‘Tenzing’: la conquista del Everest contada por quien siempre había sido el de atrás

El 29 de mayo de 1953, Edmund Hillary y Tenzing Norgay llegaron juntos a la cima del Everest. Lo que ocurrió durante los días, semanas y décadas siguientes —quién habló, quién fue fotografiado, quién fue recibido como héroe y quién recibido como guía— es la historia que la película de Jennifer Peedom viene a corregir, o al menos a contar desde el otro lado. Tenzing, producida por Apple TV+ con See-Saw Films y estrenada en streaming el 16 de octubre de 2026 después de su premiere en el Festival de Telluride, tiene una premisa que sola ya justifica su existencia: Tenzing Norgay como protagonista indiscutible, Edmund Hillary como el secundario de lujo que acepta que no es él de quien va la historia, y la pregunta central que una película sobre la primera ascensión al Everest nunca había tenido el espacio —o el valor— de formular en serio: ¿qué significa conquistar una montaña que llevas toda la vida reverenciando como a una madre, para gente que llega desde el otro lado del mundo a plantar una bandera en su cumbre?

Phuntsok y la película que devuelve setenta años de deuda

La decisión más importante de Tenzing no es el casting de Tom Hiddleston como Hillary ni el de Willem Dafoe como el coronel John Hunt: es la de colocar a Genden Phuntsok, un actor hasta ahora desconocido para el público internacional, en el centro de toda la maquinaria del biopic de aventuras de autor, y confiar en que puede sostenerla. Puede. Phuntsok construye a Tenzing como un hombre que lleva décadas navegando entre dos versiones de sí mismo —el Sherpa contratado que el mundo occidental necesita que sea, y el alpinista de élite que sus compañeros de expedición saben que es— sin que esa tensión se convierta nunca en gesto fácil ni en discurso. Su Tenzing no reclama justicia en voz alta. La reclama llegando el primero a los vivacs, atando mejor los nudos, conociendo la montaña con una intimidad que ningún miembro de la expedición británica puede simular. La lucha dramática central del filme —que Tenzing sea reconocido como miembro pleno del equipo y no como apoyo logístico— es una negociación que ocurre en los márgenes de las escenas, en los silencios entre lo que se le dice y lo que se le permite hacer, y Phuntsok la lleva en el cuerpo con una economía expresiva que hace que Hiddleston y Dafoe, que traen décadas de experiencia, no tengan que esforzarse para cederle el espacio: simplemente lo ocupa.

El guion de Luke Davies articula la contradicción cultural que hace que el filme sea más que un relato de superación individual. Para la expedición británica de 1953, el Everest es una conquista, el último punto del planeta que el Imperio todavía puede plantar su bandera. Para Tenzing, la montaña es Chomolungma: una diosa madre a la que se sube pidiendo permiso, no la que se escala para poner una foto en el Times. Que esas dos actitudes coexistan en la misma cuerda, en la misma cumbre, en la misma foto de vuelta en el campamento base, es el hallazgo dramático que la película trabaja con suficiente cuidado como para no reducirlo a alegoría. Peedom —que lleva a este proyecto la credibilidad de haber dirigido en 2015 el documental Sherpa, la crónica de los trabajadores que hacen posible cada ascensión que los occidentales se fotografían— sabe exactamente la historia que quiere contar y desde dónde quiere contarla. Que Norbu Tenzing, el hijo mayor del alpinista, figure como productor ejecutivo no es solo un gesto de legitimidad: es la garantía de que el relato no se construye desde fuera.

Lo que Hiddleston y Dafoe hacen cuando se convierten en la función de apoyo

Tom Hiddleston como Edmund Hillary no es el protagonista que la cartelera podría sugerir. Es, con plena conciencia, el personaje que da un paso atrás para que el que está delante pueda respirar. Su Hillary es un hombre de buen carácter y ambición legítima que entiende, antes de llegar a la cumbre, que Tenzing no es su porteador: es su igual, y posiblemente la razón por la que cualquiera de los dos va a sobrevivir. Hiddleston resuelve ese arco con una contención que requiere más técnica de la que la contención habitualmente recibe: no hay un momento de conversión dramática, no hay escena en que Hillary pronuncie la frase que ordena todo. Hay una relación que se construye en decisiones pequeñas —a quién miras cuando tienes miedo, a quién sigues cuando no sabes el siguiente paso—, y Hiddleston la ejecuta sin necesitar que nadie lo note demasiado.

El personaje más interesante del reparto secundario, sin embargo, es el de Dafoe. El coronel John Hunt no es el villano de la historia, aunque podría haberlo sido: es el producto de una formación imperial que le enseñó a organizar el mundo en rangos y él lleva esa jerarquía integrada hasta el punto en que ya no la ve como una decisión sino como la forma en que las cosas son. Dafoe trabaja con una ambigüedad que la película le agradece: Hunt no es racista en los términos que el siglo XXI utilizaría para procesar esa palabra, es alguien que no tiene todavía el vocabulario para cuestionar una estructura que él mismo encarna. La secuencia en que Hunt acepta, no sin resistencia, que Tenzing tiene que figurar en la cuerda de cumbre como alpinista y no como apoyo, es la escena más honesta sobre el colonialismo que una película de aventuras de esta clase ha puesto en pantalla en años: no hay catarsis, no hay redención completa, hay un hombre de sesenta años aprendiendo algo en el que se tardó demasiado.

La montaña en streaming y el peso de la fórmula

Tenzing tiene dos problemas que se refuerzan entre sí. El primero es el formato: Stefan Duscio fotografió las montañas del Himalaya y los paisajes de Nueva Zelanda con la escala que merece una historia que ocurre a 8.849 metros sobre el mar, y lo que llega al espectador es una pantalla doméstica y una interfaz con barra de progreso en la parte inferior. No es culpa de nadie en concreto, pero la paradoja es real: la película más grande en presupuesto y ambición visual que Apple TV+ ha estrenado este año pierde exactamente la dimensión que la haría irreducible —la que hace que el peligro sea físicamente comprensible— en la translación del festival al streaming. El segundo problema es la fórmula del biopic. Tenzing es una película correctamente construida, con el arco emocional en su sitio, los puntos de giro donde corresponde y la catarsis final que la historia verdadera entrega sin que el guionista tenga que inventar nada. Que eso funcione es innegable; que sea también un techo es igualmente cierto. La estructura no lineal, con los flashbacks a la infancia y juventud de Tenzing interrumpiendo el relato de la expedición de 1953, tiene lógica narrativa pero gana peso en los primeros actos y lo pierde en los intermedios, donde algunos saltos temporales ralentizan en lugar de enriquecer.

Los personajes femeninos acusan la asimetría del proyecto de forma más visible: Dawa, la esposa de Tenzing interpretada por Thinley Lhamo, y Jill Henderson, la secretaria de expedición que figura como aliada, cumplen funciones dramáticas que el guion no termina de convertir en personas. Son los puntos de apoyo de la historia del protagonista, no historias propias. Es el tipo de debilidad que los filmes de este linaje —el biopic de aventuras histórico con presupuesto y vocación de premios— llevan décadas sin resolver, y Tenzing no es la excepción que la resuelve. Con 125 minutos de metraje, hay una cuarta parte de película que una edición más ajustada podría haber ganado sin que nadie notara la pérdida.

Lo que queda cuando la película termina es suficiente para que importe: una actuación central de una solidez que el cine de aventuras rara vez consigue, una directora que viene a este material con el respeto y el conocimiento de quien ya lo trabajó en documental, y la primera vez en setenta años que alguien pone en pantalla la versión del Everest que no tenía bandera de un Imperio.