producido algo diferente. Este es un trabajo correcto al servicio de una historia que pide ser correcta. Nada más, casi nada menos.

El legado del TPB es, en el mejor sentido posible, ambivalente. El universo Ultimate acabó descartando el origen de Card de la manera más expeditiva imaginable: en una historia posterior, Mark Millar retconó todo lo aquí contado como el argumento de una serie de animación japonesa dentro del universo Marvel. No ha existido: ha sido un anime. Es el equivalente narrativo de borrar algo con corrector y escupirle encima. Sin embargo, el concepto de Tony Stark adolescente con una condición médica que lo aísla del contacto humano sobrevivió en otra forma: la serie de animación Iron Man: Armored Adventures (2009) tomó esa misma premisa —el genio adolescente, la armadura como adaptación— y la desarrolló durante dos temporadas completas. Card no recibe crédito, pero la semilla estaba aquí. El cómic que el universo Ultimate prefirió olvidar dejó huella exactamente donde se le permitió: en los conceptos de base, en las ideas que sobreviven incluso cuando la ejecución que las contenía no lo hace.