Seis meses y veintiséis razones para no soltarlo: los mejores cómics del primer semestre de 2026

Ponerse en la piel de un jurado de premios —de los que leen todo lo que existe antes de decidir cuál merece el reconocimiento— obliga a un tipo de atención diferente al del lector habitual: más sistemática, más dispuesta a salir de los géneros y los mercados de confort, más atenta a lo que llega de sitios que el algoritmo de ninguna plataforma habría sugerido. Con ese criterio se ha construido esta lista de los veintiséis mejores cómics del primer semestre de 2026: manga publicado en Tokio y álbum europeo llegado de París o Bruselas, cómic español que publica Astiberri, Norma, Reservoir o La Cúpula, independiente americano de Image o Drawn & Quarterly, y los pocos títulos de Marvel y DC que entre enero y junio han justificado la etiqueta del mainstream con algo más que el nombre de sus personajes. El criterio de elegibilidad es que la obra haya aparecido por primera vez en ese período. La excepción, necesaria y explícita, son las series en curso cuyas etapas anteriores ya tenían su propio lugar en listas anteriores: si sus arcos y números de este semestre han mantenido o superado sus propios estándares, tienen un lugar aquí, porque ignorar ese trabajo por cuestiones de debut sería dejar fuera lo mejor de algunos de los proyectos más ambiciosos del medio. En el puesto veintiséis está lo suficientemente bueno para estar. En el uno está lo que ha definido el año.

26. Ryan North, Humberto Ramos — Fantastic Four (Marvel)

Ryan North arrancó su etapa en la cabecera más longeva de Marvel con una premisa de ciencia ficción clásica y un giro de mecánica de videojuego: el Doctor Doom dispersa a los Cuatro Fantásticos por distintos períodos de la historia, y Reed Richards tiene acceso a un punto de guardado que le permite procesar los fracasos como iteraciones en lugar de como derrotas. La lógica interna del truco es más sólida de lo que parece a primera vista, y North la usa para hablar de lo que siempre ha importado en este título: la familia como tecnología de supervivencia, la responsabilidad del conocimiento y la certeza de que los problemas imposibles solo se resuelven juntos. Humberto Ramos pone la energía que la acción necesita y el afecto que los personajes también.

25. Kyo Tanimoto — Under Doctor (Shueisha / Weekly Shōnen Jump)

Que Weekly Shōnen Jump —la revista de Dragon Ball, de Naruto, de One Piece— publicara una serie de drama médico adulto y sin concesiones era, en el papel, la combinación menos probable del año. Kyo Tanimoto construye Under Doctor sobre la tensión entre lo que los sistemas sanitarios prometen y lo que pueden realmente dar, sin héroes carismáticos que salvan vidas con el poder de la amistad y sin cirugías espectaculares como metáforas del coraje: solo casos difíciles, decisiones éticas imposibles y una economía narrativa que hace que cada capítulo cueste más de lo que esperas. El experimento está funcionando, y que esté en Jump es parte de lo que lo hace interesante.

24. Kelly Thompson, Hayden Sherman — Absolute Wonder Woman (DC)

La línea Absolute de DC ha reseteado sus grandes personajes desde cero, y el resultado más interesante hasta ahora puede ser este: Kelly Thompson devuelve a Diana a algo más cercano a la leyenda que a la superheroína, prescinde de la mitología acumulada por décadas de continuidad y entrega una guerrera que lleva el peso de su origen sin la amortiguación de los trajes actualizados y los crossovers de catálogo. Hayden Sherman dibuja con una angularidad que hace que cada pelea parezca esculpida más que animada, y esa tensión entre la violencia del trazo y la carga moral del personaje es exactamente lo que el título necesitaba para diferenciarse de todo lo que se había publicado con ese nombre antes.

23. Hakuri — Witchriv (Shueisha / Jump+)

La plataforma digital Jump+ ha producido algunos de los mangas más ambiciosos de los últimos años precisamente porque su formato libera a los autores de las restricciones de público de las revistas físicas, y Witchriv de Hakuri es una demostración de por qué esa libertad importa. Una historia de magia y conflicto territorial que usa el género de fantasía para hablar de pertenencia y de identidad con una densidad visual que Hakuri construye página a página sin recurrir a los atajos habituales del género. Exige más de lo que promete en los primeros capítulos, y eso es exactamente el tipo de apuesta que merece atención sostenida.

