El dúo que vale más que el misterio que lo rodea: ‘Reina Roja’

La novela de Juan Gómez-Jurado llegó al mercado en 2018 con la velocidad de crucero de los bestsellers bien diseñados: personaje central de altísimo coeficiente intelectual y bajo funcionamiento social, compañero de campo que pone el corazón donde ella pone el cerebro, caso criminal que da pretexto para construir una dinámica entre los dos. Era una fórmula con suficiente tracción popular como para que Prime Video apostara por ella en 2024 con presupuesto visible, siete episodios y una decisión de casting tan buena que termina siendo, a la vez, el mayor activo de la serie y la razón por la que sus defectos resultan más evidentes de lo que habrían sido con intérpretes más grises. Victoria Luengo y Hovik Keuchkerian ya habían compartido pantalla en Antidisturbios, y la confianza acumulada entre dos actores que saben cómo moverse juntos se nota desde el primer episodio: la serie es mejor cuando están en el plano y más endeble cuando la trama les pide que se hagan a un lado.

Luengo, Keuchkerian y la química que el guion no siempre merece

Antonia Scott es el tipo de personaje que puede hundirse o flotar en función de un milímetro de interpretación: demasiado robótica y es un truco de salón, demasiado humanizada y pierde la extrañeza que la define. Luengo lo resuelve con el cuerpo antes que con el diálogo. La corporalidad de su Antonia —la forma en que ocupa el espacio, los momentos en que el sistema de contención se fisura sin que ninguna palabra lo explique— construye un personaje que tiene coherencia interna aunque el guion no siempre la cuide con el mismo rigor. Las secuencias que visualizan el funcionamiento interno de su mente, con efectos que intentan traducir a imagen la velocidad de un cerebro que procesa diferente, funcionan mejor cuando son más contenidas: cuando la serie confía en que Luengo ya ha hecho el trabajo sin necesitar el apoyo visual.

Keuchkerian tiene una tarea aparentemente más sencilla —Jon Gutiérrez es el polo empático, el ertzaintza que pone la humanidad que a ella le cuesta— pero la resuelve sin caer en el recurso fácil del personaje que existe solo como contrapeso. Sus escenas familiares son las más auténticas de la temporada. La química entre los dos no es romántica ni pretende serlo, que es exactamente la decisión correcta: es la confianza específica de dos personas que se han visto en situaciones límite y han decidido, sin decirlo, que el otro es el único que entiende para qué sirve el trabajo que están haciendo. Ese vínculo sostiene los episodios en los que la trama los abandona a su suerte, que son más de los deseables.

Koldo Serra, Madrid sin filtros azules y la serie que se ve bien

La dirección de Koldo Serra es uno de los aciertos más nítidos de la temporada y también uno de los menos comentados. Madrid aparece aquí filmada en luz natural, sin la paleta desaturada y azulada que el thriller español ha utilizado durante tanto tiempo que ha terminado convirtiéndose en un tic de género más que en una elección. La ciudad tiene color, temperatura, la textura específica de cada barrio, y esa decisión hace que los exteriores —las azoteas, las calles del centro, los túneles— sean parte del relato en lugar de fondos intercambiables. El contraste entre la superficie de la ciudad y los espacios subterráneos donde opera parte de la trama tiene una lógica sensorial: no es solo una diferencia de fotografía sino una diferencia de mundo.

Las secuencias de acción están bien resueltas —Serra sabe dónde poner la cámara para que el espacio físico trabaje a favor de la tensión en lugar de en contra— y la posproducción tiene la clase de meticulosidad que se nota en la coherencia de cada plano más que en los efectos que sobresalen. El problema es que esa solidez técnica contrasta con algunos episodios en los que el guion se apoya demasiado en los diálogos lapidarios, el tipo de líneas que están escritas para sonar brillantes y que en pantalla adquieren una solemnidad que no han ganado. Nacho Fresneda como Ezequiel, el villano, navega esa tensión mejor que nadie del reparto secundario: construye a un personaje sádico con una lógica interna que el texto no siempre le facilita y lo hace desde la contención, lo que es siempre la elección más difícil y la más eficaz.

El misterio predecible y la deuda que la segunda temporada tendrá que saldar

La ironía de Reina Roja es que sus protagonistas son más interesantes que el crimen que investigan. El caso central de la temporada —el secuestro de Carla Ortiz y los hilos que lo conectan con estructuras de poder más amplias— funciona como motor argumental con suficiente competencia para mantener el ritmo, pero la mecánica deductiva de Antonia, que debería ser el corazón del espectáculo, resulta en varios episodios menos sorprendente de lo que el personaje merece. El umbral de exigencia que la serie establece con su protagonista —una mente que ve lo que los demás no pueden ver— convierte cada resolución que el espectador anticipa en una pequeña decepción. Y la acumulación de giros en los últimos episodios, que llegan comprimidos con la prisa de quien sabe que le queda poco metraje, no da tiempo a que ninguno de ellos pese de verdad antes de que llegue el siguiente.

Las referencias son legibles: hay influencia de Sherlock, hay ecos de Hannibal, hay el ADN de cualquier pareja de investigadores cuya dinámica supera al caso. Que la serie las incorpore sin terminar de procesarlas en algo propio es la concesión más visible que hace a su condición de producto diseñado para enganchar antes que para sorprender. Lo que queda cuando se cierra la temporada es la convicción de que Luengo y Keuchkerian tienen suficiente entre manos como para que una segunda temporada con un misterio a la altura de sus protagonistas sea algo que vale la pena esperar. La promesa está en los actores. El cumplimiento depende de que el guion decida confiar en ellos tanto como el espectador ya lo hace.