Harlin regresa a los tiburones con menos dientes que antes: ‘En Mar Abierto (Deep Water)’

En 1999, Renny Harlin dirigió Deep Blue Sea, una película de tiburones superinteligentes que destruían una instalación submarina de investigación y que se tomaba sus propias locuras con el nivel exacto de entusiasmo que la premisa necesitaba para funcionar: ni demasiado en serio como para que resultara ridícula, ni tan en broma como para que resultara cínica. Deep Blue Sea tenía un tiburón que saltaba por encima de una pecera gigante para llevarse a Samuel L. Jackson a mitad de un discurso motivacional. Veintiséis años después, Harlin vuelve al agua con En Mar Abierto —estrenada en España el 7 de agosto de 2026—, otro thriller de tiburones que lleva su nombre y que comparte con el anterior la premisa de las aguas infestadas, el terror de estar atrapado sin escapatoria y la presencia de actores con premios en el currículum haciendo cosas que los premios no anticipaban. Lo que En Mar Abierto no tiene es la energía de entonces. Ni el tiburón que salta. Ni el discurso interrumpido.

Renny Harlin y el regreso a las aguas conocidas

La historia de producción de En Mar Abierto es más interesante que la película. El proyecto lleva en desarrollo desde 2014, cuando fue retirado de circulación por las similitudes de su premisa —un avión comercial que cae al océano y deja a sus supervivientes a merced de los tiburones— con la desaparición del vuelo MH370 de Malaysia Airlines, cuyo rastro todavía no se había encontrado y cuya cercanía temporal hacía inoportuno el entretenimiento. Que la película sobreviviera diez años en un cajón y encontrara el camino al estreno gracias a la iniciativa de Gene Simmons —el bajista de KISS— y su socio Gary Hamilton a través de su productora dice algo sobre la naturaleza del mercado cinematográfico que quizás resulta más revelador de lo que nadie habría querido que resultara.

Harlin fue, en los años noventa, el nombre detrás de algunas de las mejores películas de acción del período: Die Hard 2, Cliffhanger, The Long Kiss Goodnight. Después de esa racha vino una serie de fracasos comerciales y de ambición que lo fueron desplazando del primer círculo del Hollywood de los grandes presupuestos. En Mar Abierto tiene el aspecto de una película hecha por alguien que sabe exactamente cómo funcionan los engranajes del thriller de catástrofes y que ha decidido utilizar ese conocimiento de manera competente pero sin riesgo. El resultado es un ejercicio de género que cumple las expectativas básicas del formato y que no supera ninguna de las expectativas que el formato no pone por sí solo.

El accidente funciona; los tiburones, no tanto

La secuencia del accidente aéreo —un vuelo de Los Ángeles a Shanghai que se estrella en el Pacífico tras un incendio en la bodega de carga provocado por una batería defectuosa— es la parte más lograda de la película y también la que confirma que Harlin todavía sabe montar una escena de acción con criterio. La ruptura del fuselaje, la dispersión de los supervivientes en el océano, el caos de los primeros minutos sobre el agua: todo eso funciona con la brutalidad física que el cine de catástrofes exige cuando quiere que el peligro se sienta real. Durante esa primera hora, En Mar Abierto es una película de desastre aéreo que hace lo que se supone que debe hacer.

El problema llega cuando los tiburones aparecen. La película lleva en su título implícito la promesa de que los tiburones son la razón de existir del proyecto, pero cuando llegan, lo hacen sin la personalidad y sin la energía que el terror de depredador necesita para funcionar. Los efectos visuales de las criaturas son correctos en la mayoría de los planos y irregulares en algunos, y la irregularidad es suficientemente visible en pantalla grande como para que el espectador deje de creer en el peligro en los momentos en que más tendría que creerlo. Deep Blue Sea tenía tiburones con presencia porque el guion los había convertido en antagonistas con lógica propia. Los tiburones de En Mar Abierto son una amenaza medioambiental, no un villano, y la diferencia importa más de lo que parece: el miedo que genera una criatura con agenda es cualitativamente distinto al miedo que genera una criatura que simplemente está hambrienta y cerca.

El guion acumula seis nombres en los créditos de escritura, lo que en el cine de género es siempre una señal de un proceso de desarrollo largo y conflictivo más que de abundancia creativa. La consecuencia visible es una estructura que parece ensamblada: los personajes tienen arcos que empiezan y no terminan, hay líneas de diálogo que apuntan a conflictos que la película luego no desarrolla, y el desenlace emocional llega al final sin haber construido suficientemente la inversión que necesita para funcionar. La película que mezcla el desastre aéreo y los tiburones —que el crítico de AcciónCine llamó con justicia «tibucatástrofe»— no consigue que los dos géneros se alimenten mutuamente: son dos películas distintas cosidas en el mismo metraje, y la costura se nota.

Eckhart, Kingsley y el reparto que la película no aprovecha

Aaron Eckhart hace lo que Eckhart sabe hacer mejor: ser el centro de gravedad de un relato que no siempre justifica la solidez que él le da. Su primer oficial Ben funciona como ancla emocional de la película en la medida en que la película tiene ancla emocional, lo que significa que es el único personaje al que el espectador puede agarrarse cuando el guion pierde el hilo de quién importa y por qué. No es un trabajo de gran alcance actoral, pero es trabajo honesto en un contexto que no le pide otra cosa.

Ben Kingsley está en la película. Eso es, aproximadamente, lo que se puede decir de la presencia del Sir en En Mar Abierto: su capitán Rich existe en los primeros compases y desaparece del relato con la misma arbitrariedad con que el guion introduce y abandona otros elementos. La impresión que deja es la de una incorporación diseñada para añadir peso al reparto en el cartel antes que para añadir peso al personaje en la pantalla. Angus Sampson, en cambio, hace algo más interesante con menos: su pasajero arrogante e insoportable es el único personaje que la película deja funcionar como personaje antes que como víctima potencial, y eso —por paradójico que resulte— lo convierte en la presencia más viva de la función.

En Mar Abierto es, en términos netos, la película que su premisa prometía: entretenimiento de verano que no aspira a más de lo que el verano pide y que cumple ese contrato con solvencia técnica y sin ambición artística. El accidente es eficaz. Los tiburones funcionan a ratos. El reparto hace lo que puede con el material que tiene. Y Renny Harlin sigue sabiendo cómo montar una escena de acción cuando el guion le da los elementos necesarios para montarla. Lo que Deep Blue Sea tenía y esta película no es la convicción de que el género merece ser disfrutado con entusiasmo genuino en lugar de ejecutado con oficio. La diferencia entre las dos es exactamente esa: el entusiasmo.