El Peter Parker favorito de nadie… pero amado por todos: The Amazing Spider-Man
Cuando Sony decidió reiniciar la franquicia del hombre araña cinco años después de Spider-Man 3 —no porque la anterior entrega hubiese terminado bien, sino porque los derechos de explotación del personaje tienen una lógica propia que poco tiene que ver con el arte— la decisión más reveladora no fue el casting de Andrew Garfield ni el abandono de Mary Jane en favor de Gwen Stacy. La decisión más reveladora fue el director. Marc Webb había hecho exactamente una película: (500) Days of Summer, una comedia romántica indie de presupuesto modesto sobre dos personas que quieren cosas distintas del amor y cómo ese desajuste destruye la relación antes de que ninguno de los dos lo admita. Eso no suena a película de superhéroes. Suena, sin embargo, exactamente al tipo de aproximación que le faltaba al hombre araña en pantalla. The Amazing Spider-Man (2012) es una película de superhéroes que funciona mejor cuando no lo parece, y que falla casi exactamente cada vez que tiene que recordar lo que se supone que es.

El hombre correcto para el proyecto equivocado
Marc Webb llega a una producción de doscientos millones de dólares con el bagaje de alguien que sabe cómo filmar la incomodidad emocional de dos personas que no saben cómo decirse lo que sienten. Eso, en el contexto de un Peter Parker adolescente que acaba de descubrir que puede trepar paredes y que tiene que seguir yendo al instituto, resulta ser exactamente el instrumento adecuado. El film retrasa cincuenta minutos la aparición del traje. Durante esa primera hora, Peter Parker es un chico con demasiada inteligencia y demasiado miedo social, que patina, que se mete en peleas que no puede ganar, que investiga la desaparición de sus padres con la obsesión de quien no tiene otra cosa a la que aferrarse. Webb filma eso con la misma atención con la que filmaría cualquier drama de personaje, y Garfield le corresponde con una interpretación que no busca la épica sino la credibilidad. Su Peter Parker no es el muchacho bueno y atribulado que Tobey Maguire construyó durante tres películas bajo la batuta de Sam Raimi; es alguien más específico, más nervioso, con un sentido del humor que usa como escudo y una capacidad de autoengaño que lo convierte en un personaje genuinamente contemporáneo.
La comparación con Raimi es inescapable pero merece dos frases: la trilogía anterior era espectáculo emocional de alta temperatura, operática en sus ambiciones, casi teatral en su disposición a jugar con el melodrama de los cómics. Webb propone lo contrario, una película de superhéroes filmada casi como si fuese un drama indie, y el contraste no es un juicio de valor sino una elección estética. Que The Amazing Spider-Man apareciese solo cinco años después de Spider-Man 3 le puso una losa encima que ninguna elección estética podía levantar del todo: el origen de Peter Parker vuelve a contarse, el tío Ben vuelve a morir, y la sensación de déjà vu es estructural, no circunstancial.

Peter y Gwen: el mejor romance del cine de superhéroes
Lo que la película hace con esa materia prima es donde reside su mayor logro, y el logro tiene nombre y apellido: Gwen Stacy. Emma Stone construye el personaje más inteligente e independiente que el cine de superhéroes le había dado hasta ese momento a una figura femenina de interés romántico. Gwen no espera a que Peter la salve. Trabaja en Oscorp, entiende de bioquímica mejor que la mayoría de los adultos de la película, y toma sus propias decisiones sobre a quién apoyar y cuándo. Que Stone y Garfield estuviesen saliendo realmente durante el rodaje es la clase de dato que los actores niegan en entrevistas y que la pantalla confirma de inmediato: la química entre los dos no es la de dos intérpretes bien ensayados sino la de alguien que no puede evitar mirarte de cierta manera, y Webb tiene la inteligencia de dejarla respirar en lugar de apresurarla. La escena en la que Peter intenta torpemente invitar a salir a Gwen en el instituto es mejor cine romántico que la mayoría de las comedias de ese año.
Denis Leary como el capitán Stacy, padre de Gwen, completa el triángulo de la película con una actuación que hace mucho con poco: un policía que no confía en Spider-Man pero tampoco está equivocado en no hacerlo, que protege a su hija de la única manera que sabe y que paga el precio de vivir en una ciudad donde las decisiones de los demás tienen consecuencias fatales. La promesa que Peter le hace en su peor momento —y que desde luego no puede cumplir— es el tipo de compromiso imposible que define a este personaje en los cómics, y aquí funciona porque tiene peso emocional real antes de tener peso narrativo.

El lagarto en la habitación
El problema de The Amazing Spider-Man no es Peter Parker ni Gwen Stacy ni Marc Webb. Es el Lagarto. Rhys Ifans hace todo lo que puede con el Dr. Curt Connors, un científico que se inyecta su propia seroterapia de ADN reptiliano para recuperar el brazo que perdió y acaba convirtiéndose en una amenaza para la ciudad. Las motivaciones son comprensibles, la relación con Peter tiene potencial, y Ifans tiene la presencia para hacer algo interesante con el personaje. Luego se transforma, y el diseño digital del Lagarto —enorme, liso, sin la complejidad visual que necesitaría para sostener los últimos cuarenta minutos de película— aplana todo lo que Ifans había construido. Es el tipo de villano que resulta más amenazante cuando habla que cuando destruye cosas, lo cual es exactamente el problema equivocado en el tercer acto de una película de acción.

El subtexto de los padres de Peter, Richard y Mary Parker, cuya desaparición sirve de motor para que él llegue a Oscorp y sea mordido por la araña, se introduce con la promesa de ser más que un MacGuffin y termina sin resolver nada que importe para esta película concreta. Es el tipo de hilo narrativo que tiene sentido si ya sabes que habrá secuela —y Sony lo sabía— pero que en el contexto de una obra que debería funcionar sola produce la sensación de estar leyendo el primer capítulo de algo que no ha terminado de empezar. The Amazing Spider-Man es una película que confía en sus personajes y no siempre en su historia, y cuando esos dos elementos entran en conflicto en el último tramo, los engranajes del blockbuster hacen demasiado ruido como para no escucharlos.





