El Superman que quiso ser padre: ‘Last Son’, el blockbúster de papel que anticipó el futuro
Pocas ideas resultan tan demoledoras para la mitología de Superman como la aparición de otro niño venido de Krypton. No una amenaza cósmica dispuesta a pulverizar continentes, tampoco un clon defectuoso ni un ejército de conquistadores espaciales. Simplemente un crío asustado. Publicado originalmente entre las páginas de Action Comics (#844-846, #851) y rematado en el Action Comics Annual #11, Last Son supuso un hito nostálgico al reunir al guionista Geoff Johns con Richard Donner, el mismísimo director de cine que esculpió en el celuloide la imagen definitiva del Hombre de Acero para varias generaciones. El reclamo comercial era imbatible: el Superman de las viñetas iba a dialogar directamente con el ADN emocional de las películas clásicas de 1978 y 1980.

Un drama íntimo sobre la paternidad imposible
Cuando una misteriosa cápsula se estrella en pleno corazón de Metrópolis albergando a un niño kryptoniano en su interior, Clark Kent y Lois Lane se ven arrojados a un escenario que golpea con mucha más fuerza que cualquier puñetazo del General Zod: ¿qué ocurre si el Último Hijo de Krypton deja de estar solo en el universo? Bautizado temporalmente como Christopher Kent, la presencia del pequeño despierta en Clark un instinto protector inmediato. No se trata de contener un peligro geopolítico; se trata de darle un hogar y una familia a un exiliado de las estrellas.
Ahí es donde late el verdadero corazón del cómic. Last Son despliega sus mejores armas cuando se despoja de las convenciones de la ciencia ficción de invasiones y abraza el drama de una paternidad tan imprevista como compleja. Johns y Donner entienden a la perfección que la grandeza de Superman no reside en su capacidad para mover planetas, sino en que su primer impulso ante un niño desamparado es esconderlo del Gobierno, refugiarlo en la granja de Smallville y preguntarse, con el corazón en un puño, si será capaz de criarlo con la misma compasión con la que Jonathan y Martha lo criaron a él.

Zod, maquetas destruidas y el regreso al cine clásico
Por supuesto, la tregua doméstica dura poco. El origen de Chris desata el contraataque del General Zod, Ursa y Non, reinterpretados aquí con una deuda estética e interpretativa gigantesca hacia el cine de Donner. La obra no disimula su condición de puente entre la gran pantalla y el noveno arte; al contrario, la exhibe con orgullo. Zod reaparece como el tirano mesiánico absoluto, Ursa destila una ferocidad aristocrática letal y Non funciona como la fuerza bruta muda de siempre. A partir de ahí, la trama se dispara hacia el gran espectáculo: criminales escapando de la Zona Fantasma, Metrópolis reconvertida en zona de guerra y Lex Luthor reclutando a su propia Superman Revenge Squad (con Bizarro, Metallo y Parásito) para defender su territorio. Luthor no busca salvar el mundo por altruismo; simplemente le indigna que otros alienígenas pretendan conquistar la Tierra. Él quiere seguir siendo el único humano con derecho a odiar al héroe.
Al frente del apartado gráfico, Adam Kubert insufla una energía física descomunal a la epopeya. Su Superman está muy lejos de ser una estatua de porcelana pulida o un dios griego inalcanzable; es un titán musculado, tenso, sudoroso y casi salvaje cuando la situación lo requiere. Su trazo rugoso y áspero —que en su día dividió a los lectores que buscaban una línea más limpia y clásica— dota a los combates de una sensación de impacto y gravedad muy superior a la media de la época. Bajo sus lápices, los cuerpos chocan con violencia tectónica y la ciudad de Metrópolis transmite el peso real de estar siendo aplastada por fuerzas imperiales.

Veredicto: La ternura oculta tras la Zona Fantasma
Leído hoy en tomo, el arco fluye con bastante más soltura de lo que permitió su accidentado desarrollo editorial original, cuyos constantes retrasos dañaron gravemente el ritmo de la publicación en grapa. Aun así, todavía se perciben ciertas costuras y fracturas narrativas entre el planteamiento inicial y su tardía resolución en el Annual. No es el trabajo más redondo de Geoff Johns con el personaje —la posterior saga de Brainiac, flanqueada por Gary Frank, ostenta un acabado formal mucho más elegante y cohesionado—, pero Last Son posee un valor histórico y emocional incuestionable.
Mucho antes de que la paternidad se estableciera como el eje central de Superman en la era Rebirth junto a Jon Kent, este volumen ya exploraba los dilemas de un Clark obligado a madurar como padre. El clímax funciona no por la espectacularidad de los rayos ópticos, sino por la devastadora y melancólica renuncia final de Chris. Esta historia retiene una cualidad que muchos autores olvidan entre tanta épica cósmica: la ternura. Una fábula que responde con creces a qué estaría dispuesto a arriesgar Superman con tal de regalarle a otro niño perdido la misma infancia feliz que él recibió en la Tierra. Lo intentaría todo. Y aun fracasando, jamás dejaría de buscar.





