El fin del mundo tiene buena luz y poco ritmo: ‘La Constelación del Perro’

La novela de Peter Heller de 2012 en la que se basa esta película es, entre otras cosas, un experimento de sintaxis: frases incompletas, elipsis donde debería haber verbos, silencios que la puntuación reproduce en lugar de explicar. Hig, el piloto superviviente que la narra, habla como alguien que ha olvidado que el lenguaje completo existió antes del virus. Esa técnica narrativa es lo que da a The Dog Stars su identidad literaria, y es también lo que hace que adaptarla al cine sea un problema sin solución evidente: la interioridad fragmentada de Heller solo puede traducirse en silencio, y el silencio en pantalla exige un actor que pueda llenarlo. Ridley Scott —ochenta y ocho años, una filmografía que incluye los dos pilares del cine de ciencia ficción contemporáneo— estrenó esta adaptación el 26 de agosto de 2026. La película es visualmente impecable y narrativamente lerda, un apocalipsis filmado con el ojo de alguien que sabe exactamente cómo se ve el fin del mundo y no siempre sabe qué hacer con él una vez que lo tiene en el plano.

Ridley Scott y el fin del mundo como territorio conocido

Que Scott abordera material postapocalíptico era una elección con coherencia biográfica: Alien y Blade Runner son las dos películas que establecieron la gramática visual del futuro distópico en el cine contemporáneo, y ambas se construyeron sobre la misma convicción de que la escenografía y la luz son argumentos antes que decoración. La Constelación del Perro tiene eso: Erik Messerschmidt, el director de fotografía que filmó Mank para Fincher con la misma convicción de que cada plano debe ser una declaración, trabaja aquí los paisajes de montaña —rodados en los Alpes italianos y los Abruzos disfrazados de Colorado— con una amplitud que convierte el territorio devastado en algo entre hermoso y amenazante. Las secuencias aéreas desde la perspectiva del ultraligero de Hig tienen una quietud que el resto de la película nunca termina de acompañar.

El problema es que La Constelación del Perro no es Blade Runner: no tiene su densidad conceptual ni su capacidad de hacer que el mundo construido sea el verdadero protagonista. El apocalipsis de Heller es íntimo, doméstico a su manera —un hombre, su perro, su avioneta, el superviviente con el que comparte el perímetro— y Scott filma esa intimidad con una escala que no le corresponde. Hay momentos en los que la película parece no saber si quiere ser el The Road de Cormac McCarthy o el Mad Max: Fury Road de Miller, y la vacilación entre ambas ambiciones no resuelve en favor de ninguna.

Elordi y Brolin, y el personaje equivocado al frente de la película

Jacob Elordi fue elegido para el papel de Hig después de que Paul Mescal —anunciado originalmente— abandonara el proyecto en enero de 2025. La diferencia entre los dos actores importa porque describe dos tipos de intérprete distintos: Mescal construye a sus personajes desde adentro, acumula microgestualidad, ocupa el silencio con una presencia que es también una propuesta. Elordi es guapo y competente y funciona bien cuando el guion le da una dirección clara. Lo que La Constelación del Perro le pide es que sea el centro gravitacional de una historia construida sobre la melancolía y el duelo, que cargue en la cara lo que el personaje de Heller ponía en la sintaxis rota de sus frases, y eso no es lo que Elordi sabe hacer todavía. Scott lo compensa con primeros planos frecuentes que no añaden significado sino que subrayan la ausencia de él.

Josh Brolin como Bangley —el ex Marine que ha convertido la supervivencia en una filosofía sin consideraciones éticas— es la presencia más interesante de la película y ocupa una posición secundaria que no se merece. Brolin no necesita muchos planos para establecer que Bangley es un hombre para quien el mundo anterior al virus era ya un problema resuelto: la economía gestual que aplica al personaje hace más trabajo dramático en diez minutos que Elordi en ciento diez. La tensión entre el nihilismo de Bangley y el humanismo residual de Hig es el corazón de lo que The Dog Stars podría haber sido, y la película la desaprovecha porque ha apostado por el protagonista equivocado como eje. Guy Pearce, en la tercera parte de la película, aporta una energía que la historia agradece como un vaso de agua en el ecuador; Margaret Qualley tiene el rol menos escrito de los cuatro y lo poco que le dan no la favorece.

El género saturado y el tercer acto que cambia de película

El territorio narrativo que La Constelación del Perro decide habitar en 2026 es uno de los más transitados del cine contemporáneo. The Road, Mad Max: Fury Road, Children of Men, I Am Legend, A Quiet Place: el apocalipsis postpandémico y sus derivados han sido explorados con suficiente profundidad en los últimos veinte años como para que cualquier incorporación al género tenga que traer algo propio. La adaptación de Mark L. Smith no trae nada que esos títulos no hayan dicho antes sobre la comunidad, la confianza, la brutalidad necesaria y la esperanza como motor irracional. El guion funciona como un inventario competente de los temas del género sin añadir perspectiva nueva sobre ninguno de ellos.

El tercer acto complica el diagnóstico porque cambia de película de manera abrupta: la meditación sobre la soledad y el duelo que había sostenido la primera hora se convierte en un western de confrontación que llega con sus propios problemas de tono y algunas decisiones sobre la representación de los antagonistas que resultan incómodas de defender. La incoherencia no es letal —la película recupera cierta serenidad en su resolución—, pero hace visible que el guion nunca tuvo claro cómo llevar su premisa hasta el final. Lo que Scott entrega es, en definitiva, el trabajo de un cineasta que todavía sabe componer un plano como pocos directores vivos y que eligió esta vez un material que no tenía la solidez necesaria para sostener lo que él le puso encima.