‘La otra madre’: un concepto inquietante que Rob Savage no termina de convertir en película

El material de partida de La otra madre es de los que, sobre el papel, no admiten excusas: una novela de Josh Malerman —el autor de Bird Box—, Rob Savage como director después de demostrar con Host y The Boogeyman que entiende el terror como lenguaje antes que como fórmula, Jessica Chastain en un doble rol que le pide encarnar simultáneamente a una madre con una vida matrimonial en quiebra y a la entidad sobrenatural que adopta su imagen para apoderarse de su hija, y la maquinaria de Blumhouse-Atomic Monster de James Wan funcionando como garantía de producción. La pequeña Bela tiene siete años y algo que sale del armario de su habitación se le parece demasiado a su madre. La premisa es lo suficientemente precisa para producir una película específica. El problema de La otra madre es que decide, casi en cada bifurcación narrativa, ser la más genérica de las películas posibles en lugar de la más específica, y que esa decisión se toma con los ingredientes para hacer lo contrario todavía en la mano.

Savage y lo que el doble hace cuando la cámara lo deja trabajar

Rob Savage sabe dónde poner una cámara. Eso no es un elogio menor: La otra madre tiene secuencias de construcción de tensión que demuestran un dominio del espacio y del sonido poco habitual en el terror comercial de su presupuesto —Lowell A. Meyer fotografía los interiores de la casa familiar con la temperatura fría de quien entiende que el horror doméstico necesita empezar por desestabilizar lo ordinario antes de introducir lo extraordinario—, y el diseño de sonido utiliza el silencio como herramienta con la misma eficiencia que los golpes que lo rompen. El problema es que el oficio de Savage está al servicio de un material que le exige más de lo que el guion de Nathan Elston le da. La idea central de la película —una criatura que adopta la forma exacta de la madre de la víctima— funciona como terror en la medida en que la relación entre la madre real y la niña tenga suficiente densidad para que la sustitución importe. Cuando esa densidad no existe en el papel, los mejores planos del director se limitan a registrar la amenaza sin anclarla a nada que la haga personal. Las comparaciones con Coraline que la película inevitablemente genera no son solo de superficie: lo que Neil Gaiman entendió en esa historia es que el doble solo es aterrador cuando el original es también, en su propia medida, una forma de pérdida. La otra madre lo entiende como premisa pero no lo construye como dramaturgia.

Chastain y la actuación que la película no merece

El argumento más consistente a favor de La otra madre es Jessica Chastain, y es también el argumento más revelador de lo que la película desperdicia. El doble rol le pide dos cosas distintas: como Ursula, construir a una madre cuya ausencia emocional —la infidelidad, la crisis matrimonial que el guion introduce sin desarrollar— genere la grieta por la que la entidad se cuela; como la criatura, habitar la misma superficie con una lógica diferente, el mismo cuerpo con una intención distinta. Chastain hace las dos cosas con el compromiso que le conocemos, y hay momentos en que la diferencia entre las dos versiones de Ursula es lo único que da a la película la textura que el guion no le proporciona. El problema es que el material no la usa: las escenas de la madre real son demasiado esquemáticas para que la sustitución produzca la incomodidad que produce en la novela, y la película confunde la presencia física de Chastain con el trabajo emocional que debería haberse hecho en la escritura. Arabella Olivia Clark como Bela es la otra excepción del reparto: la niña tiene una sinceridad en escena que ancla la historia en algo que parece personal, y en sus mejores momentos sostiene la película sobre la emoción correcta. Jay Duplass, Karen Allen y Dichen Lachman existen en los márgenes de un guion que no les da espacio suficiente para existir de ninguna otra manera.

El guion y el hogar que nunca existe del todo

Lo que La otra madre necesitaría para funcionar —y lo que Malerman construye en la novela con la paciencia que el formato permite— es un hogar. No una casa: un sistema de relaciones internas, conflictos específicos, la textura de una familia concreta en un momento concreto de su historia. El matrimonio de Ursula y Russ está en crisis, hay una infidelidad, la niña lo percibe antes de entenderlo. Todos esos elementos están en el guion como puntos de continuidad de la trama, no como material dramático que genere la atmósfera de donde el horror emerge. Nathan Elston y Savage resuelven el problema del mismo modo que resuelven casi todos los problemas de la película: con efectos. Los jumpscares de La otra madre son técnicamente competentes y emocionalmente vacíos porque la relación entre quien tiene miedo y de qué tiene miedo nunca se ha establecido con la precisión necesaria. Los efectos digitales de la criatura tienen el aspecto artificial que tiene casi todo el CGI del terror comercial contemporáneo, y la película los usa con suficiente frecuencia como para que la repetición borre el efecto del primero. El subtexto sobre la maternidad, la presencia/ausencia y el miedo a ser sustituida —que está en el núcleo de la novela y que Chastain habría sabido habitar— aparece en La otra madre como intención declarada más que como consecuencia de lo que ocurre en pantalla. Una película que tiene todo lo que necesita y que llega al final habiendo construido mucho menos de la mitad.