‘The 4:30 Movie’, el Kevin Smith que olvidamos que existía
En 1994, Kevin Smith rodó Clerks con veintisiete mil dólares en el mismo minimercado de New Jersey donde trabajaba de noche para poder pagar el rodaje de día. Ese origen está en el ADN de todo lo que hizo después —la autorreferencia, la geografía persistente, los personajes que hablan demasiado y hacen demasiado poco— pero también condicionó de una manera menos favorable su segunda y su tercera décadas como cineasta, en las que Smith fue alejándose de lo que le hacía único hacia territorios cada vez más extraños, más autoincomplacientes y menos interesantes para quien no fuera ya un seguidor incondicional. The 4:30 Movie, estrenada en septiembre de 2024, es la primera película en años en la que Smith vuelve a hacer la única cosa que verdaderamente sabe hacer: contar la historia de un adolescente de New Jersey que quiere ir al cine, desde adentro, sin ironía que funcione como distancia. La visita de su director a la próxima San Diego Comic-Con de Málaga es una excusa tan buena como cualquier otra para revisitar una película que merece más atención de la que su distribución —prácticamente inexistente en sala— le permitió recibir.

Brian David, 1986 y el cine como primer amor
La película está ambientada en el verano de 1986 en New Jersey, que no es una elección arbitraria sino la fecha exacta en que Smith tenía la edad de su protagonista. Brian David —interpretado por Austin Zajur con la torpeza precisa de alguien que sabe exactamente cómo se siente ese tipo de torpeza— quiere invitar a Melody Barnegat a ver una película de mayores de dieciocho en el multiplex local. El plan inicial es simple: él y sus amigos Burny y Belly llevan años colándose de sala en sala para ver todo lo que no pueden pagar de otra manera, y esta tarde no va a ser diferente, salvo que esta tarde tiene que salir bien. Smith construye el film como una sucesión de intentos fallidos y reencuadres, con la lógica de la comedia de situación clásica —cada solución genera un problema nuevo— pero con una temperatura emocional que no tiene nada de mecánica: hay algo genuinamente ansioso en la manera en que Brian persigue ese plan durante ochenta y ocho minutos, y esa ansiedad es la misma que hace funcionar los mejores momentos de Clerks y de Mallrats. El cine donde transcurre todo, SModcastle Cinemas, es un teatro real de New Jersey que el propio Smith co-posee y donde rodó la película durante el verano de 2023. La geografía no es decorado; es la materia prima.

Zajur, Ken Jeong y los engranajes de la comedia de sala
El reparto joven que Smith reunió para el film hace el trabajo más difícil: convencer al espectador de que está viendo personas y no arquetipos. Austin Zajur como Brian es el centro de ese esfuerzo, y lo resuelve con una credibilidad que el material no siempre le facilita. Siena Agudong como Melody tiene menos espacio del que el guion le debería haber dado, que es el punto débil más visible de la película: las mujeres funcionan como satélites en el universo de Smith cuando el tono es nostálgico, y The 4:30 Movie no escapa completamente a ese hábito. Genesis Rodriguez, como la acomodadora que tiene una conversación con Brian sobre lo que el cine significa cuando uno es adolescente y el mundo no termina de encajar, es la excepción: la escena que comparten es el momento más honesto de la película y el que mejor articula lo que Smith quiere decir sobre por qué alguien decide dedicar su vida a hacer películas.

Ken Jeong como el jefe de sala Manager Mike es la apuesta de casting que la película necesita para que el conflicto tenga peso cómico, y funciona en la medida en que Jeong sabe exactamente qué tipo de energía se le pide: no un antagonista amenazante sino un obstáculo con pretensiones de autoridad que el propio universo de la película no puede tomarse en serio. Los cameos del universo Smith —Justin Long, Jason Lee, la presencia inevitable de colaboradores de siempre— son fan service sin disimulo, que en el contexto de este tipo de película resulta más honesto que pretender que tienen otra función.

El regreso al mínimo y lo que tres millones de dólares permiten decir
The 4:30 Movie costó tres millones de dólares y recaudó en su paso por las pocas salas que la exhibieron una cantidad que cabe en el presupuesto de un cortometraje. Eso no es un fracaso en los términos en que Smith concibió el proyecto; es la condición desde la que lo concibió. El presupuesto mínimo, el rodaje en su propio teatro, el equipo de personas de confianza, el guion que no necesita efectos especiales ni localizaciones exóticas: todo apunta hacia un realizador que decidió volver al método que lo definió en 1994 porque ese método es el único que le permite ser exactamente lo que quiere ser sin que nadie le pida que sea otra cosa. La música de Bear McCreary y la fotografía de Yaron Levy hacen más con esos tres millones de lo que la suma sugiere: la película tiene el aspecto de los años ochenta sin la impostura de quien reconstruye una época que no vivió.

Lo que The 4:30 Movie dice sobre Kevin Smith no es que haya recuperado la forma de sus mejores años —las comparaciones con Chasing Amy son generosas pero no del todo injustas— sino algo más modesto y más real: que todavía puede hacer una película pequeña sobre algo que le importa y que esa película puede tener algo genuino adentro. No es poco, dado el estado de su filmografía en los diez años anteriores. No es todo lo que sus mejores trabajos prometían que podría llegar a ser. Pero es suficiente para que valga la pena la sesión de las cuatro y media.





