Robert Pattinson y el arte de morir (muchas veces) por el capital: ‘Mickey 17’
Seis años hemos tenido que esperar para ver qué hacía Bong Joon-ho después de reventar la historia con Parásitos. El resultado es ‘Mickey 17’, una superproducción que, aunque se viste con el dinero de Warner, mantiene ese ADN surcoreano de mala leche y sátira social que no deja títere con cabeza. Es una película extraña, por momentos desequilibrada, pero absolutamente necesaria para entender hacia dónde va el cine de ciencia ficción que no se conforma con ser un simple espectáculo de fuegos artificiales.

El trabajador desechable: La última frontera del capitalismo
La premisa es tan brillante como aterradora: Mickey Barnes es un «Prescindible». Un tipo que, para escapar de sus deudas en la Tierra, firma un contrato para morir una y otra vez en una misión de colonización espacial. Cada vez que Mickey la palma —y lo hace de formas tan grotescas como cómicas—, la corporación simplemente lo «reimprime» con sus recuerdos intactos.
Bong Joon-ho utiliza este bucle infinito para lanzarnos una pregunta incómoda: ¿qué valor tiene nuestra vida cuando nuestra propia biología pasa a ser propiedad de una empresa? La película no se anda con chiquitas a la hora de retratar un futuro donde el cuerpo humano es, literalmente, una pieza de recambio más en el inventario de una multinacional.

El festín de Robert Pattinson y la parodia del poder
Si esta película se mantiene en pie ante su caos narrativo es por Robert Pattinson. El actor se marca un doble papel antológico interpretando a Mickey 17 y Mickey 18. Lo que hace con la voz y el lenguaje corporal para diferenciar al clon sumiso del arrogante es, sencillamente, de lo mejor de su carrera. Es él quien nos lleva de la mano por una trama que, a mitad de metraje, se complica innecesariamente cuando ambos clones tienen que convivir para evitar ser ejecutados por ser una «anomalía».
Por otro lado, tenemos a un Mark Ruffalo desatado como Kenneth Marshall, el líder de la expedición. Su interpretación es un dardo directo a los populismos autoritarios contemporáneos, con su mesianismo barato y su obsesión por la imagen. Junto a una Toni Collette igualmente histriónica, forman un dúo de villanos que parece sacado de una pesadilla de Roald Dahl, aportando una energía que, aunque a veces roza lo caricaturesco, encaja perfectamente con el tono de comedia negra de la cinta.

Un despliegue visual con fugas de guion
Visualmente, ‘Mickey 17’ es una maravilla. La dirección de fotografía de Darius Khondji crea un mundo industrial, frío y sucio que se siente real. Los efectos visuales para mostrar a los dos Pattinsons en pantalla son impecables, permitiendo que la película brille en su faceta más técnica.
Sin embargo, hay que decir que la película va de más a menos. El arranque es demoledor, lleno de ingenio y mala baba, pero el tramo final se siente atropellado, como si Bong Joon-ho hubiera querido meter demasiadas ideas (la rebelión, las criaturas alienígenas, la sátira política) en un embudo demasiado estrecho. Es una película imperfecta, sí, pero mil veces más interesante que cualquier otro blockbuster aséptico de los que suelen abarrotar las salas.





