Vuelo rasante y delirio kitsch: El accidentado viaje de la ‘Supergirl’ de 1984
Antes de que la nueva adaptación del universo DC reclame los cielos, es obligatorio revisitar la primera y bizarra incursión de la Kryptoniana en la gran pantalla. En 1984, tras el declive de la saga de Christopher Reeve, los productores Salkind intentaron expandir el mito con ‘Supergirl’, una película que se mueve en esa fascinante frontera entre el espectáculo de serie B y el descalabro presupuestario. Dirigida por Jeannot Szwarc, la cinta no solo es una cápsula del tiempo de una era donde el cine de superhéroes aún no conocía su propia brújula, sino también un festín de decisiones creativas tan inexplicables como magnéticas.

Helen Slater: El corazón de una trama sin rumbo
Lo mejor de la función, sin discusión alguna, es una debutante Helen Slater. Al igual que Reeve, Slater poseía esa extraña cualidad de vestir una capa y un traje de colores primarios sin que el conjunto resultara ridículo; su Kara Zor-El irradia una inocencia y una honestidad que logran sostener la película incluso cuando el guion decide descarrilar. Desde su salida de la ciudad de Argo hasta su accidentado aterrizaje en la Tierra tras la pista del Omegahedron, Slater interpreta a la heroína con una seriedad absoluta, regalando secuencias de vuelo que, gracias a un excelente trabajo de cables y a la icónica partitura de Jerry Goldsmith, capturan por momentos la magia pura del cómic.

Brujería, camp y un reparto de otro planeta
Sin embargo, donde la película decide «romper la baraja» es en su antagonista. Faye Dunaway, como la aspirante a bruja Selena, entrega una interpretación instalada permanentemente en el exceso, convirtiendo la película en una suerte de duelo de fantasía oscura más propio de un cuento de hadas psicodélico que de una aventura de ciencia ficción. Acompañada por una Brenda Vaccaro que ejerce de escudera cómica, y con apariciones tan surrealistas como la de un Peter O’Toole declamando líneas con una solemnidad casi shakesperiana, la cinta se sumerge en un tono camp que incluye desde excavadoras poseídas hasta dimensiones fantasmales (la Zona Fantasma) que parecen sacadas de una pesadilla gótica.

El legado de una joya imperfecta
Vista hoy, ‘Supergirl’ es una experiencia cinematográfica desconcertante pero indudablemente entretenida. Es un filme que no teme lanzarse al vacío con ideas descabelladas —como esa subtrama de instituto donde la identidad secreta de Linda Lee convive con monstruos invisibles—, y que prefiere el ridículo antes que el aburrimiento. Aunque en su día supuso un bache en la carrera de sus productores, el tiempo la ha dotado de un aura de culto. Es el recordatorio de una época en la que el cine de capas era un terreno salvaje, experimental y libre de las estrictas fórmulas de los universos compartidos actuales; una pieza de arqueología pop que, pese a sus costuras, vuela con una libertad que hoy se echa de menos.





