Thor por Jurgens y Romita Jr., el regreso que los noventa olvidaron antes de tiempo

En 1996, Marvel cedió a sus franquicias más rentables —Thor, Iron Man, los Cuatro Fantásticos, los Vengadores— a Image Comics con el encargo de relanzarlas desde cero en un universo paralelo llamado Counter-Earth. El experimento, conocido como Heroes Reborn, duró exactamente un año, fue recibido con una mezcla de indiferencia y hostilidad por buena parte del público y terminó, en 1998, con el regreso de todos esos personajes a la continuidad principal de Marvel en lo que se llamó el Heroes Return. Dan Jurgens, que llevaba años siendo uno de los escritores más fiables de DC —conocido sobre todo por haber orquestado la muerte de Superman en 1992—, tomó el timón de Thor en ese momento concreto, uno de los más delicados para el personaje: la tarea de devolver al dios del trueno a su lugar sin que el lector notara el esfuerzo. Que lo consiguiera, y que lo hiciera con John Romita Jr. dibujando los primeros ocho números de la serie, es algo que el mercado del cómic de los noventa tardó demasiado en reconocer. La excusa para revisitar ese primer volumen existe, y es concreta: Romita Jr. estará presente en la próxima edición de la San Diego Comic-Con de Málaga 2026, lo que convierte este repaso en una oportunidad tan buena como cualquier otra.

La identidad doble que nadie sabía que Thor necesitaba

El número uno de la serie arranca con Thor enfrentándose al Destructor, el traje de armadura prácticamente indestructible que en el universo Marvel ha funcionado durante décadas como medida de calibración de poder: cualquier cosa que puede hacer daño al Destructor es, por definición, algo que vale la pena temer. Thor no sobrevive al encuentro. O al menos no de la manera que el lector espera: su esencia inmortal llega a los dominios de Hela, donde un personaje misterioso llamado Marnot le ofrece un trato. La condición es que la vida de Thor quede ligada a la de Jake Olson, un paramédico que murió en el mismo enfrentamiento salvando a civiles. Cuando Thor existe en el mundo de los mortales, Jake Olson existe. Cuando Jake Olson muere, Thor puede perderlo todo.

La referencia directa al Donald Blake original —el médico cojo que durante décadas fue el alter ego de Thor en el universo Marvel antes de que ese vínculo se disolviera— es reconocible pero no servil. Jurgens no está recuperando un truco narrativo: está actualizando el problema que ese truco planteaba, que es el de la responsabilidad concreta de alguien con poder absoluto hacia las vidas que se cruzan con él sin pedirlo. Jake Olson no es un héroe. Es un hombre con una prometida llamada Hannah, una hijastra, un compañero de trabajo llamado Demitrius, una vida que Thor tiene que aprender a sostener desde dentro sin destruirla. Jurgens construye esa doble vida con una regularidad que obliga: no es el elemento de color que aparece cuando el argumento principal afloja, sino el hilo que da al volumen una continuidad emocional que las grandes batallas por sí solas no tendrían. Jane Foster reaparece también, y su presencia en este contexto nuevo tiene el peso exacto que tiene cuando un personaje regresa a una historia que lo necesitaba más de lo que sabía.

Romita Jr. y Klaus Janson en el momento exacto en que los dos estaban a su mejor nivel

John Romita Jr. lleva suficientes décadas en el cómic de superhéroes como para que su estilo haya pasado por varias fases distinguibles: la precisión nervuda de sus años en Daredevil, el dinamismo cargado de los Uncanny X-Men, la evolución hacia formas más angulosas y gestuales que llegaría más tarde. Los ocho números de este volumen lo pillan en un punto de equilibrio que es, para este personaje en particular, el más adecuado posible: suficiente energía para que los enfrentamientos cósmicos tengan presencia física, suficiente control para que los momentos de escala humana no colapsen bajo el peso de la espectacularidad. Asgard en ruinas —uno de los primeros descubrimientos que Thor hace al regresar al plano divino— se ve como un lugar que alguna vez tuvo grandeza y no como un decorado diseñado para impresionar durante un plano. La diferencia importa.

Klaus Janson entinta el trabajo de Romita Jr. con la firmeza de quien conoce exactamente el tipo de línea que ese arte necesita para no perder definición. Janson lleva décadas siendo uno de los mejores entintadores del cómic americano, y su trabajo sobre estas páginas tiene la virtud de reforzar sin imponer: los fondos arquitectónicos de Asgard ganan densidad, los personajes mantienen su peso en páginas donde podrían haberse vuelto borrosos. El colorista Gregory Wright completa una cadena en la que cada eslabón sabe cuál es su función. El resultado es un cómic que se ve bien incluso cuando el argumento no le ayuda, y que se ve muy bien cuando el argumento y el dibujo van en la misma dirección.

Los panteones contra Thor, el Destructor, y lo que el primer arco sostiene con sus limitaciones

El motor argumental de este primer volumen opera en dos planos simultáneos. En el terrenal, Thor gestiona la identidad de Jake Olson, los conflictos con personajes como Spider-Man —cuya aparición en este arco tiene la ligereza correcta, la de un cameo que añade sin apropiarse del espacio— y Namor, además de los Vengadores, que funcionan como presencia institucional más que como protagonistas compartidos. En el plano divino, Asgard está destrozada y Thor descubre que los dioses de al menos tres panteones distintos tienen razones para querer que siga así: hay una maquinaria de amenaza que Jurgens va desplegando con la paciencia del escritor que sabe que tiene tiempo y no necesita resolverlo todo en el primer arco. Perrikus, un dios oscuro que forma parte de los Dioses Divinos, emerge como el antagonista con más presencia del volumen, y su papel culmina en un momento que el cómic de superhéroes reserva habitualmente para situaciones de máxima urgencia: la destrucción de Mjolnir.

Jurgens tiene la inteligencia de no convertir ese momento en espectáculo vacío. La pérdida del martillo es el final de un proceso, no un giro de última hora, y tiene consecuencias que el segundo volumen tendrá que explotar. La debilidad más visible del conjunto es la que el propio género impone: los cruces obligatorios con otras publicaciones de la línea Marvel interrumpen el ritmo en más de una ocasión, y la insistencia de Jurgens en las exclamaciones clásicas de Thor —el ¡Yo te lo digo que no! en sus variantes más o menos directas— termina funcionando como un tic antes que como caracterización. Son los límites de un escritor que confía en las convenciones del género porque sabe que el género tiene convenciones por una razón, y que en las páginas donde esa confianza se ajusta a lo que la historia necesita produce algo más interesante que la suma de sus ingredientes. Este primer volumen, con sus ocho números y el cruce de Peter Parker: Spider-Man, es exactamente eso: más interesante que la suma de sus ingredientes, lo que en el contexto de lo que Marvel producía en 1998 es un mérito que no hay que subestimar.