22. Chris Condon, Charlie Adlard — Of the Earth (Image)

Chris Condon llegó al radar del lector de cómic independiente con That Texas Blood, un thriller rural de horror lento que demostró que había algo más detrás del pastiche de género. Charlie Adlard lleva décadas siendo la cara visual de la ficción de zombis más importante del medio. Of the Earth los reúne en un proyecto conjunto que tiene la economía de trazo y la incomodidad sostenida de sus trabajos por separado, y que sitúa el horror en el territorio más difícil de cartografiar: lo que la tierra guarda y lo que las familias callan generación tras generación. Image tiene semestres mejores en cifras; en calidad de apuesta artística, este tipo de colaboración sigue siendo su argumento más sólido.

21. Victor Coutard, Walter Guissard — Cécile la Shérif (Casterman)

El álbum europeo tiene una tradición de géneros populares reinterpretados desde la periferia —el western narrado desde la perspectiva de quien las narrativas clásicas dejaban fuera del saloon—, y Cécile la Shérif encaja en esa tradición con la seguridad de quien no necesita justificarla. Coutard construye una protagonista que funciona dentro y contra las convenciones del género, Guissard dibuja los paisajes con una amplitud que hace que la soledad geográfica sea también una condición moral, y el resultado es uno de esos álbumes que Casterman publica sin demasiado ruido y que los lectores atentos encuentran con la sensación de que nadie se los había señalado suficientemente. Este es el señalamiento.

20. Nadine Takvorian — Armaveni (Levine Querido)

Levine Querido es uno de esos sellos pequeños que publican exactamente lo que les parece importante sin ningún tipo de condescendencia hacia el lector, y Armaveni de Nadine Takvorian es el tipo de proyecto que explica por qué eso sigue siendo necesario. Un relato que usa la herramienta del cómic para hacer visible lo que el lenguaje narrativo convencional tiende a ocultar —las elipsis, los silencios, los espacios en blanco que en una viñeta son literalmente espacios en blanco— con una honestidad que incomoda en el buen sentido. Takvorian convierte la forma en argumento, y eso no es algo que pase en todas las páginas de todos los libros.

19. Natalia Velarde — Encías quemadas (Reservoir Books)

Natalia Velarde construye en Encías quemadas un relato que trabaja el cuerpo desde dentro: no como metáfora, sino como territorio con sus propias reglas, sus propias traiciones y su propia memoria de todo lo que se ha vivido en él. Reservoir Books sigue consolidando su catálogo de cómic de autor en español con apuestas que mezclan vulnerabilidad y precisión formal, y este es uno de los títulos que mejor justifican esa línea editorial: incómodo como tiene que serlo, exacto en el trazo y sin ningún tipo de concesión al lector que preferiría que las cosas fueran más fáciles de procesar. El dolor de boca como metáfora es más amplio de lo que parece.

18. Marcelo D’Salete — Tiodora’s Letters (Fantagraphics)

Marcelo D’Salete lleva años siendo uno de los grandes narradores de la resistencia afrobrasileña en el cómic —Cumbe y Angola Janga son dos de las obras más importantes del medio en lo que llevamos de siglo—, y Tiodora’s Letters no abandona ese territorio sino que lo explora desde un ángulo diferente: el formato epistolar, la voz de una mujer que escribe cartas que no sabe si llegarán, el pasado que se cuela en el presente a través de lo que alguien dejó escrito. Fantagraphics publica su trabajo con la cuidada edición que merece. Para quien aún no haya encontrado a D’Salete, este puede ser el punto de entrada; para quien lo sigue, es la confirmación de que no afloja.

17. Bea Davies — Super-Gau (Steinkis)

Super-Gau es el término alemán para designar el accidente máximo creíble —el desastre nuclear que los protocolos de seguridad teóricamente evitarían—, y Bea Davies usa esa expresión como título de un álbum que trabaja el catastrofismo no como espectáculo sino como estado mental crónico. Steinkis publica desde París algunos de los trabajos más incómodos del cómic europeo contemporáneo, y este encaja perfectamente en su catálogo: una obra que pregunta qué ocurre cuando la contingencia deja de ser contingente y se convierte en la única constante posible. Davies dibuja con una austeridad que hace que el peso de lo que narra quede en el blanco de la página, no acumulado en la línea.

