De Los Goonies a Ridley Scott: Las 7 películas esenciales que definen a Josh Brolin

El inminente estreno de La constelación del perro vuelve a situar a Josh Brolin en el centro del mapa cinematográfico. Su regreso tiene un aliciente extra: ponerse a las órdenes de Ridley Scott para encarnar un nuevo personaje con esa mezcla de brutalidad física y veteranía agrietada que pocas estrellas de su generación pueden sostener sin perder al espectador por el camino. Que Scott lo haya elegido a él para liderar su nueva propuesta dice mucho sobre la clase de actor en la que Brolin se ha convertido tras cuatro décadas de carrera: uno que funciona mejor cuanto más al límite están sus personajes.

La lista que sigue deja fuera su última aventura cinematográfica por razones obvias, ya que merece ser discutida en su propio momento. Lo que sí incluye, en un estricto orden descendente hacia su obra cumbre, son las siete películas anteriores que explican por qué su alianza con Ridley Scott tiene todo el sentido del mundo, sirviendo además para entender la enorme solidez de su trayectoria.

7. Los Goonies (Richard Donner, 1985)

Brolin tenía apenas diecisiete años, llevaba una cinta en el pelo y entregó una de las actuaciones de debut juvenil más recordadas de los ochenta. Brand Walsh es el hermano mayor hiperprotector que se ve arrastrado por la locura de una pandilla de niños en busca del tesoro de un pirata.

La película le pide a Brolin que sea simultáneamente el atleta duro del instituto y el adolescente aterrorizado que no quiere perder a su familia, y lo hace sin que ninguna de las dos facetas anule a la otra. Su capacidad para aportar una energía física real a una aventura fantástica fue, hace cuarenta años, la primera confirmación de que estábamos ante un actor que entendía la importancia de dotar de peso y verdad a sus personajes desde el primer minuto.

6. Milk (Gus Van Sant, 2008)

La película de Gus Van Sant le valió su nominación al Óscar y consolidó su reputación como un secundario de lujo capaz de rivalizar con cualquiera. Sean Penn se llevó todos los focos y los premios por su papel protagonista, pero Brolin hace algo técnicamente mucho más difícil: interpreta a Dan White, el concejal que asesinó a Harvey Milk, rehuyendo cualquier tipo de caricatura malvada.

Brolin construye a un hombre patético, moralmente rígido y carcomido por una frustración interna que estalla de forma trágica. Que sostenga esa incomodidad en cada escena sin que el personaje parezca plano es una lección absoluta de contención y psicología actoral.

5. Sicario (Denis Villeneuve, 2015)

El ejercicio de tensión geopolítica más brillante del cine moderno en la frontera de Estados Unidos. Denis Villeneuve confió en Brolin para hacer lo que muy pocos actores logran: derrochar un carisma relajado mientras encarna una amenaza fría y gubernamental.

Matt Graver, un agente de operaciones especiales de la CIA, camina en chanclas por bases militares mientras decide el destino de vidas humanas con total amoralidad. Brolin no busca que el espectador empatice con él, sino que entienda su pragmatismo; su actuación hace que esa falta de escrúpulos sea la fuerza motriz de la película, logrando que nos fascine un personaje objetivamente peligroso antes de que termine el primer acto.

4. Valor de ley (Joel & Ethan Coen, 2010)

La obra de los hermanos Coen por la que el gran público a veces olvida a Brolin, eclipsado por el torbellino de Jeff Bridges y Hailee Steinfeld. Sin embargo, su interpretación de Tom Chaney —el asesino prófugo que desencadena la historia— es la que define el tono desmitificador de este western.

Chaney aparece en el tramo final y, en lugar de ser el temible villano esperado, Brolin lo muestra como un criminal torpe, analfabeto y asustadizo que no comprende la magnitud de sus actos. Calibrar esa distancia entre la violencia que ha provocado y su propia pateticidad es un triunfo actoral que solo alguien con su madurez interpretativa podía ejecutar.

3. Dune: Parte Dos (Denis Villeneuve, 2024)

Aunque los grandes blockbusters de ciencia ficción suelen centrarse en los efectos visuales, la verdadera columna vertebral de la adaptación de Villeneuve es la lealtad que Brolin proyecta en pantalla. Como Gurney Halleck, el fiero maestro de armas exiliado, su actuación aporta el músculo, las cicatrices y la gravedad que un entorno digital necesita para resultar real.

Brolin es el que cree en el destino de Paul Atreides cuando todo se desmorona, aportando un corazón de piedra pero incondicional al filme; un rol de apoyo en términos de minutos, pero vital para que la épica tenga un anclaje emocional.

2. Avengers: Endgame (Joe & Anthony Russo, 2019)

La gran demostración de que Brolin es capaz de moverse entre el cine de autor y la superproducción más masiva del siglo XXI sin que las costuras se noten. Oculto tras la captura de movimiento y el CGI, construyó en Thanos a un villano de una solemnidad casi shakesperiana.

Engordando visualmente su presencia y modulando una voz cargada de cansancio melancólico, Brolin creó a un antagonista convencido de que su genocidio planetario era una retorcida misión de salvación. La película funciona y se siente trascendental porque su villano no es un monstruo plano, sino un filósofo trágico atrapado en su propia lógica destructiva.

1. No es país para viejos (Joel & Ethan Coen, 2007)

La película que redefinió por completo la carrera de Josh Brolin a los cuarenta años y la obra maestra indiscutible de su filmografía. Como Llewelyn Moss, el soldador que encuentra dos millones de dólares en el desierto de Texas, Brolin sostiene un agobiante juego del gato y el ratón prácticamente sin diálogos.

Su actuación es un prodigio de fisicidad, ingenio rústico y supervivencia silenciosa frente a la encarnación del mal absoluto. En una cinta donde Javier Bardem se llevó los aplausos más vistosos, es la mirada cansada y la determinación de Brolin la que le da a la película su atmósfera insoportable, convirtiéndose en el corazón y la razón de ser de este clásico del cine contemporáneo.