Prime Crime: A True Story (Dead Man’s Wire): Gus Van Sant vuelve a primera plana

¡Menuda sorpresa nos tenía preparada Gus Van Sant! Después de años moviéndose en terrenos más experimentales o dramas íntimos, el director de Milk se ha lanzado de cabeza al thriller setentero con una energía que ya querrían muchos directores novatos. ‘Prime Crime: A True Story’ (o Dead Man’s Wire, para los que nos leen desde el otro lado del charco) no es solo una reconstrucción histórica; es un puñetazo en la mesa sobre cómo el sistema puede triturar a un hombre hasta dejarle solo una salida: la locura televisada.

Bill Skarsgård: El monstruo sin maquillaje

Si algo queda claro tras ver esta cinta, es que Bill Skarsgård es mucho más que una cara bonita bajo capas de látex. Tras aterrorizarnos como Pennywise, aquí se enfrenta al reto más difícil: interpretar a un tipo normal, un perdedor de manual llamado Tony Kiritsis, que se rompe por la presión de las deudas. Skarsgård está inmenso. Logra que pases de la tensión absoluta a una extraña empatía por este «don nadie» que, escopeta en mano, decide que ya basta de que los bancos le roben el futuro. Su interpretación es un volcán: por fuera parece un tipo desaliñado y algo errático, pero por dentro hay una rabia anticapitalista que quema la pantalla.

La química con Dacre Montgomery, que interpreta al rehén Richard Hall, es el corazón de la película. Montgomery se aleja de su registro macarra de Stranger Things para ofrecernos a un «niño bien» del sector inmobiliario que descubre, de la forma más violenta posible, que su mundo de privilegios es de cristal. Verlos a ambos «cableados» el uno al otro en esas escenas claustrofóbicas es puro cine de alta tensión.

Un viaje en el tiempo con mala leche

Van Sant no se limita a copiar la estética de los 70; la respira. La película se siente sucia, auténtica, como si hubieran encontrado una bobina perdida de 1977 en un almacén de Indianapolis. Desde los teléfonos de disco hasta la banda sonora —ojo a esa versión disco de Zarathustra de Deodato que suena de fondo—, todo contribuye a crear una atmósfera de olla a presión.

Pero lo que realmente eleva a Prime Crime es su galería de secundarios. Colman Domingo está magistral como el DJ Fred Temple, esa voz que narra el caos desde la radio y que se convierte en el único puente entre el secuestrador y el mundo exterior. Y, por supuesto, tenemos a Al Pacino. Ver a la leyenda viva interpretar al patriarca despiadado del holding hipotecario es un regalo. A sus 85 años, Pacino sigue teniendo esa mirada que te hiela la sangre; interpreta a un hombre tan convencido de su superioridad que es capaz de sacrificar a su propio hijo antes que pedir perdón por sus prácticas leoninas.

¿El veredicto?

A pesar de que el ritmo flaquea ligeramente en el inicio del tercer acto, la película se recupera con un final que te deja dándole vueltas a la cabeza mucho después de que se enciendan las luces. No es solo un thriller sobre un secuestro; es una crítica feroz a cómo los grandes capitales juegan con la vida de los pequeños emprendedores. Es una anomalía en la cartelera actual: una película con alma, con grano y con una mala hostia necesaria. Si buscas un cine que te mantenga pegado a la butaca y que, además, te dé algo sobre lo que discutir en la cena, no busques más. Gus Van Sant ha vuelto, y ha traído cables de alta tensión con él.