Las siete mejores actuaciones de Penélope Cruz: de Bigas Luna a Almodóvar y de vuelta al Oscar

Penélope Cruz lleva 2026 siendo el año que ningún agente en Hollywood habría podido escribir sin que le pareciera un mal guion: La invitación, el remake americano de la obra de Cesc Gay, lleva meses en cartelera con su nombre en el cartel y las quinielas de la temporada de premios situándola en la conversación de los Oscar; La bola negra, la película de los Javis con la que compitió en Cannes, añade una segunda papeleta al mismo sorteo; y El búnker —el thriller psicológico de Florian Zeller protagonizado junto a Javier Bardem, que arrancó en Venecia quince minutos de ovación, el tiempo más largo de la historia del festival que no perteneció a Pedro Almodóvar— está a punto de llegar a las carteleras de este otoño. Hay quien habla ya de doble nominación al Oscar en la misma categoría, una primera vez en la historia de los premios. El ruido de 2026 es suficiente para justificar el repaso, pero el repaso necesita empezar en 1992, cuando una actriz de veintiún años de Alcobendas hizo una película sobre la España de los toros y el jamón ibérico con Bigas Luna y estableció sin saberlo los términos del debate que sigue abierto treinta años después: si Cruz es una actriz de instinto o una actriz de método, la respuesta correcta es que es las dos cosas, y lo que la distingue de la mayoría es saber en qué momento el personaje necesita cuál.

7. Jamón jamón (Bigas Luna, 1992)

Bigas Luna la eligió con diecisiete años —Cruz tenía dieciocho cuando terminó el rodaje, dieciséis cuando hizo la prueba— para una película que es, en todos sus elementos, una declaración de principios sobre la España que el director quería retratar: el toro de Osborne como símbolo nacional, las fábricas de ropa interior femenina como horizonte laboral de un pueblo aragonés, el jamón ibérico como metáfora de todo lo carnalmente deseable y todo lo inevitablemente perecedero. Silvia, la joven obrera que queda embarazada del hijo de la burguesía local y desencadena la serie de humillaciones y venganzas que vertebra la trama, no era un papel que requiriera sutileza: requería presencia, y Cruz tenía una de un tipo muy específico que el cine español de los noventa no sabía exactamente qué hacer con ella.

Lo que Bigas Luna vio y el espectador confirma es que Cruz podía hacer creíble la ingenuidad y la sensualidad en el mismo plano sin que una anulara a la otra —lo que en el cine de industria habría requerido dos actrices distintas—, y que su cuerpo en pantalla tenía la cualidad de la imagen que se termina de componer sola cuando la cámara está encendida. En Jamón jamón también aparece un joven Javier Bardem como Raúl, el repartidor de jamones que se convierte en el instrumento de la venganza y en el primer gran amor de la pantalla entre los dos actores que se casarían dieciocho años después. El León de Plata en Venecia convirtió la película en un fenómeno internacional. Lo que consagró a Cruz fue lo que hacía en cada escena con la cara cuando el guion no le pedía nada.

6. Abre los ojos (Alejandro Amenábar, 1997)

Amenábar tenía veinticinco años cuando rodó Abre los ojos y Cruz tenía veintitrés: dos personas en el inicio de sus carreras haciendo juntos una película sobre la memoria, la identidad y el deseo que Amenábar sabía que era demasiado ambiciosa para las posibilidades técnicas que tenía y que rodó de todas formas con la lógica del que no tiene nada que perder porque todavía no tiene nada. La película —un hombre desfigurado en un accidente que no sabe si está soñando o recordando la cara que tenía antes— funciona porque Cruz consigue hacer de Sofía el centro gravitacional de algo que el protagonista nunca acaba de tocar del todo. Es el personaje al que César vuelve, la razón de su lucha, la imagen que el sistema de criosueño tiene que replicar para mantenerlo estable, y Cruz la construye con la precisión de quien entiende que lo que se le pide no es una actuación sino una presencia: algo que deba existir en la imaginación del otro personaje más que en la pantalla.

