‘Stargate Universe’ T1, la apuesta oscura que la franquicia no supo digerir

En 1994, Roland Emmerich y Dean Devlin construyeron un portal intergaláctico debajo de las pirámides egipcias, lo pusieron en pie con James Spader y Kurt Russell y recaudaron ciento noventa y siete millones de dólares con una película que no tenía ninguna pretensión de cambiar el cine de ciencia ficción pero que, por accidente o no, acabó fundando una de las franquicias de televisión especulativa más duraderas de los años siguientes. La visita del productor y guionista de aquella película a la próxima San Diego Comic-Con de Málaga es el pretexto para revisar el último gran capítulo de esa franquicia: Stargate Universe, la serie que Syfy estrenó el 2 de octubre de 2009 y que decidió que la única forma de prolongar quince años de ciencia ficción de aventuras era convertirlos en algo completamente distinto. La primera temporada, veinte episodios, es la demostración más completa de que esa decisión podía ser simultáneamente valiente y suicida.

La Destiny, el nueve chevron y ochenta personas sin plan de vuelta

El punto de partida de Stargate Universe es una variación del naufragio clásico de la ciencia ficción, pero con una especificidad que las series anteriores de la franquicia nunca habían intentado: nadie eligió estar donde está. Un grupo de unos ochenta militares, científicos y civiles activan una dirección de nueve símbolos que nadie había conseguido descifrar antes, huyen de una base bajo ataque y llegan a bordo de la Destiny, una nave de los Antiguos enviada al espacio hace millones de años siguiendo un programa de viaje sin retorno. La nave está deteriorada, con sistemas fallando, propulsada por el paso periódico junto a estrellas de las que absorbe energía, y nadie a bordo tiene ni los conocimientos ni los medios para redirigirla de vuelta a la Vía Láctea. El primer arco de la temporada —los tres episodios que forman «Air»— establece este escenario con la urgencia de quien sabe que el gancho tiene que funcionar antes de que el espectador decida que ya conoce esta historia. Funciona.

Lo que los creadores Brad Wright y Robert C. Cooper construyeron sobre ese gancho es una temporada que opera en dos registros simultáneos: el de la supervivencia inmediata —hay que arreglar el sistema de soporte vital, hay que conseguir comida y agua, hay que entender cómo funciona la nave— y el del conflicto interno entre un mando militar representado por el coronel Young y una comunidad científica y civil que no reconoce esa autoridad como legítima. Las piedras de comunicación —dispositivos que permiten intercambiar consciencias con personas en la Tierra— son el mecanismo que la serie usa para no cortar el cordón con el mundo conocido: cada vez que alguien regresa temporalmente a su vida anterior, la serie puede explorar lo que significa haber sido arrancado de ella sin posibilidad de regreso previsible. Es un recurso narrativo que en el mejor caso produce los momentos más íntimos de la temporada y en el peor case convierte varios episodios en digresiones que frenan la acción principal en el momento menos oportuno.

Robert Carlyle, el doctor Rush y el personaje que sostiene veinte episodios

La razón por la que Stargate Universe tiene algo que SG-1 y Atlantis en su estado de crucero no podían tener es Robert Carlyle. Su doctor Nicholas Rush —el genio físico escocés que descifró el código de nueve chevrones y que lleva consigo la sospecha permanente de saber más de lo que dice— es el personaje moralmente más complejo que la franquicia había producido hasta ese momento y probablemente el más complejo que produjo nunca. Rush no es un villano ni un héroe: es alguien que tiene razones para todo lo que hace, que sus razones son con frecuencia correctas, y que la forma en que las lleva a cabo es con frecuencia inadmisible. Carlyle, que llegaba a la serie con una carrera construida sobre personajes que habitaban ese mismo territorio ambiguo, lo interpreta sin subrayados, sin las señales que el cine de género habitualmente coloca para indicar al espectador cómo debe sentirse ante un personaje difícil. El episodio «Human» —en el que la serie dedica cuarenta y tres minutos a reconstruir el pasado de Rush a través de sus sueños mientras la nave lo mantiene inconsciente— es una de las mejores horas que la franquicia Stargate produjo en veinte años de televisión, y el Gemini Award que Carlyle recibió por él fue el reconocimiento más merecido que la serie obtuvo.

El resto del reparto está diseñado para funcionar en oposición o en complementariedad a Rush. Louis Ferreira como el coronel Young ofrece el contrapeso moral: un comandante que tampoco es exactamente honesto pero cuyo deshonor tiene escala doméstica donde el de Rush tiene escala cósmica. David Blue como Eli Wallace —el joven prodigio de los videojuegos que sirve como guía para el espectador menos familiarizado con la mitología Stargate— cumple la función de alivio cómico sin que el guion lo reduzca a eso. Ming-Na Wen como la representante de la IOA gestiona la tercera línea de fuerza política de la serie, la burocracia institucional que intenta ejercer control sobre algo para lo que no tiene jurisdicción real.

El ADN de Battlestar Galactica, la reacción del fandom y lo que dejó sin cerrar

Stargate Universe no se parece a SG-1 ni a Atlantis y no intentó parecerse. La influencia de la Battlestar Galactica reimaginada —el mismo tono oscuro, la misma cámara en mano que simula la presencia de un equipo documental, la misma voluntad de mostrar personajes incapaces de tomar decisiones completamente limpias— está en cada decisión de producción de la primera temporada, desde la composición de los planos hasta la forma en que Joel Goldsmith construyó una partitura que nunca promete que todo va a salir bien. Ese parentesco resultó ser el mayor activo y el mayor problema de la serie al mismo tiempo: los espectadores que buscaban la aventura episódica y el humor autoconsciente de los shows anteriores encontraron algo que no habían pedido, y una parte significativa del público habitual de la franquicia decidió no hacer el viaje.

La primera temporada termina con la Alianza Luciana tomando por la fuerza parte de la Destiny en el episodio «Incursion» —un cliffhanger que la segunda temporada resolvería— y con una serie que había conseguido establecer su voz propia sin terminar de convencer a nadie de que esa voz merecía ser escuchada más allá de sus propios convencidos. Syfy canceló la serie en diciembre de 2010, antes de que la segunda temporada terminara de emitirse, y el último episodio llegó el 7 de marzo de 2011 sin resolver ninguna de las preguntas fundamentales que la serie había planteado sobre la Destiny y su misión original: los patrones artificiales en la radiación cósmica de fondo que sugerían la existencia de una inteligencia anterior al Big Bang. Es uno de los finales involuntarios más frustrantes de la televisión de ciencia ficción de su generación, y la primera temporada no tiene culpa de ello. Lo que tiene es suficiente mérito propio como para que la frustración de saber que nadie va a responder esas preguntas sea una pérdida real.