Sydney Sweeney en OnlyFans y el final más divisivo de HBO en 2026: ‘Euphoria T3’

Euphoria llegó en 2019 como una anomalía en el paisaje de las series adolescentes: una producción que no usaba a los jóvenes como telón de fondo decorativo sino como materia bruta de algo que podía doler. En 2022, la segunda temporada terminó de manera tan abrupta como la que le precedió, con Rue Bennett arrodillada en el centro de una historia que no acababa de cerrarse. Cuatro años después, en abril de 2026, HBO estrenó los ocho episodios de lo que sería también su última temporada —la cadena confirmó el fin de la serie el mismo día que emitió el episodio final, el 31 de mayo— con un salto temporal que enfrenta a sus personajes a algo más desestabilizador que cualquier fiesta de instituto: la vida adulta. La decisión de Sam Levinson de tirar hacia adelante, de no insistir en mantener a actores de casi treinta años interpretando a adolescentes indefinidamente, es en sí misma un acto de honestidad que la recepción de la temporada —dividida entre quienes ven una reinvención valiente y quienes ven un naufragio calculado— tiende a pasar por alto.

Rue como mula, Cassie en OnlyFans y el instituto que ya no existe

La Euphoria de 2026 es una serie diferente a la de 2019, y no solo por el tiempo transcurrido dentro de la historia. Rue Bennett trabaja como correo de droga para Alamo Brown, magnate de clubs de striptease y eslabón en una cadena de distribución cuyas consecuencias nadie que haya visto la primera temporada podría imaginar como destino razonable para el personaje. Trabaja para él y escucha audiolibros de la Biblia en los trayectos, que es la clase de detalle que define exactamente la temperatura moral de esta temporada: personajes que saben que lo que hacen está mal y que lo hacen de todas formas, con plena conciencia, porque la alternativa —la sobriedad como proyecto de vida— sigue siendo más difícil que el siguiente encargo. Zendaya carga con esa contradicción sin que resulte agotador, que es un mérito considerable cuando el material que maneja no siempre le facilita el trabajo. La escena en la que Rue se reencuentra con Ali —Colman Domingo, que le devuelve a la serie la misma profundidad que le prestó en temporadas anteriores— en un diner es el momento en que la temporada recuerda que puede hacer algo más que ser espectacular.

Nate Jacobs y Cassie Howard, los dos personajes más reconociblemente melodramáticos de la serie, avanzan juntos hacia una boda que Cassie financia parcialmente con contenido en OnlyFans, lo que en Euphoria no es un giro de guion sino una extensión lógica de lo que esos dos personajes son desde la primera vez que aparecen en pantalla. Jacob Elordi construye a Nate con la misma frialdad de siempre; Sydney Sweeney lleva a Cassie hacia un territorio que oscila entre la comedia oscura y el melodrama y que resulta más interesante cuando el guion decide dejarla existir sin juzgarla. La serie se complica cuando levanta ese juicio de vuelta y lo convierte en espectáculo para sí mismo. El pivot hacia el noir de crimen organizado —la serie se acerca más a un neowestern fronterizo que a un drama adolescente en sus mejores episodios— no es un capricho sino la única dirección honesta disponible para personajes que han dejado de ser jóvenes y que el guion ya no puede tratar como tales.

Hans Zimmer, el CinemaScope y la despedida de Eric Dane

La transformación más radical de esta temporada no está en el argumento sino en la forma. Levinson rodó los ocho episodios en película fotográfica —Kodak, 35mm y 65mm— y cambió el ratio de aspecto a CinemaScope, lo que convierte a Euphoria en algo que se parece menos a una serie de HBO y más a un western de los setenta filmado en los suburbios americanos. No es una decisión cosmética: la anchura del encuadre cambia la forma en que los personajes ocupan el espacio, les da un tipo de presencia física que el formato vertical cancela, y sitúa a la serie en una conversación visual que ya no tiene que ver con la autenticidad adolescente sino con el cine de género en el sentido más clásico. Es hermoso, a veces innecesariamente hermoso, y esa tensión entre belleza y vacío es el síntoma más honesto de los problemas que la temporada no termina de resolver.

Hans Zimmer reemplaza a Labrinth como compositor, y la diferencia es audible desde el primer episodio. La música de Labrinth —que construyó el sonido de las dos primeras temporadas con una mezcla de gospel, ambient y pop de producción maximizada— fue parte de la identidad de la serie de una manera que muy pocas bandas sonoras televisivas logran. Su salida, que produjo además la eliminación de toda su obra de la serie, no es solo una pérdida estética. Es también la señal de que esta Euphoria ha decidido no ser la misma serie, para bien o para mal. Zimmer entrega una partitura densa y cinematográfica, absolutamente adecuada a la ambición visual de lo que Levinson está haciendo. Lo que no puede reemplazar es lo que la anterior música significaba para quienes la escuchaban solos a las dos de la mañana.

Eric Dane, que interpreta a Cal Jacobs desde la primera temporada, terminó de rodar sus escenas antes de fallecer a causa de la ELA el 19 de febrero de 2026, semanas antes del estreno. La temporada lo despide con la discreción que corresponde a quien no puede estar en la sala cuando su trabajo llega al público: sus escenas tienen el peso de algo que no puede desatarse fácilmente, y la serie tiene la inteligencia de no forzar esa densidad hacia el efectismo.

El episodio final, Angus Cloud y lo que se deja encima de la mesa

Euphoria termina el 31 de mayo de 2026 con un episodio que tiene la obligación de cerrar ocho episodios de tiempo de pantalla, cuatro años de espera editorial y, en cierta medida, lo que la serie prometió cuando empezó. Sam Levinson declaró que esta temporada era el final natural de la historia que quería contar, la conclusión del relato sobre adicción y sus consecuencias que abrió en 2019. Levinson utilizó el episodio final para incluir metraje de archivo de Angus Cloud, que dio vida a Fezco durante las dos primeras temporadas y que murió en 2023: su presencia no es narrativa sino memorial, y funciona como tal. La serie tiene la inteligencia de no explicarla.

Lo que la tercera temporada consigue y lo que no consigue son inseparables porque proceden del mismo impulso: la determinación de no repetirse, de no producir una tercera entrega idéntica a las anteriores solo porque eso es lo que el público que amó la primera habría querido. Esa determinación produce una serie que en sus mejores momentos es más ambiciosa que casi cualquier cosa que la televisión de pago haya estrenado en 2026. También produce una serie que en sus peores momentos se contempla demasiado a sí misma, que confunde belleza con profundidad y que agota al espectador antes de que el mérito de la propuesta tenga tiempo de imponerse. Es un final controvertido para una serie que nunca pretendió ser otra cosa. Y Zendaya, que sostiene ocho episodios con una consistencia que el resto del material no siempre merece, es la razón por la que ese final vale la pena aunque no siempre convenza.