La última gran estrella de Hollywood: las siete mejores películas de Tom Cruise
Digger, que Alejandro González Iñárritu estrena el 2 de octubre con Tom Cruise en el papel de Digger Rockwell —un magnate petrolero que desencadena una catástrofe ecológica y luego intenta presentarse como salvador de la humanidad que la va a reparar—, es la primera vez que Iñárritu y Cruise trabajan juntos y también, si la trayectoria de los dos vale de indicación, exactamente el tipo de proyecto que saca lo mejor de ambos: el cineasta que usa el espectáculo para decir algo sobre el espectáculo, y el actor que siempre ha funcionado mejor cuando un director coge su imagen de héroe confiable y la pone a hacer cosas incómodas con ella. Porque Tom Cruise lleva cuarenta años siendo la estrella de cine más grande que queda de la vieja escuela, y la mejor parte de esa trayectoria es consistentemente la que nadie esperaba de él. La lista que sigue recorre los siete momentos que explican por qué eso sigue siendo verdad.

7. Rain Man (Barry Levinson, 1988)
La película que les enseñó a los críticos que Cruise podía compartir el encuadre con un titán sin resultar aplastado. Charlie Babbitt, el hermano que descubre la existencia de su hermano autista cuando muere su padre y hereda cuatro millones de dólares con los que no contaba, empieza siendo exactamente lo que el guion dice que es: superficial, mercenario, incapaz de ver a Raymond como otra cosa que un obstáculo entre él y el dinero. Hoffman se llevó el Oscar con razón, pero hay un error de percepción en la forma en que esa actuación anuló la lectura de lo que Cruise estaba haciendo: en la segunda mitad, cuando Charlie empieza a construir una relación real con su hermano, Cruise hace algo que entonces era inusual en él, que es dejar que el personaje cambie sin anunciarlo.
El mecanismo de arco de Charlie Babbitt no funciona si el punto de partida no tiene peso, y Cruise le da a la frialdad inicial una precisión que hace que cada paso hacia la emoción resulte creíble. Rain Man es la película donde aprendió a no competir con la actuación que tenía al lado y a confiar en que el espectador vería su trabajo aunque no fuera la cámara quien lo siguiera más. Es la base de todo lo que vendría después.

6. Algunos Hombres Buenos (Rob Reiner, 1992)
Aaron Sorkin escribió la obra de teatro y luego el guion, y lo que el material pide —un teniente de la Marina con demasiado ego y demasiada poca experiencia que tiene que defender a dos marines acusados de asesinar a un compañero— es exactamente el personaje que Cruise puede construir mejor cuando el guion no lo protege. Kaffee no está equivocado: es brillante, tiene instinto y sabe leer una sala mejor que nadie. Está equivocado en que cree que eso es suficiente para ganar, y la película trata de lo que pasa cuando ese error se mide contra Jack Nicholson.
La escena del interrogatorio —»¡No puedes manejar la verdad!»— es una de las más citadas de los noventa, y la razón por la que funciona no es solo Nicholson sino lo que Cruise hace en el otro lado de la sala: la arrogancia calculada de quien está jugando su última carta sabiendo que puede salir mal, la presión que ejerce sin mostrar que está presionando. Kaffee es el mejor personaje que Reiner le dio a alguien en su carrera, y Cruise lo habita con la confianza de quien entiende que ganar un juicio no es el final del asunto sino el principio de otro.

5. Jerry Maguire (Cameron Crowe, 1996)
El único momento en que Tom Cruise fue Cary Grant y lo supo. Jerry Maguire, el agente deportivo que tiene una crisis de consciencia a medianoche, escribe un manifiesto que nadie quiere leer, pierde su trabajo, su empresa, casi todos sus clientes y casi toda su confianza en sí mismo, es el tipo de personaje que el cine americano de los noventa pedía a gritos y que solo podía funcionar en manos de alguien capaz de ser seductor y patético en la misma escena sin que ninguna de las dos cosas anulara a la otra. Crowe entendió que el material necesitaba a alguien que hiciera que el espectador quisiera a su protagonista aunque ese protagonista se lo pusiera difícil, y eso es exactamente lo que Cruise hizo durante dos horas y diez minutos.
«Show me the money» se convirtió en la frase del año en los mercados anglosajones, y la razón por la que funciona en la escena y en la repetición es que Cruise la dice como alguien que está humillándose en tiempo real y sabe que lo está haciendo y sigue haciéndolo de todos modos. La segunda nominación al Oscar. El Globo de Oro. La película más taquillera de su carrera dramática hasta esa fecha. Y la escena del aeropuerto, que es la que nadie menciona nunca y es la mejor: Cruise mirando a Renée Zellweger con exactamente una oportunidad para decir la cosa correcta.