Cameron Crowe la recuperó cuatro años después para el remake americano, Vanilla Sky, con Tom Cruise en el papel de Eduardo Noriega. La Cruz de Vanilla Sky y la Cruz de Abre los ojos son técnicamente el mismo personaje en el mismo arco narrativo, y la comparación entre las dos versiones dice algo sobre lo que el cine de Hollywood hace con los actores europeos: los usa correctamente pero no los usa del todo. La Sofía española tiene una textura que la versión americana aplana sin destruir. El hecho de que Hollywood sintiera la necesidad de contratarla para su propio remake en lugar de sustituirla es la prueba de que lo que hacía en el original no era reemplazable.

5. Todo sobre mi madre (Pedro Almodóvar, 1999)

Todo sobre mi madre es el primer punto de encuentro entre Cruz y Almodóvar, y el director que llegaría a ser el autor más importante de su carrera la pone en un papel que en otras manos habría resultado inverosímil: una monja joven que está embarazada, que tiene el VIH, y que en la película de Almodóvar resulta ser el personaje más cercano a la inocencia pura en un reparto de mujeres que cargan con todo el peso del mundo con la elegancia de quien sabe que no hay otra opción. Rosa no es el papel central de la película —ese es de Cecilia Roth como Manuela—, pero Cruz consigue que cada escena que tiene a Roth sea también, de alguna manera, una escena sobre lo que ella lleva y no ha dicho.

Almodóvar ganó el Oscar a la Mejor Película en Lengua Extranjera con este film y lo dedicó a «todos los actores que han interpretado a actrices», a «todas las mujeres que actúan». La película llegó al mundo entero y con ella llegó la noticia de que Cruz era algo más que la chica sensual del cine de Bigas Luna: era una actriz con la suficiente precisión para no reclamar el espacio que no le correspondía en un ensemble de esa magnitud, y con la suficiente fuerza para que su ausencia en los últimos treinta minutos de la película se sintiera como una pérdida activa. Almodóvar tardó siete años en volver a contar con ella como protagonista. Cuando lo hizo, el resultado fue el número dos de esta lista.

4. Competencia oficial (Gastón Duprat y Mariano Cohn, 2021)

La actuación más subestimada de Cruz, y probablemente la más difícil de las siete que hay aquí. Lola Cuevas —la directora de cine caprichosa, genial e insoportable que los directores argentinos Gastón Duprat y Mariano Cohn construyeron como sátira del artista que ha confundido la excentricidad con el talento— es un personaje que exige al actor hacer algo técnicamente casi imposible: ser completamente ridicula y completamente convincente al mismo tiempo, sin que ninguna de las dos cosas anule a la otra. Cruz lo hace durante toda la película con la seriedad del actor que sabe que la comedia se destruye en el instante en que quien la interpreta parpadea.

La película pone a Lola a dirigir a dos actores masculinos de ego descomunal —Antonio Banderas como la estrella de blockbuster y Óscar Martínez como el actor de teatro serio— en las pruebas de una película que Cruz convierte en un laboratorio de humillación sistemática y método autorreferencial. La escena del casco de cementero que va aplastando el Oso de Plata de uno de ellos es la imagen más perfecta de la película, y lo que Cruz hace en ella —la calma, la concentración total, la convicción absoluta de que esto es exactamente lo que el arte necesita— requiere un tipo de control cómico que los actores conocidos por el drama raramente tienen y que ella demuestra que llevaba décadas cultivando sin que nadie lo hubiera notado del todo.

3. La niña de tus ojos (Fernando Trueba, 1998)

Fernando Trueba acababa de ganar el Oscar a la Mejor Película Extranjera con Belle Époque —en la que Cruz también aparecía, en un papel secundario— cuando decidió hacer la película más ambiciosa de su carrera: un equipo de cine español viaja al Berlín de 1938 para rodar una coproducción de cuplé andaluz con los estudios UFA, y la estrella del rodaje, Macarena Granada, termina siendo el objeto del deseo de Joseph Goebbels. La película es una comedia dramática sobre el cine dentro del cine, sobre el precio de la inocencia y la complicidad, y sobre lo que pasa cuando el artificio del entretenimiento colisiona con la maquinaria del horror. Cruz la lleva entera sobre los hombros durante dos horas y lo hace con la energía de una actriz que por fin tiene un papel que exige todo lo que tiene.