16. Tate Brombal, Jacob Phillips — Everything Dead and Dying (Image)

Tate Brombal tiene el instinto del escritor de horror que sabe que el miedo más efectivo es el que tarda en llegar: sus proyectos anteriores operan sobre una tensión que se construye capítulo a capítulo antes de liberar lo que ha estado acumulando. Jacob Phillips ha heredado de su padre el dominio del color como herramienta narrativa —la paleta no describe la escena, la predice— y Everything Dead and Dying usa esa combinación para explorar el duelo desde un ángulo que el género no suele frecuentar: lo que queda después del horror, no el horror en sí mismo. Un título que mejora con la relectura, que es la prueba más difícil de superar.

15. Arizona O’Neill — Opioids & Organs (Drawn & Quarterly)

Drawn & Quarterly tiene una línea de cómic documental y autoficción que lleva décadas siendo la más honesta del mercado anglohablante, y Opioids & Organs de Arizona O’Neill encaja en esa línea con la urgencia de quien necesita contar algo que no puede esperar a que las formas se asienten. La crisis de los opioides en Norteamérica vista desde dentro —desde los cuerpos que pagan el precio de la prescripción médica convertida en industria y de la adicción convertida en estadística—, con un trazo que tiene la irregularidad del diario más que la prolijidad del autor que cuida el aspecto. Esa irregularidad no es descuido: es la honestidad del proyecto.

14. Frantz Duchazeau — Marcel Bascoulard (Sarbacane)

Marcel Bascoulard fue un artista callejero de Dijon que pasó décadas vagando por la ciudad vestido con ropa de mujer, dibujando con una precisión técnica extraordinaria que nadie le había enseñado, viviendo al margen de todo sistema sin que el margen le pareciera una condición triste. Frantz Duchazeau le dedica un álbum que tiene la inteligencia de no intentar explicarlo: Bascoulard no es una rareza que necesita diagnóstico sino una vida que merece ser narrada tal como fue, con toda su extrañeza y toda su coherencia interior. La biografía dibujada tiene pocas obras que respeten tanto a su sujeto. Esta es una de ellas.

13. Deniz Camp, Jonas Scharf, Terry Dodson — Ultimate Endgame (Marvel)

Cinco números para cerrar el universo que Jonathan Hickman había relanzado en 2023 con la premisa más perturbadora del cómic de superhéroes reciente: los héroes no viven en un mundo libre sino en uno diseñado, construido y administrado durante dos mil años por el Maker, el Reed Richards de la Tierra-616 corrompido por la obsesión y el tiempo distorsionado. Deniz Camp convierte la amenaza en ensayo sobre el libre albedrío y el precio de resistir un sistema hecho para aplastarte, hay muertes que cuestan de verdad —Steve Rogers no vuelve—, y Jonas Scharf dibuja el horror corporal del Maker fusionado con su propia Ciudad con una inventiva que funciona exactamente porque no busca ser espectacular. Un evento que quería ser más que un evento y en sus mejores páginas lo consigue.

12. Maria Llovet — Artificial (Image)

Maria Llovet ha construido una carrera en el cómic estadounidense que no tiene equivalente exacto entre los autores españoles publicados allí: trabaja en el cruce del horror, el erotismo y la mitología con un control del trazo que hace que sus páginas sean reconocibles antes de leer el crédito. Artificial explora la inteligencia construida desde un ángulo que el género suele evitar —no el miedo a la máquina que supera al humano sino la soledad de algo que aprende a desear sin haber sido diseñado para ello—, y Llovet dibuja esa tensión con la misma precisión desconcertante que ha aplicado a todos sus proyectos anteriores. Image sigue siendo el lugar donde puede hacer lo que quiere, y lo que quiere sigue siendo exactamente lo que debería.

11. Derek Kirk Kim, Jacob Perez — Royals (Image)

Derek Kirk Kim es uno de los grandes autores del cómic independiente americano de los últimos veinte años —Same Difference es una obra mayor del género— y Royals, su proyecto con el dibujante Jacob Perez, tiene la sensación de un autor que ha esperado el momento adecuado para la historia que quería contar: una deconstrucción del poder y la institución a través de personajes que llevan el peso de la representación sin haber pedido ser símbolos. Perez dibuja con una solidez que tiene presente el legado del cómic de superhéroes y al mismo tiempo lo desmonta desde dentro. Una de las apuestas más interesantes del catálogo de Image en lo que llevamos de año.

