Venganza ‘pulp’, violencia analógica y el carisma descarnado de Thomas Jane: ‘The Punisher’ (2004)

Jon Bernthal vuelve a Frank Castle en Spider-Man: Brand New Day, y la vuelta del Punisher al cine en un papel de envergadura obliga a hacer algo que el ciclo de noticias raramente permite: volver atrás y evaluar con honestidad lo que el personaje ha tenido en la pantalla grande antes de esta película. La respuesta es tres intentos entre 1989 y 2008, de los cuales dos son cuanto menos discutibles y uno —el de Thomas Jane en 2004, dirigido por Jonathan Hensleigh— es la única ocasión en que alguien se tomó la molestia de preguntar qué tipo de película debería ser una historia del Punisher antes de empezar a rodarla. La respuesta que Hensleigh y su coguionista Michael France encontraron no es del todo correcta, pero el hecho de que exista, de que la película tenga una tesis sobre Frank Castle más allá de «hombre de negro que dispara a los malos», es lo que convierte a The Punisher de 2004 en un objeto cinematográfico más interesante de lo que su recepción en su momento sugirió y más fallido de lo que la nostalgia ha tendido a recordar.

El vigilante que no dispara de inmediato

La decisión más arriesgada que toma The Punisher de 2004 no tiene nada que ver con la acción: tiene que ver con la paciencia. Frank Castle, el agente del FBI al que el crimen organizado masacra a toda su familia durante una reunión en Puerto Rico, no responde al ataque de Howard Saint con fuego inmediato. Se recupera, se instala en un edificio de apartamentos de Tampa, y empieza a ejecutar un plan que durante una hora larga de metraje es más de inteligencia emocional que de munición: descubre que Quentin Glass, el hombre de confianza de Saint, mantiene en secreto una relación con otro hombre; planta pistas falsas para hacer creer a Saint que su mujer lo engaña con Glass; lo manipula hasta que Saint mata a los dos seres en quienes más confía antes de que Castle haya disparado un solo tiro en su dirección. La idea es sólida. La idea es, de hecho, la más interesante que ninguna adaptación cinematográfica del Punisher ha intentado: un Castle que ejerce la violencia como instrumento de una estrategia más fría y más cruel que el tiroteo directo, que castiga a Saint destruyendo lo que Saint más quiere antes de destruirlo a él. El problema es que la película no sabe sostener esa paciencia en términos emocionales: los mecanismos del plan funcionan como engranajes de relojería en el papel, pero la distancia clínica que el personaje mantiene durante demasiado tiempo acaba trabajando en su contra cuando el espectador necesita sentir algo más que admiration técnica por la maniobra.

La sombra del actor y la ausencia del villano

Thomas Jane construye a Frank Castle desde el cuerpo hacia dentro. Entrenó con unidades de las Fuerzas Especiales, ganó veinte kilos de músculo, y lleva el trauma de su personaje con una contención que en los mejores momentos —los más silenciosos, los más estáticos— convierte al Castle de 2004 en la versión cinematográfica más creíble del personaje que existe. No porque Jane sea un actor más complejo que otros que lo han interpretado, sino porque entiende que Frank Castle no puede actuar el dolor desde fuera: tiene que habitarlo, y la mayor parte del tiempo la película le exige exactamente eso y él lo hace exactamente bien. El problema está al otro lado de la ecuación. John Travolta como Howard Saint es un villano que la película necesita que sea la encarnación de todo lo que destruyó la vida de Castle, y Travolta entrega un Saint que raramente parece peligroso, cuya crueldad aparece en destellos intermitentes en lugar de en un fondo constante, y cuya derrota emocional —el hombre al que han manipulado para que destruya su propio mundo antes de que Castle lo destruya a él— requeriría una vulnerabilidad que Travolta no termina de permitir al personaje. Una historia de venganza funciona en la proporción directa en que el espectador puede creer que el villano merecía lo que le hicieron y que la persona a quien se lo hicieron era alguien que valía la pena salvar. The Punisher de 2004 convence en lo segundo. Falla en lo primero.

El barrio, el ruso, y el problema del tono

The Punisher de 2004 tiene una secuencia de pelea con un asesino a sueldo ruso —interpretado por Kevin Nash, dos metros diez de músculo— en la que Frank Castle absorbe una cantidad de daño físicamente imposible mientras la ópera suena de fondo y la brutalidad de la coreografía oscila entre lo genuinamente violento y lo casi cómico. La secuencia es memorable. También es el síntoma más preciso de lo que la película no puede resolver: un tono que lleva noventa minutos sin saber cuánto peso dramático puede pedir al espectador antes de aliviarlo con algo que se parece a la ironía pero no llega a serlo del todo. El barrio de Tampa donde Castle se instala —Joan la vecina maltratada, Dave el chico con los piercings, Bumpo el tímido cocinero aficionado— introduce una dinámica de comunidad entre personas rotas que podría haber sido el contrapunto emocional necesario a la frialdad del plan de Castle, el recordatorio de que la violencia tiene destinatarios humanos que no caben en ninguna estrategia. La película no sabe qué hacer con esa posibilidad y acaba tratando a esos personajes como decoración de una historia que no tiene espacio para ellos. El Harry Heck de Mark Collie —un asesino que aparece a tocar la guitarra y cantar una canción sobre la muerte de Castle antes de intentar matarlo— es exactamente la clase de momento que en otro tipo de película funcionaría como ruptura tonal deliberada y aquí queda simplemente sin contexto. The Punisher de 2004 llega al final siendo lo que fue desde el principio: la película con la idea más interesante sobre el personaje y la ejecución más irregular de esa idea. Con Jon Bernthal funcionando en el MCU, eso es suficiente para lamentarlo.