‘Carrie’ (Prime Video): la serie en la que Mike Flanagan duda donde Stephen King no dudaba

La cuarta adaptación de Carrie, la primera novela de Stephen King, llega con las credenciales más altas que el género ha producido en televisión en lo que va de década: Mike Flanagan, el showrunner de La maldición de Hill House y La misa de medianoche, ocho episodios con presupuesto de evento y estreno simultáneo en Prime Video en octubre de 2026. Lo que esa combinación produce es, durante al menos los primeros cuatro episodios, exactamente lo que prometía: una serie que toma tiempo para construir a Carrie White como una persona antes que como una anomalía, que actualiza el hostigamiento al lenguaje de las cámaras de teléfono y la humillación pública en red con la eficiencia de quien entiende cómo funciona la crueldad en 2026, y que tiene en Summer H. Howell una protagonista cuya desesperación por encajar resulta más incómoda de ver que cualquier efecto especial. El problema llega con la segunda mitad, cuando las decisiones que hacen interesante el principio empiezan a cobrarse el precio que siempre cobran: la serie es mejor de lo que la mayoría de las adaptaciones de King ha conseguido ser y simultáneamente menos de lo que Flanagan con King debería poder producir.

Flanagan y la lentitud como argumento

La decisión formal más relevante de la serie no es el casting ni la actualización tecnológica del hostigamiento: es la de dedicar ocho episodios a una historia que King resolvió en doscientas páginas y que la adaptación más célebre condensó en ciento cuatro minutos. Flanagan ha convertido la expansión en su método de trabajo —cada uno de sus proyectos anteriores funcionó porque tuvo el tiempo para dejar que sus personajes existieran antes de someterlos— y aquí la aplica a una estructura que en principio la resiste. Carrie es una historia de compresión, de presión acumulada que necesita un punto de ruptura para funcionar. Lo que Flanagan añade al expandirla son los bordes: la dinámica dentro del grupo de chicas que torturan a Carrie antes de que haya ninguna ducha, la vida doméstica de Chris Hargensen con suficiente detalle para que su crueldad tenga explicación sin que eso la excuse, los primeros episodios de Sue Snell comenzando a sentir el peso de lo que hace. Esos bordes son lo mejor que la serie tiene: Michael Fimognari, el director de fotografía habitual de Flanagan, rueda los pasillos del instituto con la misma temperatura fría que funcionó en Hill House, y The Newton Brothers componen una banda sonora que sabe cuándo amplificar y cuándo retirarse. El problema con la expansión es que también introduce episodios donde el ritmo se sostiene sobre la promesa de lo que viene en lugar de sobre lo que está ocurriendo, y los últimos dos episodios, que deberían ser los más tensos de la temporada, llegan con el exceso de peso de una serie que ha gastado más tiempo del que tenía.

Howell, Sloyan y el eje que no termina de cuadrar

Summer H. Howell como Carrie White es la razón principal para ver la serie y también la demostración de que Flanagan entendió qué historia quería contar: no la de una chica rara que explota, sino la de alguien completamente ordinario en su deseo de ser aceptada, aplastada por condiciones extraordinarias. Howell juega cada escena desde la esperanza antes que desde el miedo, lo que hace que la progresión hacia el desastre funcione de una forma que la versión de 1976 —donde la rareza de Carrie era visible desde el primer plano— no podía producir. Alison Thornton construye a Chris Hargensen con una crueldad específica que tiene textura doméstica —Heather Graham aparece lo suficiente como Mrs. Hargensen para que la hija tenga contexto sin que la explicación la absuelva—, y Siena Agudong como Sue Snell tiene el arco más honesto del reparto secundario: una chica que empieza siendo parte del problema, se da cuenta demasiado tarde y no puede revertirlo. Lo que el guion no resuelve de forma completamente satisfactoria es el centro: Margaret White, interpretada por Samantha Sloyan —actriz habitual del universo Flanagan— con el compromiso que le conocemos, pero con un personaje reescrito hacia la comprensibilidad a un coste que la historia no puede asumir sin consecuencias. La Margaret de Flanagan no es una abusadora funcionando desde el dogma: es una madre aterrada cuya fe se ha convertido en el único idioma que conoce para el miedo. Esa reescritura es cinematográficamente interesante. También defuse exactamente lo que hacía inevitable el final. La aislamiento de Carrie en la novela de King es total porque viene de los dos lados: el instituto la destruye hacia fuera y su madre la destruye hacia dentro. Cuando el segundo vector se vuelve comprensible —cuando Margaret se convierte en alguien que tiene razones en lugar de alguien que es la razón— la presa sigue rota pero el agua no cae desde la misma altura.

La mitología, el final y el precio de abrir la historia

El último tercio de la serie introduce una decisión que separa a esta Carrie de todas las anteriores y que también es donde el proyecto encuentra su límite más claro: la idea de que Carrie no es única, de que hay otras mujeres con poderes similares dispersas por el mundo, de que la telecinesis es un fenómeno con historia antes que un accidente individual. Flanagan ha hablado de la posibilidad de continuar la historia en temporadas posteriores, y esa ambición es legible en la arquitectura de los últimos episodios: el final difiere del de la novela en aspectos que no son solo actualizaciones sino bifurcaciones narrativas que solo tienen sentido si hay más por venir. Como decisión de franquicia, es razonable. Como decisión dentro de esta temporada, añade mitología en un momento en que la historia necesita concentración. King comprendió que Carrie funciona como tragedia porque es cerrada: la catástrofe no puede dejarse abierta sin cambiar su naturaleza. Lo que Flanagan propone es una versión de esa tragedia que contempla la posibilidad de que no sea el final, y esa posibilidad —incluso si no se desarrolla— altera la temperatura emocional de la última hora. La serie termina siendo lo que sus mejores episodios prometían y lo que sus peores episodios anticipaban: un trabajo cuidadoso, con una protagonista extraordinaria y una reescritura que vale la pena ver, que no termina siendo el evento que Flanagan y King juntos deberían poder producir. El talento está. La duda también.