Caos noventero y puro espectáculo ‘pulp’ salvado por el desparpajo de Tom Hardy: ‘Venom’ (2018)
Spider-Man: Brand New Day ha devuelto al primer plano al universo arácnido de Sony y con él a todo el catálogo de personajes que la compañía lleva cultivando desde 2018 como alternativa paralela al MCU. El punto de arranque de ese catálogo, y la película que demostró que Sony podía construir algo propio con el material que tenía, es Venom, estrenada el 5 de octubre de 2018 bajo la dirección de Ruben Fleischer y con Tom Hardy en el doble papel de Eddie Brock y del simbionte alienígena que acaba habitando su cuerpo. La película recaudó 856 millones de dólares a escala global, obtuvo una aprobación del treinta por ciento de la crítica especializada, y generó la brecha entre recepción crítica y audiencia más desconcertante del año: cuatro de cada cinco espectadores que la vieron la valoraron positivamente mientras los profesionales la catalogaban como un desastre de guion. Que esa brecha exista no es un accidente ni un error colectivo de ninguna de las dos partes. Es la descripción más precisa de lo que la película es: una experiencia que funciona en sus momentos por razones que un análisis convencional tiende a ignorar porque no está buscando lo que Venom tiene para dar.

La primera hora sin el simbionte
El problema estructural de Venom se instala en los primeros cuarenta y cinco minutos y no desaparece del todo aunque la película mejore después: la historia de Eddie Brock antes de que el simbionte lo encuentre es, en el mejor de los casos, un thriller de ciencia ficción de segunda categoría que la película no tiene ni el presupuesto ni la sofisticación narrativa para elevar. Carlton Drake —el magnate de la biotecnología interpretado por Riz Ahmed con el mínimo compromiso que el material le exige— está importando simbiontes del espacio y experimentando con ellos en sujetos humanos sin consentimiento, y Eddie Brock, periodista de investigación en San Francisco, lo sabe porque ha accedido a los archivos confidenciales de Anne Weying, su novia abogada, para preparar una entrevista que Drake cancela en cuanto las preguntas empiezan a ser incómodas. El resultado: Eddie pierde el trabajo, pierde a Anne, pierde el apartamento, pierde el acceso al edificio donde trabaja. Es una caída narrativa perfectamente funcional y perfectamente genérica, y la película la ejecuta con la eficiencia de quien sabe que tiene que cruzar este territorio antes de llegar al otro lado. Tom Hardy pone todo lo que puede en un personaje al que el guion le ha dado la personalidad de un hombre que tropieza con sus propios pies mientras intenta ser agradable, y lo que puede es bastante, pero no es suficiente para que la primera hora sea algo más que tiempo esperado.

Cuando la cabeza habla
A partir del momento en que el simbionte se instala en el cuerpo de Eddie Brock, Venom se convierte en otra película. No en una película mejor en términos de construcción —el guion sigue siendo lo que era, los problemas estructurales no desaparecen— sino en una película que ha encontrado su razón de existir y que la explota con una energía que los primeros cuarenta y cinco minutos no habían prometido. La dinámica entre Eddie y Venom —un hombre que intenta mantener algún control sobre su propia conducta y una entidad alienígena instalada en su sistema nervioso con criterios morales completamente distintos y un hambre literal que no acepta negativas— es lo más genuinamente divertido que Sony ha producido con material Marvel, y la gracia no está en el simbionte sino en la reacción de Eddie a él. Tom Hardy juega a dos bandas con una convicción que requiere que el espectador decida en qué momento exacto dejar de preguntarse si lo que está viendo es actuación o improvisación controlada. La escena en que Eddie, acosado por el simbionte en un restaurante de lujo, acaba metido dentro de la pecera donde están las langostas del local es el ejemplo más preciso de lo que la película hace bien: Hardy decidió saltar durante el rodaje porque vio la pecera y pensó que así reaccionaría el personaje, Fleischer lo dejó y lo rodó, y el resultado es el momento más honesto de los dos horas porque es el único que no está tratando de ser una película de superhéroes. Es simplemente un hombre con un problema muy específico resuelto de la manera más absurda disponible.

El enemigo que no se ve
La paradoja de Venom como película de acción es que su secuencia más cara —la batalla final entre Eddie/Venom y Carlton Drake/Riot, el simbionte que ha colonizado al villano y que representa la amenaza máxima del relato— es también la menos efectiva. Dos masas de materia orgánica negra colisionando en la oscuridad a velocidades que el ojo humano no puede seguir es visualmente exactamente lo que suena: confuso, ruidoso y emocionalmente opaco. La relación entre Eddie y Venom ha funcionado durante una hora porque la cámara podía mostrar a Tom Hardy reaccionando a una voz en su cabeza; en el tercer acto, el simbionte se exterioriza por completo y lo que queda es un efecto visual que no tiene rostro contra otro efecto visual que tampoco lo tiene. Riz Ahmed, que en otras condiciones es un actor con la capacidad de construir amenaza desde dentro, ha pasado la película entera siendo el ejecutivo corporativo sin carisma que los blockbusters de superhéroes producen en serie cuando el guion no tiene tiempo para el villano porque está demasiado ocupado con el protagonista. El Carlton Drake que Riot finalmente ocupa no es más amenazante que el Carlton Drake de antes, y la consecuencia es que la batalla por la que la película ha sido construida llega sin el peso que necesitaría. Venom de 2018 es, en definitiva, exactamente la película que su brecha entre crítica y audiencia describe: floja en lo que una película de acción tiene que ser y genuinamente entretenida en lo que ningún análisis de película de acción busca. Que eso sea suficiente para ocho secuelas y spin-offs es la información más útil que el universo arácnido de Sony ha producido sobre qué es lo que la gente va al cine a buscar.