Macarena Granada es un personaje escrito con la doble conciencia de que tiene que ser una estrella de la pantalla —creíble como objeto de deseo masivo, con el carisma de quien ilumina la sala sin intentarlo— y al mismo tiempo una mujer asustada que tiene que negociar su integridad y la supervivencia de las personas a su cargo con la persona más peligrosa de Europa. Cruz maneja esa doble exigencia con la naturalidad de quien nunca ha creído que el glamour y la inteligencia fueran cosas separadas. La película ganó siete Goyas, incluyendo Mejor Película y Mejor Actriz para Cruz —su primer Goya a la Mejor Actriz, con veinticuatro años—, y estuvo nominada al Oso de Oro en Berlín. La reina de España (2016) recuperó el mismo universo dieciocho años después. La urgencia de Macarena en el original no se volvió a repetir con la misma intensidad.

2. Vicky Cristina Barcelona (Woody Allen, 2008)

María Elena aparece en el segundo acto de la película. Antes de que aparezca, Juan Antonio —Javier Bardem— ha construido a su alrededor un mito de tan alta presión psicológica que cuando ella entra en la cocina del apartamento y está a punto de disparar a Cristina, el espectador la conoce ya mejor que a ninguno de los personajes que han ocupado la primera hora de la película. Cruz lleva cuarenta y cinco minutos existiendo en la imaginación del espectador a través de lo que Bardem dice de ella, y lo primero que hace cuando aparece en pantalla es confirmar que la realidad supera al mito sin ningún esfuerzo aparente.

María Elena es el personaje más difícil de Vicky Cristina Barcelona porque exige sostener simultáneamente la volatilidad y la inteligencia, los arrebatos y la sensibilidad, la crueldad y la capacidad de percepción que la convierte en el único personaje de la película que entiende lo que está pasando. Cruz lo hace con la certeza de alguien que sabe que el Oscar no va a llegar por las escenas de histeria —que cualquier actriz puede hacer con suficiente energía— sino por las conversaciones en la oscuridad con Scarlett Johansson, donde María Elena baja la guardia sin perder un solo centímetro de territorio. Allen la dejó improvisar. Lo que improvisó ganó el Oscar a la Mejor Actriz de Reparto en 2009.

1. Volver (Pedro Almodóvar, 2006)

Raimunda es una mujer de clase trabajadora en Madrid con un marido que no trabaja y no sirve, una hija adolescente que tiene que proteger de él, una madre que lleva años muerta y aparece de todas formas, y un pasado que Almodóvar fue guardando durante dos horas antes de revelar por qué el peso específico de esta mujer es tan distinto al de cualquier otro personaje de su filmografía. Cruz adelgazó y engordó según lo requería el papel; aprendió a moverse como alguien que ha cargado objetos pesados toda su vida; escuchó a Almodóvar hablar de las mujeres de su infancia en La Mancha durante semanas antes de rodar. La preparación fue la de la actriz de método. Lo que está en pantalla parece el resultado de no prepararse en absoluto.

La escena de «Volver» —Cruz en el plano, la voz de Estrella Morente que no es la suya, el corte entre los dos que el montaje va haciendo cada vez más fino hasta que resulta imposible distinguir dónde termina la interpretación y dónde empieza el texto— es el momento en que la película se convierte en algo más que el drama que estaba siendo. Raimunda lleva la canción dentro desde el principio. Almodóvar esperó hasta que la película había ganado suficiente peso para que el momento pudiera soportarlo. Cruz fue la primera actriz española nominada al Oscar en la categoría de Mejor Actriz por este papel. No ganó —ganó Helen Mirren por La reina— pero es posible que haya sido la actuación más completa de las dos. En Cannes, el jurado dio el premio de Mejor Actriz al conjunto femenino de la película. Era la única manera de premiarla sin ignorar a las demás.