El western de Sutter que no pudo terminar ni su propio creador: ‘The Abandons’
Kurt Sutter lleva en el currículum The Shield y Sons of Anarchy, lo que significa que lleva también la presunción de que cuando tarda veinte años en hacer algo —porque The Abandons estaba en su cabeza antes de que existiera el club de los Hijos de la Anarquía— ese algo merece la espera. Netflix estrenó la serie en diciembre de 2025, la canceló en enero de 2026 con la serie todavía caliente en el servidor, y cerró el capítulo con la eficiencia de quien sabe que cuanto antes, mejor. Lo que ocurrió en el intervalo es la historia de una ambición legítima ejecutada con unos problemas tan graves que Sutter no llegó a terminar de resolverlos: literalmente, porque abandonó la producción semanas antes de que terminara el rodaje y la entrega final quedó en manos de otros. El verbo abandonar en el título tiene más capas de las que el espectador puede prever.

El concepto y la promesa del Oeste
The Abandons se sitúa en el Territorio de Washington en la década de 1850, en un enclave llamado Angel’s Ridge, y propone la colisión entre dos familias como motor de toda la acción. De un lado, Fiona Nolan —una mujer irlandesa profundamente religiosa que lidera a un grupo de cuatro huérfanos adultos en una granja que han construido con sus manos— y de otro, Constance Van Ness, propietaria de la mina de plata de la zona y del poder político que esa propiedad genera. El detonante: Dahlia, una de los huérfanos de los Nolan, hiere mortalmente a un hijo de los Van Ness cuando este intenta agredirla sexualmente, y la venganza de Constance convierte lo que era una disputa de tierras en una guerra de exterminio. El concepto tiene la estructura correcta del western como género: un territorio en los márgenes de la ley donde la violencia es la moneda de cambio, dos bloques de poder enfrentados con razones comprensibles en los dos lados, y una víctima que desencadena el conflicto sin haberlo buscado. Sutter lleva décadas perfeccionando la gramática de las lealtades de clan y la violencia como lenguaje político —lo hizo en el club de moteros de Sons of Anarchy, lo había hecho en el cuerpo de policía de The Shield—, y trasladarla a la frontera americana del siglo XIX debería ser un movimiento natural. El problema es que el traslado no funciona. Los diálogos intentan un tono grandilocuente de época que en los mejores momentos resulta arcaico y en los peores resulta directamente ridículo. La estructura de los episodios avanza con la irregularidad de quien no terminó de decidir qué historia quería contar, y subtramas que se abren con aparente importancia desaparecen sin resolución suficiente, como si las páginas del guion que las cerraban se hubieran perdido en el camino.

Gillian Anderson, Lena Headey y el desequilibrio del reparto
Lo que la serie tiene de salvable está casi todo en Gillian Anderson. Constance Van Ness es el tipo de antagonista que el western necesita para funcionar como tragedia en lugar de como aventura: una mujer que ha construido su poder en un mundo que no la contemplaba como poseedora de ninguno, que conoce exactamente el precio que ha pagado por cada concesión que ha hecho, y que ha decidido que el único modo de no volver a pagar ese precio es no conceder nunca más. Anderson construye al personaje con la precisión de quien ha aprendido a hacer mucho con material que no siempre está a su altura —tiene una carrera llena de ese aprendizaje—, y cada escena en que aparece instala la temperatura que la serie promete en su conjunto y rara vez cumple en otro sitio. Lena Headey como Fiona Nolan es la decepción más difícil de articular porque Headey es una actriz capaz de exactamente lo que el personaje necesitaría: la dureza sin crueldad, la fe como coraza y como herida simultánea, el liderazgo sobre personas que no tiene obligación de proteger y que protege de todas formas. Todos esos registros están en el papel. Lo que el guion no le da son los momentos que los hagan legibles, y el resultado es una protagonista cuya motivación se enuncia pero no se siente. Aisling Franciosi como Trisha Van Ness, la hija de Constance atrapada entre la lealtad familiar y la conciencia propia, es el otro personaje con potencial real al que el arco argumental le llega tarde y de forma insatisfactoria. Patton Oswalt en un papel secundario produce el tipo de disonancia que solo genera el casting que nadie puede explicar del todo: no es mala actuación, es la presencia equivocada en el lugar equivocado, con el peso equivocado.

La salida de Sutter y lo que la serie no llegó a ser
En octubre de 2024, con el rodaje de The Abandons prácticamente terminado pero los últimos ajustes todavía por cerrar, Kurt Sutter dejó la producción. Los directores Otto Bathurst y Rob Askins se hicieron cargo de la recta final. No hay una versión oficial detallada de qué ocurrió —las circunstancias de la salida permanecen opacas— pero el resultado es visible en pantalla: una serie que tiene la sensación de haber sido terminada por personas que entendían lo que Sutter estaba intentando sin tener su voz para resolverlo. No es la primera vez que Sutter fracasa con una serie de época: The Bastard Executioner, su incursión en la Inglaterra medieval del siglo XIV para FX en 2015, fue cancelada tras una temporada con problemas de recepción similares. La diferencia es que aquella la terminó él, y esta no. El western americano del siglo XIX es un territorio que la televisión reciente ha explorado con resultados extraordinarios, y The Abandons tenía los mimbres de personaje y conflicto para entrar en esa conversación. Lo que no tuvo fue el tiempo, la coherencia narrativa y la mano firme que ese material exige. Netflix la canceló a las siete semanas del estreno. Gillian Anderson y Lena Headey merecían una serie mejor. Sutter también, aunque en este caso sea el primero responsable de que no lo fuera.





