El milagro de la empatía en mitad del apocalipsis: la inolvidable primera temporada de ‘The Last of Us’

El reciente desembarco en las salas de cine de la esperada producción galáctica The Mandalorian and Grogu ha vuelto a poner bajo los focos mundiales el magnetismo de Pedro Pascal, convirtiendo este marco en el escenario ideal para mirar por el retrovisor. Hace muy pocos años, el panorama de las adaptaciones de videojuegos a la pantalla grande y pequeña arrastraba una pesada losa histórica, una maldición de mediocridad que parecía imposible de romper. Fue en ese preciso instante, concretamente a principios de 2023, cuando la prestigiosa cadena HBO tomó la decisión de apostar por una traslación que respetara de manera obsesiva la madurez del material original. Compuesta por nueve episodios, la primera temporada de The Last of Us se erigió de inmediato como un hito dramático incuestionable, una producción que abrazó el horror de supervivencia y la desolación de una América postapocalíptica para demostrar que el valor de un viaje no se mide por la cantidad de monstruos abatidos, sino por la paulatina sanación de un corazón roto.

El despertar de la infección entre el dolor familiar y el contrabando autoritario

Bajo la batuta de una dupla creativa excepcional —el creador de la serie matriz de Naughty Dog, Neil Druckmann, y el arquitecto de Chernobyl, Craig Mazin—, la serie nos sitúa en un prólogo desgarrador en 2003 donde un soberbio Pedro Pascal interpreta a Joel, un padre común cuya existencia se quiebra tras perder a su hija Sarah en mitad del colapso mundial provocado por la mutación del hongo Cordyceps. El arco principal salta dos décadas hacia el futuro para mostrarnos una Boston militarizada y gris bajo el yugo de FEDRA. El Joel del presente es un contrabandista desencantado y cínico que, junto a su socia Tess (Anna Torv), acepta el encargo de la líder rebelde Marlene (Merle Dandridge) de escoltar a Ellie (Bella Ramsey), una mordaz adolescente inmune, hacia el Capitolio. La travesía, lejos de ser un camino de acción gratuito, se convierte de inmediato en una sangrienta y claustrofóbica odisea que se cobra la vida de Tess tras un aterrador encuentro con los Chasqueadores, obligando a los protagonistas a emprender una marcha en solitario por el corazón de un país en ruinas.

El valor de la poesía íntima y la humanidad desenterrada

El verdadero triunfo de esta primera temporada no reside en la impecable recreación visual de sus ciudades de hormigón devoradas por la vegetación o en la constante amenaza biológica, sino en la arrolladora sensibilidad de sus desvíos narrativos. El clímax emocional de la propuesta se condensa a la perfección en su aclamado tercer episodio, «Long, Long Time», donde el libreto abandona temporalmente a la pareja central para profundizar en la historia de Bill (Nick Offerman) y Frank (Murray Bartlett). A través de una bellísima y trágica analepsis que abarca dos décadas de amor y supervivencia compartida en una fortaleza privada, la serie reflexiona sobre el significado de proteger a alguien en mitad del páramo. Esa misma delicadeza brilla más adelante con el regreso de Tommy (Gabriel Luna) en una comuna autosuficiente de Wyoming, o en el tierno flashback que Ellie comparte en un centro comercial abandonado junto a Riley (Storm Reid), enriqueciendo sustancialmente el trasfondo psicológico de una juventud privada de inocencia.

Un laberinto de traumas empañado por la rigidez del origen

A pesar de sus innegables virtudes de producción —coronadas por el magistral asedio subterráneo en Kansas City frente a la milicia de Kathleen (Melanie Lynskey) y una horda de infectados donde destaca el imponente Gordinflón—, el visionado continuo del bloque saca a relucir ciertas costuras inevitables de su procedencia interactiva. El guion se ahoga en ocasiones en una estructura que evoca de manera demasiado evidente a la resolución de objetivos de un juego, especialmente en los tramos en los que Joel y Ellie planifican sus siguientes pasos logísticos. Asimismo, el ritmo sufre una notable aceleración en sus dos capítulos finales, donde el angustioso encuentro de Ellie con la secta de caníbales liderada por el sibilino David (Scott Shepherd) y la brutal resolución en el hospital de Salt Lake City se desarrollan a una velocidad vertiginosa que puede dejar al espectador sin el suficiente tiempo para digerir la crudeza moral de la gran mentira final de Joel.

El nacimiento de un clásico sin concesiones

La primera temporada de The Last of Us sobrevive al paso del tiempo como un recordatorio demoledor de que el drama humano más descarnado y descuidado siempre encuentra su lugar en la televisión de prestigio. Pedro Pascal sostiene el entramado dramático gracias a una interpretación repleta de matices, dureza y una extraña vulnerabilidad que dialoga a la perfección con la fuerza interpretativa de una Bella Ramsey que hace suyo el icónico personaje de Ellie. Con el apoyo de la melancólica y evocadora banda sonora de Gustavo Santaolalla, cuyas cuerdas de guitarra transmiten una profunda tristeza poética, el show esquiva el cinismo gratuito de las ficciones de zombis tradicionales. Aunque la familiaridad de su premisa y la velocidad de su desenlace puedan distanciar a los paladares más exigentes, su retrato sobre la brutalidad del amor paternal la consolida como una pieza indispensable, entrañable y sumamente disfrutable de la historia contemporánea de la televisión. Una obra imprescindible ideal para repasar en cualquier momento.