4. Collateral (Michael Mann, 2004)
La decisión más arriesgada de su carrera hasta ese momento: el villano. Vincent es un asesino a sueldo que contrata un taxi para que lo lleve por Los Ángeles mientras ejecuta a cinco testigos durante una noche, y lo que Cruise hace con ese material —el pelo blanco, el traje gris, la serenidad de quien lleva décadas haciendo esto y ya no siente la diferencia entre una noche tranquila y una noche de trabajo— es convertir al personaje en algo que el cine de género rara vez produce: una presencia que da miedo precisamente porque es calmada. Mann filmó Los Ángeles de noche con cámaras digitales y el resultado tiene una textura de ciudad real que hace que Vincent parezca más plausible de lo que ninguna historia sobre asesinos a sueldo tiene derecho a pedir.
La dinámica con Jamie Foxx funciona porque Cruise no trata a Foxx como un obstáculo sino como la única persona en la ciudad con quien vale la pena tener una conversación. El respeto que Vincent le tiene a Max, el taxista que pasa la noche viendo cómo funciona el trabajo, es lo más perturbador de la película: el asesino que valora al único testigo involuntario de su método. Cruise lo lleva con la elegancia de alguien que no necesita anunciarse.

3. Nacido el 4 de Juio (Oliver Stone, 1989)
La primera nominación al Oscar y todavía su trabajo más políticamente comprometido: Ron Kovic, el marine de Long Island que vuelve de Vietnam paralítico de cintura para abajo y convierte el dolor en activismo antibelicista. Stone trabajó con Kovic —cuyas memorias adapta el guion— durante el rodaje, y Cruise pasó meses en silla de ruedas antes de que empezara el primer día de rodaje, aprendiendo los mecanismos del cuerpo que el personaje tiene que gestionar durante el resto de su vida. Lo que resulta no es una actuación sobre la discapacidad sino una actuación sobre la traición: la traición del cuerpo, la traición del gobierno que mandó a Ron a morir y no supo qué hacer con él cuando volvió.
La película tiene el defecto de su virtud: Stone filma todo al máximo volumen, sin confianza en que la situación pueda hablar sola, y hay momentos en que la actuación queda enterrada debajo de la gramática operística que el director considera obligatoria. Pero hay secuencias —la del hospital, la del regreso a la manifestación, la del reencuentro con la novia que siguió adelante sin él— donde forma y actuación se alinean y el resultado es de esa clase que justifica la existencia del cine como herramienta para hablar de lo que la política no sabe articular. Cruise nunca ha vuelto a este territorio, y es una de las preguntas sin respuesta de su carrera.

2. Top Gun: Maverick (Joseph Kosinski, 2022)
Treinta y seis años después del original de Tony Scott, Cruise volvió a ponerse el uniforme de Pete Mitchell y la película que resultó no fue la que nadie esperaba: no la nostalgia calculada de una franquicia que huele el dinero de los cuarentañeros, sino un film de acción de primera línea que se ganó sus propios méritos con una seriedad que el blockbuster de la era Marvel lleva una década sin intentar. El mérito principal es que Maverick entiende lo que es el personaje en 2022: no el piloto joven que puede permitirse el riesgo, sino el hombre que ha convertido el riesgo en el único lenguaje que conoce porque nunca aprendió a hablar sin él. Ese matiz —la compulsión de la valentía como forma de miedo— es lo más interesante que Cruise ha hecho en mucho tiempo.
Las secuencias aéreas, filmadas con cámaras dentro de los aviones con los actores realmente a bordo, son la demostración más clara de lo que Cruise lleva décadas argumentando: que el actor que hace sus propias acrobacias no es un lunático sino alguien que entiende que el riesgo real tiene una textura que ningún efecto visual puede replicar. Mil cuatrocientos millones de recaudación mundial. Nominación al Oscar a mejor película. Y la confirmación de que el último héroe de acción de Hollywood que lo hace de verdad es también, a los sesenta años, el más interesante de todos ellos.

1. Magnolia (Paul Thomas Anderson, 1999)
La película que demuestra que Tom Cruise es mejor actor de lo que el sistema que lo utiliza ha necesitado que sea. Frank T.J. Mackey, el gurú de la masculinidad tóxica que vende seminarios a hombres inseguros, es el personaje que Paul Thomas Anderson construyó con la intuición de que el actor que más trabajo había puesto en proyectar una imagen de confianza indestructible era exactamente el hombre que necesitaba para desmantelarla. Cruise llegó al papel sin cobrar, por convicción, en la época en que era el actor más taquillero del planeta, y esa decisión sola dice más sobre lo que le interesa de su trabajo de lo que cualquier entrevista podría revelar.
La secuencia del seminario —la pantalla llena de hombres que repiten el mantra con la intensidad de quien está convencido de que las palabras pueden reordenar la realidad— es perturbadora porque Cruise la vive desde adentro, no desde la distancia irónica del actor que sabe que el personaje es ridículo. Mackey cree en lo que dice, y ese creer tiene la estructura de algo que se construyó sobre un vacío enorme. Cuando la película lleva a Mackey a la habitación de su padre moribundo y el andamiaje de la identidad pública se derrumba plano por plano, lo que queda no es actuación sino exposición: el niño que fue y el hombre que decidió no volver a serlo. El Globo de Oro al mejor actor de reparto. Y la única pregunta que nadie ha respondido todavía: por qué Anderson y Cruise no han vuelto a trabajar juntos desde entonces.





