‘Coyote vs. Acme’, la película que venció a su propio estudio
En noviembre de 2023, Warner Bros. Discovery anunció que iba a archivarlo todo. Coyote vs. Acme —dos años de producción, la historia de Wile E. Coyote demandando a Acme Corporation por venderle productos defectuosos— iba a convertirse en una deducción fiscal de treinta millones de dólares. El estudio rechazó ofertas de Netflix, Amazon y Paramount, exigió entre setenta y cinco y ochenta millones por una película que no quería estrenar, y cuando nadie pagó ese precio eligió el agujero contable antes que las salas. Más de veinte mil personas firmaron una petición en contra. John Cena, Will Forte, Lana Condor y Eric Bauza —el reparto completo— hablaron en público contra la decisión con la insistencia de quien sabe que lo que tiene entre manos merece existir. Bauza lo dijo en los premios Annie, delante de la industria entera: la película existe. Al final, Ketchup Entertainment la compró por unos cincuenta millones, y Coyote vs. Acme llegó a las salas del Reino Unido en agosto de 2026, a Estados Unidos una semana después y a España este fin de semana con el equipaje de su propia historia, que resulta ser exactamente la misma historia que la película cuenta. Wile E. Coyote lleva ochenta años siendo destruido por una corporación que le vende productos que no funcionan. La película sobre eso estuvo a punto de ser destruida por una corporación que no quería estrenarla. Que eso no sea el primer párrafo del material de marketing dice mucho sobre quién lleva el marketing.

El write-off que no pudo ser
La historia detrás de cámara funciona como la mejor sinopsis posible del argumento. Dave Green dirige una adaptación del artículo de Ian Frazier publicado en The New Yorker en 1990 —dieciséis páginas de demanda judicial ficticia de Wile E. Coyote contra Acme Corp— que James Gunn produjo y que Samy Burch adaptó al guion. La película está ambientada en 1992 y su premisa es quirúrgica: Wile E. ha sufrido demasiados accidentes fatales con la maquinaria de Acme y decide ejercer su derecho constitucional a llevar el asunto a los tribunales. Kevin Avery —Will Forte— es el abogado que lo representa: un especialista en lesiones personales al borde del desastre profesional que ve en este caso la última oportunidad de probarse algo a sí mismo. Buddy Crane —John Cena— es el letrado corporativo de Acme, impecable, satisfecho de sí mismo, con el tipo de seguridad que dan décadas de ganar siempre. Y en algún punto del segundo acto aparece el Proyecto Sísifo —el programa secreto de Acme para testear sus productos en personajes de dibujos animados y someterlos a un ciclo calculado de fracasos sin fin— y lo que empezaba como comedia de juzgado se convierte en algo con más dientes.

El camino de la película a las salas, con todo lo que Warner Bros. le hizo antes de que Ketchup Entertainment la rescatara, es estructuralmente idéntico al argumento central: una entidad corporativa con poder asimétrico toma decisiones que destruyen o casi destruyen a alguien más pequeño, y la única manera de sobrevivir es negarse a rendirse. Que la película llegue a las salas españolas con ese contexto público —documentado, ampliamente comentado, parte de la conversación desde antes del estreno— convierte cada escena de Wile E. resistiendo al sistema en algo con doble lectura sin que nadie tenga que señalarlo.

Forte, Cena y los ochenta años de fracasos
Will Forte lleva en la industria suficiente tiempo como para haber sobrevivido a varios ciclos de redescubrimiento, y Coyote vs. Acme lo usa exactamente como se debería usar a Will Forte: como alguien capaz de ser genuinamente gracioso y genuinamente conmovedor en el mismo plano, sin que una cosa cancele a la otra. Su Kevin Avery tiene el tipo de derrota específica —no la derrota teatral del cine de juzgados, sino la derrota doméstica del que ha ido cediendo terreno tan despacio que ni se ha dado cuenta— que la película necesita para que la alianza con Wile E. no sea solo un mecanismo de trama sino algo que importe. John Cena como Buddy Crane trabaja en el registro opuesto y lo trabaja bien: su abogado corporativo no es el villano de una obra de teatro escolar sino alguien convencido de que la eficiencia del sistema que defiende es, en sí misma, una forma de virtud. Lana Condor como la sobrina e interna de Kevin tiene menos espacio pero lo aprovecha; Luis Guzmán como el juez Troppogrosso existe principalmente para que cada vez que aparece en pantalla el nivel de caos disponible en la escena suba perceptiblemente.

La animación merece párrafo propio porque es la parte técnicamente más interesante de la producción. DNEG Animation trabajó el 3D con un proceso llamado «sketchviz» que usaba poses clave en 2D para guiar la animación volumétrica, y el resultado visible es que Wile E. se mueve como Wile E. ha debido moverse siempre: con la física exacta del personaje clásico, con el momento de pausa antes de caer que es casi el gesto más antiguo de los Looney Tunes, y con la capacidad de sobrevivir al fotograma siguiente sin que eso requiera explicación. Eric Bauza pone la voz a Wile E., a Bugs Bunny, a Daffy Duck y a prácticamente todo lo que tiene plumas o pelo en la pantalla, y la escena en que el Correcaminos testifica en el juzgado —sin hablar, con la honestidad física del personaje que es básicamente un gesto con patas— es el momento que más claramente demuestra que quien hizo la película entendía el material.

La película que sabía lo que era
Lo que Coyote vs. Acme tiene que el cine de animación corporativa raramente tiene es consciencia de sí misma sin que eso la aplaste. La mayoría de las películas que deciden que van a ser meta acaban siendo más interesantes como ejercicio conceptual que como experiencia de visionado. Esta no. La metanarrativa funciona porque no se anuncia: el espectador que llega sabiendo lo que le pasó a la película lee las escenas de Wile E. frente al poder corporativo de Acme con una capa adicional de significado que refuerza lo que ya está en pantalla, pero el espectador que no sabe nada de la historia de producción tiene igualmente delante una comedia de juzgados con ideas propias sobre el agotamiento de los sistemas diseñados para que el más débil pierda. Que las dos lecturas funcionen simultáneamente es la mejor defensa posible de lo que Dave Green y Samy Burch construyeron.

No es una película sin fricción. Las inconsistencias visuales entre la animación 3D y el live action son irregulares —hay momentos donde la integración es exactamente lo que necesita ser y momentos donde se nota el costón— y el ritmo del tercer acto, con la audiencia parlamentaria y la resolución, va más rápido de lo que el material podría sostener con más espacio. Pero el agujero contable que Warner Bros. construyó para enterrarla se convirtió, en la práctica, en el mejor argumento para verla. El coyote siempre vuelve. Esta vez, encima, tenía razón.