10. Jean-David Morvan, Bénédicte Matet, Roberto Ortiz — Ce que j’ai vu à Auschwitz (Dupuis)

El cómic documental sobre el Holocausto tiene una tradición que arranca en Maus y que desde entonces ha generado trabajos de calidades muy distintas; Ce que j’ai vu à Auschwitz se distingue por la elección del punto de vista: no el superviviente sino el testigo, el que estuvo y vio y tuvo que vivir el resto de su vida con haber visto. Dupuis publica este álbum con la seriedad que merece el tema y la atención a la documentación que exige un proyecto de este tipo, y el trabajo de Roberto Ortiz en el dibujo convierte la reconstrucción histórica en algo que va más allá del registro: hay un peso moral en cada viñeta que no tiene que ver con el esfuerzo de documentación sino con la decisión de qué mostrar y cómo. Una obra que no va a estar en todas las listas porque no es cómoda. Por eso mismo tiene que estar en esta.

9. Scott Snyder, Nick Dragotta — Absolute Batman (DC)

Scott Snyder lleva más de una década siendo el escritor de Batman más importante de su generación —su etapa New 52 con Greg Capullo definió cómo el personaje funcionaba en el siglo veintiuno—, y en Absolute Batman ha hecho exactamente lo más arriesgado que podía hacer: empezar desde cero con una premisa que quita al personaje lo único que parecía inamovible. Bruce Wayne no es millonario en este universo. Es un chico de barrio que construye Batman con la ayuda de su comunidad, y esa decisión transforma la fantasía del poder individual en algo más complejo y más incómodo. Nick Dragotta —East of West con Jonathan Hickman— dibuja Gotham con una densidad urbana que hace que la ciudad sea un personaje antes de que aparezca ningún otro.

8. Sebas Martín — La piel como única bandera (La Cúpula)

Sebas Martín lleva años siendo uno de los autores más honestos del cómic español, y La piel como única bandera es su trabajo más personal y más necesario hasta la fecha: un relato que usa el cuerpo como territorio político, que habla de identidad y pertenencia sin el lenguaje abstracto que esas palabras suelen generar, y que convierte lo íntimo en lo más universal que tiene. La Cúpula sigue siendo el sello que publica lo que nadie más publicaría con la convicción de quien sabe que existe un lector para ello, y este es el tipo de proyecto que demuestra que esa convicción tiene razón. Una de las obras más importantes del cómic español de este año, y eso no es una frase que se diga sin pensarlo.

7. Zander Cannon — Sleep (Image)

Zander Cannon creó Kaijumax, una de las series más originales de su generación —monstruos gigantes en un sistema penitenciario como metáfora del complejo industrial carcelario—, y Sleep es un proyecto distinto en tono pero con la misma voluntad de usar el fantástico para hablar de algo que el realismo no puede abordar sin perder precisión. El sueño como estado alterado, como frontera entre lo que somos cuando estamos despiertos y lo que somos cuando no tenemos que serlo, y las criaturas que habitan ese otro lado no como amenaza sino como reflejo. Cannon dibuja con una inventiva de página que hace que la lectura sea también una experiencia de desorientación controlada. Funciona mejor de lo que el concepto haría creer.

6. Kei Urana — Gachiakuta (Kodansha)

Gachiakuta lleva varios volúmenes siendo uno de los mangas más consistentes de su categoría, y sus entregas de este semestre han confirmado que Kei Urana no ha perdido el control de una historia que tiene la ambición de mezclar acción de alto voltaje con crítica social sin que ninguna de las dos patas quede coja. La premisa —un chico arrojado a un mundo subterráneo hecho de basura, donde sobrevive todo lo que la sociedad de arriba ha desechado— es una metáfora del clasismo tan directa que debería ser torpe, y sin embargo Urana la maneja con una habilidad narrativa que hace que las peleas sean emocionalmente necesarias y no solo espectaculares. La adaptación al anime ha ampliado su base de lectores; quienes llegan al manga encuentran que la fuente supera a la copia.

