El duelo intelectual que sacude Buenos Aires: ‘La última sesión de Freud’

Hay obras que entretienen, obras que emocionan y luego está ese extraño tipo de teatro que consigue algo mucho más incómodo: hacerte sentir intelectualmente acorralado. La última sesión de Freud pertenece a esa categoría. Uno entra pensando que asistirá a una elegante conversación de época entre dos mentes brillantes y sale con la sensación de haber presenciado una pelea clandestina entre dos maneras incompatibles de entender la existencia. Quizá eso explique por qué, más de una década después de su estreno original y tras recorrer medio mundo, esta nueva versión porteña dirigida por Daniel Veronese sigue provocando ovaciones de pie en Buenos Aires. No estamos ante una pieza biográfica; estamos ante una obra sobre el miedo a morir, el miedo a estar equivocado y el descubrimiento de que, cuando el dolor aprieta de verdad, incluso el hombre que diseccionó la religión podría necesitar algún tipo de consuelo. El gran truco de la función es convertir un duelo filosófico potencialmente árido en un thriller verbal donde cada argumento funciona como un puñetazo directo al mentón.

Dos hombres hablando y el fin del mundo como ruido de fondo

La premisa es tan simple como brillante: es septiembre de 1939 e Inglaterra acaba de entrar en la Segunda Guerra Mundial. Un Freud enfermo, exiliado y consumido por un cáncer de mandíbula recibe en su casa londinense al escritor C.S. Lewis, antiguo ateo convertido al cristianismo. A partir de ahí, Mark St. Germain construye un combate dialéctico donde religión, sexo, sufrimiento y la necesidad de creer chocan constantemente sin que ninguno logre una victoria definitiva. La obra entiende que las grandes discusiones humanas no se resuelven, solo cambian de forma. Mientras Freud lanza preguntas devastadoras sobre el sufrimiento infantil y la irracionalidad de la fe, Lewis responde desde la necesidad espiritual y la incapacidad de la razón pura para llenar determinados vacíos. El texto nunca cae en el panfleto porque ambos personajes están menos interesados en convencer al otro que en sobrevivir emocionalmente a sí mismos en un mundo que parece haber perdido la cordura.

Luis Machín y el cuerpo que duele

Lo que hace Luis Machín en esta función explica por qué el teatro sigue siendo irreemplazable frente al audiovisual. No intenta imitar la iconografía clásica del padre del psicoanálisis ni construir un personaje histórico superficial; lo que hace es convertir a Freud en un cuerpo que duele. Cada movimiento parece atravesado por el desgaste físico y cada ironía funciona como un mecanismo de defensa contra la muerte que avanza lentamente fuera de campo. Hay momentos donde la obra parece detenerse simplemente para verlo pensar, logrando un equilibrio hipnótico entre vulnerabilidad extrema y ferocidad mental. Javier Lorenzo, por su parte, evita el error de intentar competir con Machín desde el exceso, construyendo un Lewis contenido y elegante que trabaja desde la escucha activa, sosteniendo la tensión intelectual del intercambio sin buscar robar la escena.

La dirección de Veronese: el valor de no sobreexplicar

Uno de los mayores aciertos de Daniel Veronese es no intentar modernizar artificialmente la propuesta. En una época obsesionada con sobreexplicar visualmente cualquier texto, aquí la dirección comprende que el verdadero espectáculo está en las ideas y los cuerpos. La escenografía de Diego Siliano reconstruye el estudio de Freud con una elegancia funcional donde destaca el diván, convertido casi en un tercer personaje. La guerra está presente no como espectáculo, sino como un ruido de fondo moral que convierte la conversación en algo más grande que un debate académico. Lo que está en juego no es quién tiene razón, sino cómo seguir creyendo en algo cuando el mundo se desmorona bajo la amenaza nazi. Esta producción recupera el riesgo intelectual, obligando al espectador a una atención real que casi parece un acto radical en 2026.

El reconocimiento de la fragilidad mutua

Al final, bajo todo el aparato intelectual y las referencias cruzadas, La última sesión de Freud habla simplemente de la incertidumbre universal. El creyente duda, el ateo busca consuelo y el racionalista teme al vacío. Mientras ambos intentan desmontar la lógica del oponente, lo que emerge lentamente es el reconocimiento mutuo de su propia fragilidad. Ahí es donde la función deja de ser simplemente brillante para volverse profundamente conmovedora. En lugar de una lección de historia, lo que presenciamos es a dos hombres intentando encontrar una forma soportable de enfrentarse a la finitud. Es teatro que no busca que consumas ideas, sino que pelees con ellas, recordándonos que el escenario sigue siendo el lugar más peligroso y necesario para hacernos las preguntas que nadie quiere responder.