5. Shun Umezawa — Darwin’s Incident (Kodansha)

La premisa de Darwin’s Incident es la que más se resiste a la sinopsis: el hijo que Darwin habría tenido si hubiera experimentado con sus propias hipótesis crece en el mundo contemporáneo, y la sociedad tiene que decidir qué hacer con alguien que desafía todas las categorías que ha construido para ordenar quién merece qué trato. Shun Umezawa usa esa premisa para explorar el prejuicio, la manipulación mediática y el miedo a lo que no encaja en los sistemas de clasificación existentes con una inteligencia que no se conforma con la alegoría evidente. Es el tipo de manga que se discute una vez terminado, que sigue siendo discutido días después, que es exactamente lo que debería hacer una obra de estas características.

4. Al Ewing, Jahnoy Lindsay — Absolute Green Lantern (DC)

Al Ewing lleva años siendo el escritor más inteligente del cómic de superhéroes —Immortal Hulk, Immortal Thor, Venom— y su paso a DC con Absolute Green Lantern ha tenido la forma de alguien que ha esperado el proyecto adecuado para cruzar la calle. La reimaginación del Linterna Verde dentro del universo Absolute conserva el núcleo conceptual del personaje —la voluntad como herramienta de transformación de la realidad— y lo libera de cincuenta años de historia que habían convertido el mito en burocracia cósmica. Jahnoy Lindsay dibuja el espacio con una paleta que parece pintada más que coloreada, y esa sensación de textura manual en un entorno de ciencia ficción cósmica es una de las decisiones visuales más inteligentes del semestre.

3. Greg Rucka, Michael Lark — Lazarus: Fallen (Image)

Lazarus lleva más de una década siendo uno de los proyectos más rigurosos del cómic de ciencia ficción independiente: un futuro distópico de familias-corporaciones y genética como herramienta de control que Rucka y Lark han construido con la disciplina de quien no improvisa y no tiene prisa. Fallen añade a ese universo un ángulo que la saga principal no había explorado con esta profundidad —la perspectiva de quien ha caído fuera del sistema de privilegio y tiene que sobrevivir sin ninguna de las herramientas que el poder proporciona—, y lo hace con la precisión narrativa y el peso visual que definen a este equipo desde el primer número. Para quien lleva años leyendo la serie, es una confirmación de que sigue siendo de lo mejor que publica Image. Para quien la descubre aquí, tiene suficiente autonomía como punto de entrada.

2. Paco Roca — El viaje (Astiberri)

Paco Roca es, por cualquier métrica razonable, el autor de cómic español más importante en activo: Arrugas, El arte de volar, Los surcos del azar, La casa han ido definiendo su obra como una de las más consistentes del medio en lo que llevamos de siglo. El viaje confirma que sigue siendo el autor capaz de hacer que el cómic de memoria y de vida cotidiana sea la forma más precisa para hablar de cosas que las demás formas narrativas redondean cuando deberían dejar en punta. No es su obra más ambiciosa en escala; puede ser su obra más afilada en ejecución. El trazo de Roca no envejece: crece. Y Astiberri, que lleva años siendo el sello que mejor entiende lo que merece ser publicado en este país, lo sabe.

1. Ed Brubaker, Sean Phillips — Criminal: Five Gears in Reverse (Image)

Hay un argumento razonable para sostener que Ed Brubaker y Sean Phillips son el mejor tándem del cómic de género del siglo veintiuno, y Criminal —la serie de noir que llevan publicando desde 2006 en distintos formatos y con distintas historias dentro de un mismo universo moral— es su argumento más sólido. Five Gears in Reverse tiene el título que necesita: una historia que avanza mirando hacia atrás, que trabaja el peso del pasado como el único combustible que mueven a sus personajes, que demuestra que el noir no es un género sino una forma de ver el mundo donde la salida siempre ha estado bloqueada antes de que nadie tomara ninguna decisión. Phillips dibuja la oscuridad como si la hubiera inventado. Brubaker escribe los diálogos que sus personajes merecen, no los que él podría escribir si no se exigiera tanto. Que estén en el primer puesto de esta lista no debería sorprender a nadie. Que sigan estando en el primero de la siguiente tampoco.